Lo que se hereda no se hurta

por La Nueva Mirada

Por F Kotermann

No necesitaba ser mago para predecirlo. La semana pasada les comenté del nuevo ambiente que se respiraba aquí en mi vecina Plaza de la Dignidad y el domingo se manifestó, debo decir, de forma más que creativa. Grupos de no más de cincuenta personas, uniformados y bien protegidos con vestimentas blancas, cumpliendo con las normas estrictas de distancia, sorprendieron a la coqueta vocera de Sebastián y a Jacqueline, la senadora que pasó a la historia por unos tragos de más en pantalla. La repetición de grupos similares alertó a los sorprendidos carabineros que terminaron haciendo lo que saben y deteniendo a varias manifestantes, rompiendo con distancias, protocolos sanitarios y buenos modales, pese a que la institución estaba de aniversario y su director general, agobiado por la pérdida de cariño ciudadano, prometía un nuevo trato.

Grupos de no más de cincuenta personas, uniformados y bien protegidos con vestimentas blancas, cumpliendo con las normas estrictas de distancia, sorprendieron a la coqueta vocera de Sebastián y a Jacqueline, la senadora que pasó a la historia por unos tragos de más en pantalla.

Al día siguiente los malos modales se impusieron para desgracia de los vecinos que habían celebrado la experiencia de los ordenados manifestantes incomprendidos por las huestes del general Rozas (qué apellido más desafortunado, digo yo). Decenas de detenidos, piedras y el ambiente irrespirable por las algo más que lacrimógenas policiales.

Pienso que, con todo, este epicentro continuará sorprendiéndonos. Así lo conversamos en el esperado encuentro con el galeno Martínez. Una extendida cena en la que me sorprendió con buenos sabores, ratificándome así la idea de su vitalización a la par de una hiperactividad clínica. Con algunos chistes sólo aptos para médicos me hizo reír con ese humor negro propio de situaciones dramáticas, cuando la humanidad del personal clínico se sigue poniendo a prueba en contraste con la soberbia y egoísmo de algunos favorecidos por la fortuna, incluida ciertamente la monetaria.

Sabio el galeno me aportó información que me facilitó entender la rebuscada explicación de Mañalich – en su insufrible exhibición matinal de todos los días- para ponerse el parche antes de la herida por los datos que se vienen de la pandemia en Chile para los próximos días. Mi doctor Martínez me dibujó un gráfico simple, agregando una sensata consideración del número de fallecidos en hogares de ancianos que no se registran como víctimas del coronavirus, producto de la falta de atención de las autoridades. Pero como siempre ocurre, tanto va el cántaro al agua que al fin se rompe. Y ese es solo un penoso detalle del drama mayor para los muertos sin nombre que continuará lamentando el staff de Mañalich.

Y ese es solo un penoso detalle del drama mayor para los muertos sin nombre que continuará lamentando el staff de Mañalich.

Esto recién comienza me lo confirma mi vecino galeno y agradezco que lo haga con esa energía renovada que marca al personal de la salud, pero no dejó de quitarme el sueño. Desperté intranquilo el lunes y durante el trote habitual y tempranero por el costado del río me fui cargando de rabia. Curioso, no me ocurre a menudo. Pero iba masticando lo que me provocó el lamento y enojo de los cuatro hijos de Sebastián – controladores de la millonaria firma ODISEA – por el rechazo de Impuestos Internos a su declaración de renta y a su solicitud de devolución de impuestos para empresas zombi.

Mi afecto por Cecilia no me impide ser franco al develar lo que sabe cualquier mínimamente informado de las movidas financieras de Sebastián. Sus hijos son simples máscaras para una foto de los negocios que el padre maneja con sus abogados, al mismo estilo que lo transforman en un rico de ranking mundial. El fideicomiso tuerto no le impide controlar sus negocios. A la larga esos ya crecidos jóvenes tienen asegurado un futuro sin angustias económicas, pero al precio de hipotecar, por orden de papá, una dignidad dañada desde la cuna.

Mi afecto por Cecilia no me impide ser franco al develar lo que sabe cualquier mínimamente informado de las movidas financieras de Sebastián.

Tuve que llegar de mi rutina matinal y sacarme el disgusto que acompañó mi largo trote con el pesar que me provoca comprobar que en la familia de Cecilia se cumple aquello de: Lo que se hereda no se hurta.

en la familia de Cecilia se cumple aquello de: Lo que se hereda no se hurta.

Reiterándoles los deseos de buena salud, sigan el ejemplo de cuidado de los muchachos de blanco que no pudo comprender la senadora Jacqueline. Aunque ella sabe decir ¡salud!

Afectuosamente

Frank Kotermann

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