Al igual que los rottweilers, son peligrosos, y al igual que los canarios, se van en volada; claro que el vuelo del economista es algo lúgubre, más bien enjaula.
Las diferentes disciplinas lidian con el mundo interpretándolo y tratándolo desde un cierto universo que es típico de ellas. Para el ingeniero, por ejemplo, el mundo es una colección de procesos causales que se pueden expresar como ecuaciones matemáticas. La ingeniera sensata sabe que su universo no incluye a los seres humanos, no puede interpretarlos de esa manera. Las cosas sí, la gente no.
La psicóloga no interpreta a los entes en general, solo a las personas, a las que entiende y trata como paquetes de emociones. Si es sensata, no le da clase de cosas a las ingenieras. El sociólogo interpreta al ser humano como expresión de relaciones sociales, familias, clases sociales, segmentos, profesiones, disciplinas, clubes, etc. No se mete con las cosas, se mete con los seres humanos. La llamada cientista político interpreta a los seres humanos como nodos en redes de poder. No le interesan los entes en general, se mete con los seres humanos y el poder. El economista, en cambio, es peculiar, cabalga simultáneamente en dos caballos. En uno trafica con toda familiaridad entre los seres humanos, con sus propias interpretaciones y modos de trato. En el otro trafica familiarmente entre las cosas, interpretándolos y tratándolos a su manera.
El economista es un contador que interpreta y trata las cosas del mundo como recursos que se deben contabilizar y ordenar, para asegurar que estén ordenados. Y al mismo tiempo tiene la interpretación de que el ser humano es un contador que interpreta las cosas como recursos, las contabiliza y las ordena – un economista aficionado.
En general, los seres humanos se entienden a sí mismos con cierta facilidad como paquetes de emociones. No hay nada que nos resulte ofensivo si nos tratan de esa manera, o al entendernos así a nosotros mismos. También nos podemos entender como miembros de familias, clubes, partidos políticos… nos parece que esas pertenencias captan algo esencial de quienes somos. Y también como partículas con más o menos poder inmersas en redes de poder. Pero nos cuenta sentirnos tratadas, ni entendernos a nosotros mismos, como contadoras dedicadas nada más que a ordenar un mundo que no tiene nada más que recursos. Es un poquito unilateral, un tantico tosco, alguito vulgar, una pizquita deformante.
Nos entendemos como seres que habitan en un mundo en el que hay belleza, relaciones sociales, personas que no son exclusivamente contadores, valores éticos, tradiciones culturales, gratuidad, solidaridad… Sentimos que somos más múltiple que contadores obsesionados por el orden. La mirada que nos da el economista nos resulta desdorosa y tosca, convirtiendo en dominante la parte menos creadora y más ramplona de nuestra existencia.

Despertar nuestro escepticismo mezclado de ofensa enciende una suerte de celo misionero y de cruzado en el economista, que nos explica machaconamente que esas múltiples lindezas sutiles no son, en el fondo, nada más que estrategias para sentirnos bien con nosotros mismos y lucir bonitos ante las demás. Nos quiere convencer de cómo son realmente las cosas – recursos – y nuestro comportamiento real, inconsciente o no – contar recursos para ordenarlos. Que lo demás es recubrimiento para almitas temblorosas y consciencias lindas. En el fondo, fatalmente el economista tiene que sentirse un poco superior al resto, un tanto por encima, en cierto sentido el ser humano por antonomasia. Un contador experto que se relaciona con contadores menos expertos, más aficionados, a tientas. El ser humano que enseña a los seres humamos a ser seres humanos.
El ingeniero maduro sabe que debe acompañarse de una interfaz (ojalá una acompañante de otra disciplina) para participar en conversaciones con otros seres humanos, porque si habla sin cuidarse devela siempre una cierta insensatez. Lo mismo una psicóloga si habla de planes financieros con ingenieros de finanzas. El economista no. No está consciente de que necesite interfaz alguna, ¿para qué?, es experto en cosas y personas. Debido a eso hay que preocuparse de no dejarlo suelto, ponerle una correíta, atarlo a una interfaz, un transductor.
En el fondo esto es triste. La economía podría ser la gran ciencia, la única que está a cargo de los dos pedazos del mundo, entes y seres humanos enredados entre ellos. La economía podría ayudarnos a entender que el mundo no se regala como recursos, hay que trabajar para inventarlo como tal, y al mismo tiempo podría ayudarnos a domar nuestra desmesura y darle sabiduría a nuestros afanes, deseos y ambiciones para confrontar un mundo finito que no es gratis. No ocurrió así. Se quedó pegada como una exclusiva disciplina de ordenamiento contable, paquetes de algoritmos que ordenan recursos en usos alternativos, sin tomar responsabilidad por definir qué puede ser reconocido como ´recurso´ ni qué como ´uso´.
(Un compadre, un antiguo economista a quién no conozco mucho, postea en un Substack contenidos a veces un poquito volados. Sin embargo, en este post creo que le atina)
1 comment
Muy bueno y divertido artículo de Mario Valdivia. Me divierte la sátira liviana de quienes ven el mundo y la gente como recursos que hay que optimizar. Me hace pensar que la repetida frase “no hay plata” que he escuchado últimamente revela falta de imaginación para inventarla. A ellos les recuerdo que un país no quiebra.