¡Viva la libertad carajo! (¡Y al carajo el humanismo de las luces!)

por Rodrigo Urrea Lioi

Cartas trasatlánticas

El vigor del flujo mediático encierra los fenómenos políticos de largo cuño en un proceso lancinante de opinología repetitiva de sesgo académico tan exacerbado como de escasa hondura, y así es como los alcances de la victoria de José Antonio Kast terminan llevando el sello de la normalidad más común y corriente, prueba adicional, por si fuera necesario, de la madurez y fortaleza de la democracia chilena.

¿Y qué pasaría si dijera yo que la acepción chilena de la democracia, esta que conocemos, que practicamos desde hace más de 25 años, y que se encuentra encerrada en un interminable proceso de transición, no fuera en realidad más que una burbujita tan frágil como entregada al soplo constante de la extrema derecha chilena? 

¿Y qué pasaría si esto no lo dijera desde el rencor de los fallidos procesos constitucionales de 2022 y 2023, sino simplemente desde mi sitial de ciudadano cualquiera, un ciudadano tan solo habitado por la conciencia de la anomalía estructural que representa para la convivencia nacional la vigencia de un marco constitucional producido en un contexto anómalo de dictadura, e interpelado por el anómalo relato de quienes pretenden, a nombre de la democracia justamente, demostrar su justeza y operabilidad?

¿Cómo serían los relatos de caza si los leones pudieran narrarlos? cuestiona una fábula africana. 

Cabe hacerse la pregunta pues el relato político histórico de la República de Chile, desde el lejano golpe de Estado hasta hoy, sigue siendo incansablemente escrito por quienes, habiéndose beneficiado de los beneplácitos y favores de la dictadura, tenían en sus manos, y siguen teniendo, el fusil por el mango, o digamos, el sartén, para salirnos de la figura fabuladora de la sabana africana y no caer en indelicadas asociaciones.

Así sería como Chile, gracias a la intervención militar del general Pinochet, se habría salvado de caer en una dictadura soviética con tinte de empanadas y habría logrado recobrar un régimen de libertades, contando con las complicidades activas de economistas ideólogos como Milton Friedman, pero también con muertes y desapariciones encubiertas, censura informacional, tribunales impedidos.

Así sería también entonces como la gesta pinochetista no habría sido más que un largo proceso desinteresado y sacrificial para la restauración de un régimen democrático viable, entregado finalmente, el año 1990, a una clase política mirada con recelo e identificada como responsable del quiebre democrático del 11 de septiembre de 1973, una clase política obligada a integrar como propia una institucionalidad que coarta su despliegue, tanto en su forma (en su momento con el sistema binominal o los senadores vitalicios), como en su fondo, con la subsidiaridad del Estado. 

Y aquí el punto es crucial pues es exactamente dónde y cuándo Chile opta por una institucionalidad que le da espaldas al humanismo de las Luces, un humanismo que brotó con fervor en la Europa de la postguerra, con ímpetu voluntario en la España postfranquista, y que abrió camino a consensos amplios y transversales en torno a políticas de derechos y de inclusión. 

Francia, por ejemplo, salió de la segunda guerra mundial con renovadas constituciones promulgadas los años 1946 y 1958, mientras España, de la mano de Adolfo Suárez, consolidó el giro democrático español con una constitución promulgada de forma transversal el año 1978. En ambos países dichas constituciones abrieron espacio a un proceso de integración de las distintas vertientes políticas que cimientan una sociedad nacional, y se construyeron sobre la base de un reconocimiento implícito a las injusticias sufridas y acometidas en el pasado

Pero en Chile no.

En esos países se fortalecieron las dinámicas internas de resguardo de une prensa libre y diversificada.

Pero en Chile no. Es más, en Chile, todo lo contrario: se fortalecieron los actores informativos que habían sido instrumentales a la dictadura, en desmedro de la libertad de prensa que defendían los opositores a la dictadura.

En esos países también se dio cuerpo al reconocimiento de derechos sociales desatendidos y maltratados.

Pero en Chile no. 

Es decir, la transición chilena a la democracia solo se ha realizado a espaldas de todas las reivindicaciones históricas que alimentaron el largo proceso de oposición a la dictadura dentro y fuera de Chile, un proceso que diera cabida, en su momento, a una de las primeras y más grandes olas de solidaridad internacional, y que instalara a Pinochet como una figura universal de la dictadura, de la represión y de la odiosidad. 

Pero en Chile no.

¿Por qué?

Pues la fábula africana nos entrega una primera respuesta: los cazadores son quienes narran los relatos de caza. 

Y como en la película Inception, de Christopher Nolan, la ciudadanía chilena parece llevar 50 años sumida a un relato disruptivo de alta intensidad inoculado por agentes extractores que se entrometen en su subconsciente y orientan y definen de esa manera la orientación de sus prácticas cotidianas e íntimas convicciones. ¿De qué se trata esto? Pues del relato que en los albores de la dictadura se creara, sobre la pretendida existencia de un plan Z, para justificar el golpe, y que se prolonga hasta el día de hoy, por ejemplo, con declaraciones de José Antonio Kast a la televisión española, exponiendo que la primera dictadura a la que había sido sometido Chile era la de Salvador Allende[1].

Y esos embustes constantes operan como siembras particularmente productivas, de cosecha milagrosa se podría decir: Hoy en Chile, 50% de los estudiantes de Octavo  Básico se han inclinado por justificar dictaduras en caso de obtener orden y seguridad o beneficios económicos (Schulz, et al., 2016), mientras que la justificación del Golpe, avalado como idea de que “tenían razón para dar el golpe de estado”, ha subido 20 puntos porcentuales respecto a la medición del 2013, pasando de 16% a 36% correspondientemente (CERC-Mori 2023).

Así, con la constancia de un metrónomo, la ciudadanía chilena vive sometida al permanente embuste de las “fake news”, promulgadas ya no por declaraciones perentorias en acceso prime de TVN, como ocurría en dictadura, sino por una infinidad de cápsulas editoriales que socavan la relación de los chilenos con la realidad de su país, cultivando apreciaciones confusas e inciertas que aminoran la comprensión y lectura racional del mundo.

En esa perspectiva, es curioso constatar que la famosísima acepción atribuida a Goebbels, propagandista de Hitler, “miente, miente, que algo queda” fue pronunciada en los mismos contextos de debate político por Sebastián Piñera[2] y José Antonio Kast[3], en ambos casos como la expresión consciente de una denuncia con la que se pretende acorralar al contrincante, pero que termina operando, en definitiva, como la revelación de un inconsciente que transformó un modus operandi inspirado por los totalitarismos europeos del siglo 20 en genuina práctica criolla. De ese modo, mientras más fuerte se hace el aullido que denuncia las mentiras de “los políticos”, más quedan encubiertas aquellas profesadas por los supuestos guardianes de la moralidad republicana, y que terminan por aflorar, cuando afloran, en medio del desinterés general de los principales referentes periodísticos del país.

La victoria de José Antonio Kast a la presidencia de la República debiera llevar a la ciudadanía a asumir un debate sobre la facultad de los medios de comunicación a crear estas realidades alternativas, a darles cuerpo y vitalidad fuera de toda conexión objetiva con la realidad. Este cuestionamiento a los medios periodísticos tradicionales, que no se hizo a la salida de la dictadura, sobre sus prácticas internas, sus políticas de control, sus redes de influencias, es fundamental para la vitalidad de una democracia que necesita, en un contexto de transición, seguir fortaleciendo sus cimientos.

Mi padre, de ascendencia vasca, me repetía cuando niño, no sin consistente orgullo, que dos habían sido las contribuciones del país vasco a la historia de la humanidad: la creación de la compañía de Jesús y la creación de la República de Chile. 

Adaptando la referencia a la que aludía mi padre, hoy puedo escribir que la universidad de Chicago también hizo lo suyo, contribuyendo a la mismísima historia de la humanidad con la creación de las teorías políticas libertarianas y con la creación de la Constitución de Chile, del año 1980, aún vigente. Pues esa constitución, supuestamente atribuida a Jaime Guzmán con el afán de borrar toda inspiración forastera, no es más que un fumoso copy-paste de la Constitución de la Libertad, escrita por el ideólogo Friedrich Von Hayek, discípulo de Milton Friedman y de Robert Nozick, en la que se estampa la idea de un estado limitado, en su papel, a proteger a sus ciudadanos de la violencia, del robo y del fraude.

¿Y qué mejor despliegue, para semejante propósito, legitimar la constitución vigente, que el de inundar el país con la renovada estrategia concertada del shock permanente, la sensación constante del asedio, en los barrios, en las calles, en las fronteras? ¿Y poder, renglón seguido, dar cuenta del empoderamiento del poder ejecutivo para resolver esas cuestiones urgentes con el despliegue mediático de grúas excavadoras en el Altiplano y aparecer José Antonio Kast, en los medios de comunicación, con la aureola de un angelito, prometiendo fortalecer justamente el Estado en esa orientación ideológica?  

Históricamente, la cuestión del estandarte republicano nace en su acepción moderna durante el siglo de las Luces, como un corpus valórico que pretende ordenar la convivencia interna de las naciones, substituyéndose a las monarquías con una seguidilla de derechos novedosos y modernizadores para la humanidad: igualdad de derechos, de dignidades, separación de poderes, interés colectivo por una cierta concepción del bien común. Y esa promesa republicana siempre ha estado sujeta a un entramado de políticas proactivas para su despliegue, con prácticas voluntaristas y ordenamientos jurídicos innovadores. 

Desde ese punto de vista, la ruptura republicana del año 1973 marca el inicio de un período que, en esencia, es anti-republicano, pues coarta el libre ejercicio de la conducción política del país encerrándolo en un marco justamente libertariano incuestionable e insuperable. 

Al presenciar mediáticamente la absurda retórica mundana que predomina en la extrema derecha, chilena y mundial, sobre el supuesto peligro que enfrentan los regímenes de la libertad, aparece evidente el ordenamiento convergente de la internacional conservadora por dinamitar la herencia valórica republicana y entregarle el poder ya no a monarcas hereditarios sino a castas oligarcas que no tienen otro Norte sino el de sus propios intereses. 

Así es como, oyendo la rabiosa diatriba que repite Javier Milei hasta el hastío, con desenfreno de arrogancia, vulgaridad y desparpajo, no puedo dejar de pensar en aquel grito de guerra pronunciado por el general José Millán-Astray, el grito de “¡Viva la muerte!”, que resonó el año 1936 en las aulas de la Universidad de Salamanca como un visto bueno al asalto convergente de las tropas franquistas contra la república española. Hoy el grito de Javier Milei es el que condena a las tradicionales construcciones republicanas al asedio metódico para su desmantelamiento, por parte de las fuerzas trans-nacionales neo-conservadores del mundo.

Las mismas que han vencido aquí en Chile, el año 1973.

Pero así como han vencido, y parafraseando a Miguel de Unamuno, presente ante la diatriba franquista del general José Millán-Astray, puedo decir que con estas cartas trasatlánticas que redacto desde la lejana prolongación del exilio de mi padre, pues a mí no me han convencido.


[1] https://www.fastcheck.cl/2026/02/18/video-kast-senalo-en-espana-que-el-gobierno-de-salvador-allende-fue-una-dictadura-anejo/

[2] https://www.latercera.com/culto/2017/11/07/miente-miente-queda-ni-pinera-ni-artes-ni-lenin-ni-goebbels/

[3] https://www.emol.com/noticias/Nacional/2025/12/05/1185053/jara-contra-kast-y-miedo.html

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