Trump: ¿Otra vez las cañoneras?

por Juan. G. Solís de Ovando

Empiezo a pensar que en las dos últimas décadas el mundo se puso tan complejo que se impuso la obsesión por simplificarlo todo, incluidas las interpretaciones económicas, sociológicas, políticas que intentan comprender esta veleidosa realidad.

La Inteligencia Artificial viene a dar sustento, en parte, a esta contradicción fundamental: mientras más complejo se hace todo, más simples son las respuestas.

Esto explica, en parte, el ascenso de líderes cuyos discursos son más simples que un palo, y, sobre todo, la acogida que tienen esos discursos en una población igual de simple. El célebre escritor italiano, Humberto Eco, la llamó la civilización de los idiotas.

Pero así están las cosas. Y Trump es el presidente de Estados Unidos, potencia mundial, con poder militar y nuclear suficiente para hacer desaparecer del mapa a varios países. Y como lo simple lleva a lo simple, si ejerce ese poder, de puro inteligente presumo, que también EEUU podría desaparecer en ese jueguito.

La simpleza, unida al estilo de chulo de burdel, prepotente, zafio e ignorante, lleva al anaranjado mandatario a simplificarlo todo hasta convertir los más complejos problemas de política internacional en conclusiones pueriles: si no me gusta que en el mapa se nombre al Golfo de México con ese nombre, pues se le pone Golfo de América; si necesito Groenlandia, que actualmente es un territorio autónomo dentro de los dominios del reino de Dinamarca, lo compro o lo invado. Y punto. Y si Canadá compite con ventaja comercial con ese país, pues le pongo aranceles hasta dejar su economía en riesgo. Y si con China sucede lo mismo, la misma respuesta. Aranceles, prohibiciones comerciales, porque América está primero. ¿Y qué decir con los mexicanos? Pues, como los otros, me vendrán a besar el trasero. ¿Y qué de la guerra de Ucrania? La arreglamos en 5 minutos, porque quiero y me da la gana. Yo soy el que mando.

Los porfiados hechos, no obstante, se resisten a someterse a ecuaciones tan simples.

Por eso, hasta ahora, y a pesar de un fantástico sistema de propaganda que propaga hechos fantasiosos, a Donald no le ha resultado ni una sola de sus ostentosas provocaciones: La China moderna, poderosa y futurista de Xi Yin Ping, no cedió nada significativo y las imaginarias recolocaciones de las fábricas de automóviles de Memphis como resultado de su política arancelaria no existieron. Y, en cuanto los chinos le advirtieron que prohibiciones manda prohibiciones, incluidos la venta a USA de sus eficientes semiconductores y tierras raras, y a ver quién es el chulito, parecían decir los representantes del gigante asiático, aunque en el comedido estilo oriental, por lo que el histriónico presidente se fue reculando y reculando como diría un huaso. 

Tampoco Canadá cedió en nada significativo, pero las amenazas de Donald permitieron que fuera elegido un gobierno progresista adversario de las políticas del presidente norteamericano, y humillación del embajador norteamericano mediante, la colisión terminó por hacer ceder a su poderoso país del norte respecto del incremento absurdo e irracional de los aranceles que gravaba el comercio de ambos países. Con México, las cosas fueron peores: La gallarda presidenta, Claudia Sheinbaum, reaccionó en el mejor estilo villista primero y luego llegó a un acuerdo que en menos de 90 días conseguía aranceles aceptables y de proyecciones importantes en el tiempo. Lo mismo ocurrió con la cuestión de las drogas: no habrá tropas norteamericanas en suelo mexicano fue su declaración más tajante. ¿Y la guerra de Ucrania? Lo mismo. No hay paz. Y lo único que verdaderamente ha cambiado es un dato dado: Rusia es inmensamente más poderosa que Ucrania y por la fuerza de la diferencia de sus magnitudes se impone un poco más cada día. El resto todo mal. Un acuerdo desconociendo la Unión Europea -que es lo que los presidentes ruso y estadounidense intentan- impedirá una paz efectiva. Y por mucho que le moleste Zelensky al presidente de EEUU, este tiene el apoyo de los europeos que no aceptan un acuerdo de paz que no cuente con el consentimiento de los ucranios.

Estas actitudes de bluff barato fue muy bien definida por el premio nobel de economía, también estadounidense Paul Krugman cuando afirma:  Sí. Quiero decir, todo el modus operandi de Trump es que, en el mejor de los casos, sus promesas constituyen una sugerencia. Pero eso funciona cuando estás tratando con, no sé, presidentes de universidades. Pero no funciona cuando estás tratando con el público estadounidense. (Otra charla con Martin Wolf: Compartiendo ansiedades y un poco de esperanza. Paul Krugman/ Martin Wolf )

Empero, algo que no hay que desconocer, es que merced a un hábil manejo de los medios y el estilo improvisado y circense del mandatario estadounidense, se hace aparecer su falta de resultados, como manifestaciones de sorprendente negociador. No hay tal. A no ser que aquello de primero pruebo y si no me resulta acomodamos por otro lado, sea la alternativa de estos días al otrora prestigioso método de negociación de Harvard. Algo no está funcionando.

La necesidad de Trump, de mostrar éxitos rápidos y sonados que apoyen sus delirios de grandeza es urgente. Esto explica la movilización de 17.000 soldados listos para entrar en acción en operaciones terrestres contra Venezuela, el ilegal cierre del espacio aéreo de ese país, el hundimiento de lanchas en el caribe con el asesinato de más de 80 personas, so pretexto de constituir embarcaciones que realizaban tráfico de drogas en perjuicio de USA, pero sin mostrar la más mínima evidencia de aquello, el despliegue por mar del portaaviones estadounidense Gerard Ford junto a un conjunto a decenas de buques de guerra, más de 27.000 marines en las embarcaciones de guerra, y aviones cazas y bombarderos parece demasiado para no hacer finalmente nada.

Pero el presidente Trump tiene varios problemas: no puede declarar que sus verdaderas intenciones es sacar del poder a Nicolás MaduroVenezuela no es Irak, ni apoya a grupos terroristas que atenten contra la población norteamericana en su territorio. Por eso inventó aquello del cartel de Los Soles, y la pertenencia de la cúpula chavista a un presunto despliegue de contrabando hacia el país del norte. De ahí también la utilización del concepto narcoterrorismo para justificar las agresiones en suelo venezolano, aunque pocos desconocen que la lucha de los norteamericanos contra el contrabando de fentanilo, droga letal y de penetración masiva en los suburbios de Estados Unidos, pasa por México y no por la ruta caribeña.

Menos aún puede confesar, a pesar del cinismo galopante de Donald, que detrás de su ofensiva, está el deseo húmedo de apropiarse de una de las reservas de petróleo más grandes del mundo.

Y ese no es el único inconveniente de la ofensiva trumpista: La iniciativa no tiene un respaldo mínimo a nivel internacional. Varios países del continente lo rechazan abiertamente, como Brasil y Colombia además de los aliados de Venezuela, Cuba y Nicaragua. Tampoco la Unión Europea, se muestran en favor de una intervención militar en la región estratégica del Caribe, sin perjuicio del reproche directo y público que se hace del gobierno dictatorial de Maduro.

Pero, además, el mundo ha cambiado demasiado para permitir los delirios expansionistas. Venezuela tiene acuerdos de cooperación importantes que importan inversiones significativas de Rusia, incluidos acuerdos de cooperación para la adquisición de armas, municiones y sistemas de defensa, con misiles y drones de origen iraní. Y, aunque esto no implica, en absoluto, que exista entre ambos países obligaciones de asistencia militar recíproca, semejantes a las del pacto 5º de la OTAN, están muy lejos de quedarse con los brazos cruzados.

El presidente norteamericano confía en que la presión de la presencia de su inmenso poderío militar acabe por hacer ceder al dictador venezolano a una oferta que no pueda rechazar: dejar su puesto de líder de su gobierno, a cambio de una generosa suma de dinero a modo de aceptable indemnización, y garantías de protección para él, su familia, y su entorno más cercano de dirigentes y amigos. Soñar no cuesta nada.

Porque, sin duda, todas las demás alternativas son o malas o muy malas. Invadir Venezuela no es solo invadir sino comenzar una guerra. Y Trump no olvida que llegó al gobierno con la promesa republicana de salir de las guerras y no comenzar otras nuevas.

Tiene, claro está, la opción tipo iraní, o sea, replicando el ataque a instalaciones de procesamiento de enriquecimiento de uranio realizadas en junio de este año por la aviación norteamericana en alianza con Israel y en el contexto de la invasión de este último a las indefensas poblaciones de Gaza, pero ¿se justifica el despliegue de fuerzas de aire, mar y tierra para un ataque quirúrgico de esa naturaleza sobre suelo venezolano?  Y además ese tipo de ofensiva ¿serviría para desalojar a los bolivarianos del poder, o más bien ocurriría todo lo contrario? Noticia en desarrollo.

¿Falta algo? Por supuesto. El nada despreciable factor República Popular China. Los chinos, como se sabe, tienen algo que los distingue en sus visiones estratégicas: No se meten en guerras a menos que sean directamente agredidos cuyo no es el caso. Por consiguiente, no es de esperar que China apoye militarmente a Venezuela. Tampoco lo ha hecho con Ucrania, ni con Rusia en la guerra contra ésta. Pero aquí hay un punto que no debe desconocerse: China también tiene alianzas de cooperación con el país caribeño y, además, grandes inversiones en infraestructura y si bien no intervienen en conflictos bélicos no son indiferentes a preservar sus intereses. 

Pero hay más. China siempre mira la política internacional y sus estrategias en los largos, larguísimos plazos. Y, por eso observará con atención todo aquello que afecte sus posibilidades a futuro. Por allí, la hegemonía de EEUU encuentra ya sus límites en el hemisferio. China no va a permitir que con alternativas nostálgicas de invasiones imperialistas se le escamotee su presencia comercial, industrial y de colaboración mutua en todos los planos, incluidos los suministros de material militar: si Maduro cae, China exigirá las garantías, compensaciones, y retribuciones por su inversión.

Y un pequeño, secreto, tabú: China observa en el tablero del ajedrez del mundo su proyección nacional histórica: Taiwan. Quiero decir con esto que, si con la pura legitimidad de la fuerza hegemónica se puede invadir a otro país, la República Popular China tomará debida nota de sus posibilidades.

De momento se sabe de al menos una conversación telefónica de Trump con Nicolás Maduro. Obviamente no se sabe el contenido de la conversación entre ambos mandatarios, pero puesto que la iniciativa fue del primero es probable que Donald se esté pensando seriamente las consecuencias de una aventura bélica en el caribe de consecuencias impredecibles. También se sabe de reuniones de alto nivel de representantes de primer nivel de EEUU Venezuela en las que se especula que Maduro habría ofrecido licencias a los norteamericanos para la explotación de sus yacimientos de petróleo.

Sobre si en el futuro más próximo estaremos en un escenario que sea el advenimiento de una larga guerra de guerrillas, grupos insurgentes armados de signos contrarios, y una sangrienta guerra civil o, se llega a acuerdos continentales para la persecución del narcotráfico que permita poner a los dos excéntricos presidentes hoy enfrentados como protagonistas de un acuerdo continental es algo, que, de momento, desconocemos.

Lo que si sabemos es que si las cosas salen mal nadie podrá decir: La historia me absolverá

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1 comment

Galileo diciembre 5, 2025 - 5:33 pm

Latinoamerica en la geopolítica, gran análisis

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