Por Antonio Ostornol, escritor.
Registro un libro recientemente publicado en nuestro país y que habla de los últimos días del FPMR Autónomo en tiempos de democracia. Hay textos que se han marcado en mi memoria personal porque me hicieron evidente los signos de ciertas prácticas políticas que, en forma nítida, eran la antesala de grandes tragedias anunciadas. Este es uno de ellos.
Me ocurrió la primera vez que leí el Diario del Che en Bolivia.
Me ocurrió la primera vez que leí el Diario del Che en Bolivia. El comandante, en cada línea de su mítica y dramática narración, develaba la falta de apoyo de los campesinos, la ausencia de sintonía con el entorno local, lo extravagante que resultaba en esos territorios bolivianos la columna guerrillera de extranjeros que hablaban de una revolución incomprensible, en otras palabras, la absoluta carencia de destino político de sus acciones. La permanencia en la selva sólo puede explicarse por la obstinación y cierto sentido de martirologio en su concepción política. La idea del ejemplo heroico, hasta la muerte, como detonador de la conciencia del pueblo, aparecía en todo el esplendor de su fracaso.
La idea del ejemplo heroico, hasta la muerte, como detonador de la conciencia del pueblo, aparecía en todo el esplendor de su fracaso.
Muchos años después, cuando ya habíamos pasado por el gobierno de la UP, nos habíamos bancado la dictadura y empezábamos a recuperar la memoria en tiempos de democracia, pude leer un libro testimonial y desolador acerca de la instalación de los campamentos guerrilleros del MIR en Neltume. Desde las voces de los sobrevivientes, se cuenta la historia íntima de ese proyecto, su brutal desarticulación y la masacre perpetrada por los militares en contra de ese grupo de militantes. Sin el dramatismo del relato del Che, en estas historias se observa cómo el proceso imaginado se va dando golpes con la realidad. Hay fenómenos muy similares a los relatados por el Che en Bolivia: la falta de apoyo en las ciudades cercanas, la nula conexión con los habitantes del lugar, la desmedida apreciación de las fuerzas propias y la devaluación de las capacidades de los militares y los organismos represivos.
el libro reportaje del periodista Juan Cristóbal Peña, Jóvenes pistoleros. Violencia política en la transición (Debate, 2019). Se trata de uno de los mejores trabajos periodísticos que he leído en los últimos tiempos.
En una de mis primeras columnas en “La mirada semanal”, comenté unos textos acerca de la historia del ERP (Ejército Revolucionaria del Pueblo) argentino y de su líder, Mario Santucho. Este grupo que, en unos pocos años fue aniquilado, representa también una manifestación de la idea de que los grandes cambios sociales y las épicas revolucionarias memorables, son fruto del heroísmo de unos pocos militantes cuyo ejemplo y moral de combate encienden el espíritu del pueblo. Esta noción, seguramente heredera de ciertas visiones románticas decimonónicas, les hizo imaginar que serían capaces de tomarse un cuartel militar, con un puñado de hombres y mujeres mal armados. El espíritu combativo se pagó con muchas muertes.
Gran trabajo, un texto dramático pero iluminador de las ilusiones que se han vivido en Chile y sus propias tragedias.
Y ahora, como sumándose a una larga letanía, encuentro el libro reportaje del periodista Juan Cristóbal Peña, Jóvenes pistoleros. Violencia política en la transición (Debate, 2019). Se trata de uno de los mejores trabajos periodísticos que he leído en los últimos tiempos. Una acabada documentación que revela un esfuerzo muy serio y profundo de investigación; una escritura cuidada y pensada, sin excesos ni lugares comunes; y una mirada honesta porque no se deja arrastrar por los abundantes prejuicios que hay sobre el tema, y más bien intenta que sean los hechos y los protagonistas los que hablen, dejándole al lector la opción de elaborar por sí mismo las conclusiones. Gran trabajo, un texto dramático pero iluminador de las ilusiones que se han vivido en Chile y sus propias tragedias.
Peña construye el itinerario inexorable desde la euforia revolucionaria y anti – dictatorial (los más jóvenes se integraban a una organización que había internado miles de fusiles y armamento en plena dictadura y organizó el atentado contra el tirano) hasta la asunción de políticas delirantes
En este caso, el libro se estructura en torno a dos acontecimientos: el secuestro de Cristián Edwards y el asesinato de Jaime Guzmán; y tres personajes cruciales: Ricardo Palma Salamanca (el Negro), Silvia Paulina Brzovic Pérez (Miska o Natalia); y Mauricio Hernández Norambuena (el comandante Ramiro), todos militantes del FPMR Autónomo, testigos y actores principales de su debacle, degradación y desintegración. A través de ellos, de sus historias de vida, de profundizar en sus experiencias y motivaciones que conducen a decisiones que nada tienen de arbitrarias, Peña construye el itinerario inexorable desde la euforia revolucionaria y anti – dictatorial (los más jóvenes se integraban a una organización que había internado miles de fusiles y armamento en plena dictadura y organizó el atentado contra el tirano) hasta la asunción de políticas delirantes que, desde una mirada alejada de todo realismo, proponía desplegar una “Guerra patriótica nacional” contra la “democracia pactada”, y que los llevó a realizar acciones tales como la toma de Los Queñes, secuestros y el asesinato de Jaime Guzmán. Todo esto luego de que las fuerzas políticas de oposición habían derrotado en el Plebiscito del 88 a Pinochet y elegirían pronto a Patricio Aylwin como primer presidente democrático después de Salvador Allende.
Esto es fácil decirlo desde una distancia analítica y del tiempo transcurrido, con las evidencias asociadas.
A través del relato identificamos historias conocidas: familias enteras violentadas frente a los ojos de niños; discursos políticos encendidos, herederos de tradiciones revolucionarias ancladas en los sesenta; padres o madres entregados a la lucha contra la dictadura pagando costos familiares tremendos. Y unos cuantos jóvenes cautivados por el rigor de una ética política a toda prueba. La propuesta de una experiencia heroica, que se entroncaba con los grandes mitos de la izquierda revolucionaria chilena y con un P.C. que pagaba las culpas de su reformismo histórico, era un proyecto demasiado tentador como para que muchos adolescentes se resistieran, a pesar de lo anacrónico de sus propuestas. Esto es fácil decirlo desde una distancia analítica y del tiempo transcurrido, con las evidencias asociadas.
con los políticos de derecha que sustentaron la dictadura ejerciendo el veto político espurio que les proveía el sistema binominal; y una sociedad que quería olvidar la tragedia, se explica mejor las decisiones que muchas mujeres y hombres, jóvenes y no tanto, tomaron en esos días. Por eso el autor de este libro no juzga.
Pero la gracia de este relato, uno de sus grandes aportes, es que nos permite mirar desde la época en que todo esto está ocurriendo, cuando la dictadura se termina y los poderes fácticos de la derecha intentan blanquearse y acomodarse a los nuevos tiempos. Entonces, con un dictador que se ha mantenido inamovible en la comandancia en jefe del Ejército; con una Corte Suprema obsecuente dispuesta a consagrar el manto de silencio judicial sobre los crímenes de lesa humanidad; con senadores designados a perpetuidad provenientes del mundo dictatorial; con los políticos de derecha que sustentaron la dictadura ejerciendo el veto político espurio que les proveía el sistema binominal; y una sociedad que quería olvidar la tragedia, se explica mejor las decisiones que muchas mujeres y hombres, jóvenes y no tanto, tomaron en esos días. Por eso el autor de este libro no juzga. Se instala con libertad para mirar los procesos, para entenderlos sin ideas preconcebidas ni concesiones a los lugares comunes, y construye un texto que reflexiona desnudo en torno a nuestro pasado político reciente.
Durante quince años asesinó a miles de chilenos, la gran mayoría de ellos habían sido detenidos por agentes del estado, estaban indefensos, fueron sometidos a largos procesos de tortura. Y decir miles no es una figura retórica, lamentablemente. No es una manera de decir “muchos”.
El asesinato de Jaime Guzmán y el secuestro de Cristián Edwards son hechos deplorables. Pero sin duda no son lo peor que ha ocurrido en Chile en los últimos tiempos. La violencia más brutal que hemos conocido recientemente fue desplegada por la dictadura. Durante quince años asesinó a miles de chilenos, la gran mayoría de ellos habían sido detenidos por agentes del estado, estaban indefensos, fueron sometidos a largos procesos de tortura. Y decir miles no es una figura retórica, lamentablemente. No es una manera de decir “muchos”. Son miles reales, más de tres mil acreditados. Tantos como las víctimas de las Torres Gemelas. Es cierto que no hay un asesinato mejor o peor que otro. Lo que hay son políticas más o menos presentables.
muchos de ellos callaron frente a los asesinatos masivos de chilenos, frente a la instalación de centros clandestinos de detención y tortura, frente a los miles (nuevamente, no es retórica) de recursos de amparo denegados. Y eran dirigentes con responsabilidades. Recuerdo a presidentes de Federaciones Estudiantiles que luego fueron senadores o ministro; o ambos.
Hoy se escuchan muchas voces que abogan por un castigo draconiano a los militantes del FPMR. Y es curiosa esta actitud, porque muchos de ellos callaron frente a los asesinatos masivos de chilenos, frente a la instalación de centros clandestinos de detención y tortura, frente a los miles (nuevamente, no es retórica) de recursos de amparo denegados. Y eran dirigentes con responsabilidades. Recuerdo a presidentes de Federaciones Estudiantiles que luego fueron senadores o ministro; o ambos. Además, las acciones del FPMR han sido sancionadas judicialmente. Muchos de ellos han pagado años de cárcel o extrañamiento. Otros fueron asesinados. Tampoco se trata de una mera impunidad, equivalente, por ejemplo, a los responsables militares o políticos que diseñaron las políticas de extermino de opositores políticos durante la dictadura.
Tampoco se trata de una mera impunidad, equivalente, por ejemplo, a los responsables militares o políticos que diseñaron las políticas de extermino de opositores políticos durante la dictadura.
Entonces, sí: el libro de Juan Cristóbal Peña nos ayuda a entender que somos actores de una historia trágica, que la transición entre la dictadura y la democracia no fue un camino fácil o exento de desajustes y paradojas. Parte de esas complejidades se iluminan, en parte, con este relato, que se aleja de las visiones ideológicas o políticas preestablecidas, y nos ayuda a mirar un tiempo doloroso, oscuro, pero también generoso. Porque lo que somos es el fruto de muchas entregas, la mayor parte de ellas, silenciosa y olvidada.
Parte de esas complejidades se iluminan, en parte, con este relato, que se aleja de las visiones ideológicas o políticas preestablecidas, y nos ayuda a mirar un tiempo doloroso, oscuro, pero también generoso.
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Hermoso relato de una época trágica de nuestra historia. Me siento plenamente identificado con esos jóvenes. Y porque no decirlo de los que participaron en el atentado al dictador y por que no decirlo también castigarían brutalmente a un abogado-ideólogo. Un abogado que desde muy joven se dedicó a propiciar la ideología fascista en el territorio chileno. Que luego fue fiel al tirano e ideó una constitución que exactamente permite que el presidente de turno pueda convocar al ejército para reprimir a jóvenes estudiantes secundarios. Si, es muy dura y trágica nuestra historia. Siento un enorme respeto por esos jóvenes. No estaban tan solos como el Che en Bolivia o como los jóvenes argentinos del ERP. Recuerdo que los días del atentado existía en Chile un enorme descontento y condena popular a la dictadura. Es tal vez solo especular, pero de haber culminado con éxito el atentado al dictador otra habría sido la historia de Chile atada hasta el día de hoy a una constitución tan autoritaria y tan injusta. Una constitución que ha servido de marco a un país tan desigual como el Chile de hoy.
Gracias Luis Antonio por despertar con tus análisis tan sutiles y lúcidos, por despertar digo, nuestra esperanza por un mundo mejor.
Rodrigo Aybar