El simulacro populista y la nostalgia de lo popular… De las campañas del deseo a la crisis del interés público

por Luis Breull

En tiempos donde los candidatos que se dirigen directamente a la ciudadanía son tildados de populistas, y los tecnócratas que fracasan sin levantar la voz son tratados como estadistas, conviene suspender el ruido, no para opinar sino para pensar. Llamar populismo a toda apelación popular se ha convertido en un reflejo automático de quienes prefieren una ciudadanía distraída, maleable o emocionalmente gestionada, antes que una ciudadanía informada, activa y con opiniones fundadas. Pero no todo populismo es lo mismo, porque hay populismos que reorganizan el bienestar y otros que administran el malestar con sonrisas técnicas y reformas simbólicas. La diferencia no está en los gestos ni en el volumen del discurso, sino en la racionalidad de los fines y en la responsabilidad de los medios.

Semántica de lo popular o el viaje de Voltaire a Trump

En el célebre diálogo entre el sauvage y el bachelier que el politólogo alemán-estadounidense Felix Oppenheim emplea al abrir el análisis de su artículo que distingue Interés personal versus Interés Público, emerge una ironía brutal… El llamado “interés público” suele ser solo una codificación sofisticada del interés privado de quienes detentan el poder. Esta denuncia, formulada en el siglo XVIII, encuentra resonancia directa en el siglo XXI, cuando las mayorías sociales son desautorizadas en nombre de una supuesta racionalidad democrática, que en realidad encubre los consensos autorreferenciales de élites tecnocráticas, económicas y mediáticas.

Es en este terreno que surge la tensión entre lo popular y lo populista. Lo popular como expresión de un anhelo mayoritario de reconocimiento, dignidad y bienestar; lo populista como el uso manipulativo de ese anhelo a través de dispositivos emocionales que disocian el deseo de la responsabilidad, y degradan la política a espectáculo y performance.

Trump encarna esa inversión con claridad. Su segundo mandato, iniciado en 2025 en EE.UU., no ha sido producto de una propuesta racional, sino de una campaña construida sobre agravios, emociones identitarias y relatos épicos de restauración nacional. Su triunfo electoral es la victoria de una emocionalidad colectiva que se considera traicionada por el sistema, pero cuya respuesta ha sido, paradójicamente, la negación misma del interés público racional.

La anatomía de la distorsión democrática…

Oppenheim propone en el abordaje de este problema una herramienta esencial, distinguir entre acciones motivadas por el interés personal (egoísta) y aquellas que promueven el bienestar colectivo de manera racional (interés público). La política, sin embargo, ha desdibujado esa frontera, haciendo que lo personal se sobrerrepresente en la escena pública, mientras que lo colectivo se transforme en abstracción estética.

En tiempos de redes sociales, microtargeting, influencers y TikTok, la política se ha convertido en una campaña permanente de deseos, donde lo que importa no es el bienestar real, sino la satisfacción simbólica inmediata; un “me gusta” en forma de voto.

La racionalidad política, entendida como la capacidad de evaluar consecuencias de largo plazo y actuar en función del bienestar común, ha sido suplantada por la lógica del “yo quiero” y “yo siento”, que es emocional, momentánea y profundamente individualista.

En este contexto, el interés público no desaparece, si no que se oculta detrás de una máscara populista que habla en nombre del pueblo, pero decide en nombre de sí misma.

Chile 2005-2025 o el péndulo populista sin equilibrios

Desde la elección de Michelle Bachelet en 2005, Chile ha vivido una alternancia ideológica sin acumulación democrática sólida. Cada gobierno llega como si partiera desde cero, desmantelando lo anterior en nombre del “cambio”. Pero ese cambio rara vez es estructural; es estético, comunicacional o clientelar. Es el ritual de la refundación sin fundamento.

La palabra populismo ha sido tan usada —y abusada— en el debate público que ha perdido casi toda precisión analítica. Se ha convertido en un insulto automático, en una forma de desacreditar sin pensar. Pero no todo populismo es igual. Hay formas de populismo que representan una conexión auténtica entre las demandas de las mayorías sociales y un proyecto político transformador, y hay otras que se limitan a revestir de ropajes emocionales un continuismo elitista, que no toca las estructuras de poder. Es en esa tensión donde se pueden distinguir con claridad dos formas antagónicas de populismo; el virtuoso y el de élite.

El populismo virtuoso no es un estilo discursivo grandilocuente ni una emocionalidad exacerbada, sino una pragmática política que logra traducir demandas populares legítimas en políticas públicas eficaces, dentro del marco institucional. En esta forma de populismo, el pueblo no es una excusa retórica, sino el sujeto real de la transformación. Los líderes que encarnan este tipo de proyecto no solo apelan al deseo de cambio, sino que diseñan instrumentos racionales y coherentes para canalizar ese deseo hacia el bienestar colectivo concreto, buscando reducir desigualdades, democratizar el acceso a los recursos del Estado y ampliar los márgenes de justicia.

El caso más representativo de este tipo de populismo en América Latina fue el primer gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil (2003-2010). Con una narrativa popular profundamente conectada con las clases trabajadoras, Lula promovió programas como Bolsa Família, que no fueron solo simbólicos, sino que tuvieron impacto estructural en la reducción de la pobreza extrema, sin desestabilizar la economía ni los marcos institucionales. Su liderazgo fue emocional en la forma, pero racional en el fondo; un populismo virtuoso que articuló deseos sociales con herramientas de gobierno efectivas.

En el extremo contrario, el populismo de élite se presenta como una paradoja; una élite política o tecnocrática que se arroga la representación del pueblo, no para transformar las condiciones de desigualdad o exclusión, sino para neutralizar el conflicto social mediante gestos estéticos, narrativas de corrección o reformas simbólicas. Se trata de un populismo fingido, donde el lenguaje de lo popular es utilizado para contener, administrar o domesticar las demandas reales de la ciudadanía, evitando cualquier confrontación real con los poderes económicos o con las estructuras de privilegio.

Este tipo de populismo no emerge desde abajo, sino desde arriba. Utiliza el lenguaje de la empatía, la inclusión o la justicia social como herramientas de marketing político, pero sin comprometerse verdaderamente con el contenido transformador que esos conceptos implican. Sus reformas suelen ser fragmentarias, imprecisas o fácilmente revertibles. Su estilo es el de la promesa progresista sin vocación de cumplimiento estructural.

En Chile, el ejemplo más claro de populismo de élite fue el segundo mandato de Michelle Bachelet (2014–2018). Durante esa administración se anunciaron ambiciosas transformaciones; una nueva Constitución, gratuidad en la educación superior, y una reforma tributaria más progresiva. Sin embargo, la ejecución de esas promesas fue débil, descoordinada y atrapada en disputas internas del oficialismo. El resultado fue una pérdida de capital político, un retroceso institucional y un desencanto social profundo que derivó en la alternancia en el poder con el regreso de Sebastián Piñera a un segundo período presidencial. Lo que pudo haber sido una transición hacia un nuevo pacto social se diluyó en tecnicismos, reformas sin fuerza política real y una incapacidad para sostener las decisiones ante la presión de los grupos de poder y una Nueva Mayoría sin cohesión interna y comportamiento centrífugo. La ciudadanía fue convocada simbólicamente, pero no fue incorporada en la toma de decisiones.

El retorno de Piñera (2018-2022) buscó restaurar el orden y la confianza mediante una promesa de desarrollo y estabilidad. Pero su estilo desconectado y su comprensión meramente gerencial de la política lo hicieron vulnerable al estallido social de octubre de 2019, que lo encontró casi sin capacidad de respuesta estructural. La legitimidad de las instituciones se desplomó y con ella, la narrativa del interés público fue reemplazada por la defensa de intereses privados y la lógica del daño controlado.

Finalmente, el gobierno de Gabriel Boric (2022-2025) nació con una retórica refundacional cargada de símbolos, como juventud, derechos sociales, reparación histórica. Un gobierno que desbordó emocionalmente a una parte del país y generó el rechazo visceral de otra. El resultado ha sido una fatiga institucional profunda, fragmentación parlamentaria y un retroceso electoral prematuro. El deseo popular se transformó en orfandad política, al no encontrar en el gobierno una administración efectiva del conflicto ni una mediación seria entre expectativas y realidad. Es el ejemplo más claro de una emoción popular sin traducción en gobernabilidad racional.

Así, cada ciclo ilustra una incapacidad estructural de la política chilena para alinear el interés personal de los votantes con el interés público como proyecto compartido y racionalmente construido. A falta de ese puente, lo que queda es un vaivén simbólico, donde se vota con esperanza y se gobierna con frustración.

La diferencia entre ambos tipos de populismo aquí analizados no radica en si se apela al pueblo o no —ambos lo hacen—, sino en desde dónde se hace, con qué finalidad y con qué consecuencias estructurales. Mientras el populismo virtuoso transforma el deseo social en bienestar común mediante decisiones racionales y sostenibles, el populismo de élite transforma ese mismo deseo en una ilusión controlada, diseñada para desactivar conflictos sin resolverlos.

En tiempos como los actuales, donde el ciclo político chileno de 2025 vuelve a debatirse entre promesas maximalistas y resultados mínimos, comprender esta distinción se vuelve esencial. No todo populismo es demagogia, y no toda retórica moderada es garantía de interés público. La verdadera pregunta es si el discurso popular se transforma en una acción política que mejora la vida de las mayorías, o si se queda en una estrategia más para gestionar la insatisfacción sin alterar el orden.

Cuando se desconfía tanto del poder como de la política, el populismo virtuoso puede ser una vía de reconstrucción del vínculo democrático. Pero cuando la élite se disfraza de pueblo solo para no ceder poder, entonces el populismo de élite se convierte en una trampa vacía, que desprestigia tanto al lenguaje popular como a la institucionalidad. La distinción entre ambos no es solo teórica; es decisiva para imaginar qué tipo de país se construye tras cada elección.

Este ciclo evidencia una inestabilidad conceptual entre lo que se promete y lo que se puede cumplir. Se gobierna sin memoria y se vota con amnesia.

Campañas de deseo vs gobiernos de realidad

Las campañas presidenciales hoy son procesos publicitarios de validación emocional, no debates de modelos de país. Los candidatos diseñan narrativas de deseo; futuro ideal, justicia inmediata, enemigos visibles. Pero cuando acceden al poder, deben operar bajo las restricciones de la institucionalidad, los mercados, la diplomacia, el derecho administrativo.

Aquí ocurre el colapso; los gobiernos no gobiernan el deseo que sembraron. Y al no poder realizar sus promesas, decepcionan incluso a quienes votaron por ellos, generando el efecto cíclico de sustitución y desafección.

La ciudadanía actúa desde el interés personal subjetivo, pero exige a sus representantes que produzcan resultados de interés público racional, aun cuando ella misma no vote en función de ello.

Democracia sólida vs democracia líquida

Siguiendo a Zygmunt Bauman, podemos describir la democracia sólida como aquella sustentada en instituciones estables, deliberación racional, acumulación de experiencia y responsabilidad cívica. Por el contrario, la democracia líquida es instantánea, afectiva, viral, volátil y moralizante, donde el “mal político” es quien no responde a la emocionalidad colectiva inmediata.

Trump y su regreso lo confirman; el sistema democrático estadounidense fue capturado por una emocionalidad estructurada en identidades heridas, narrativas conspirativas y deseos no racionalizados. El “interés público” fue derrotado por el “interés simbólico”.

En Chile, la democracia líquida se manifiesta en la falta de proyectos nacionales duraderos, en la desconfianza en los partidos, en la velocidad con que se inflan y desinflan candidaturas, y en la incapacidad de sostener reformas estructurales sin que se destruyan en el siguiente ciclo.

Reconstruir el puente roto entre la razón y el deseo

La clave del momento político actual, en Chile y en el mundo, es reconstruir el puente entre interés personal e interés público, entre deseo colectivo y racionalidad institucional. Para ello, no basta con descalificar lo populista ni con estigmatizar lo emocional; hay que reconfigurar el sistema político para que el deseo no sea una amenaza a la razón, sino su aliado estructurado.

Oppenheim nos recuerda que el interés público no es lo que desea la mayoría, ni lo que ordena la minoría ilustrada, sino aquello que racionalmente mejora el bienestar colectivo en base a información, cuidado y evaluación ética de consecuencias.

El verdadero problema no es la existencia de populismo, sino que se haya vuelto casi indistinguible de los disfraces que adopta el poder para simular cercanía empáticamente bufonesca y mediáticamente performativa. En esta época de campañas construidas con emociones disponibles y promesas a demanda, la política corre el riesgo de transformarse en un escaparate afectivo, donde la ciudadanía deja de ser actor deliberante y se convierte en público rotativo. Recuperar el interés público como criterio racional, y el bienestar colectivo como horizonte verificable, no es una nostalgia ilustrada ni un ejercicio académico: es la única forma de que la democracia vuelva a tener densidad, sustancia y duración, y no sea apenas el intervalo entre una promesa y su olvido. De lo contrario, se impone la figura del ciudadano delivery, o aquel que vota como quien encarga comida a domicilio —esperando satisfacción inmediata-, sin responsabilidad sobre restaurante y el chef que la preparó, los ingredientes usados, ni las consecuencias posteriores de su ingesta.

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