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¡Remolinos de viento!
vaticinó la hechicera que yo amaba.
¡Remolinos de agua!
sentenció el agorero del pueblo.
Pregunté
a los presentes y a los ausentes
sobre la verdad de la milanesa,
y solo se escuchó silencio.
Entonces,
como volantín abandonado
quedé
tiritando en remolinos de viento.
¡Remolinos de agua!
¡Remolinos de viento!
gritó el tonto del pueblo
y la hechicera que yo amaba no dijo nada.