Emergencia

por Mario Valdivia

(Muy atingente me parece este texto que envía un amigo reinventado de carpintero en Canta Rana, cerca de Chillán hacia el sur)

Hasta hace poco, el mundo era predecible, el futuro no nos sorprendía, estaba planeado. Cuando menos lo anticipábamos. Hoy día, el futuro sale desde lo oculto, literalmente emerge; es lo que quiere decir la palabra emergencia. En el mundo contingente actual vivimos en constante emergencia, en la nueva normalidad.  

Antes creaba una emergencia lo no anticipado, lo no planeado, las malas pasadas que jugaba del futuro. Una ocurrencia inesperada – una emergencia – tenía un tono negativo de miedo y ansiedad, un olor a falla predictiva, a planes mal hechos, a imprevisión que nos llenaban de alarma, ganas de descubrir y castigar chambones, y corregir lo mal hecho con medidas excepcionales. Era imperativo recuperar la normalidad. 

Hoy día la manera normal en que llega el futuro es emergiendo desde lo oculto. Nuestra existencia transcurre en un constante estado de emergencia, del emerger recurrente de sorpresas desde la oscuridad. El COVID, la Guerra de Irán, Maduro preso en Estados Unidos, un cable amenazante, visas retiradas, las diversas emergencias de la IA, carreras que se hacen superfluas, la democracia desvalorizada, ¿qué recomendarle en cualquier terreno a nuestros hijos y nietas?, la confianza derruida en normas y leyes bien pensadas. Más vale acostumbrarnos, superar el miedo y el afán castigador, el ánimo de ansiedad, y aprender a vivir con serenidad en constante emergencia. 

Emerge una era caracterizada por una nueva temporalidad. Otra manera que la acostumbrada de existir en el tiempo, que obliga a lidiar con el futuro sin la ayuda de planes, predicciones y cálculos, sin poder normar en forma anticipada – con novedades que llegan yéndose, obsolescencias neonatas, leyes que nacen avejentadas – a un mundo sin orden duradero. Puro devenir, dijo un filósofo hace mucho tiempo, que todo lo sólido se desvanece en el aire, anunció otro pensador hace 150 años, y terminó siendo una rigurosa verdad que pilló en pelotas (a pesar del aviso reiterado) a los estabilizadores, las diseñadoras del mundo perfecto, los que ordenan con leyes, las expertas en políticas públicas, los dueños de criterios eternos de bueno y malo. Va a costar, compadritos y comadritas, nos va a costar mucho, es que hay tanto bien inspirado estabilizador y ordenadora, poseedores de recetas tan simples como perfectas, partidarios del diálogo eterno, de ponderar todos los factores, oír todas las voces para tomar decisiones sólidas que duren.

Ahora, también ocurre que hay precipitados alaracos que ante la emergencia cotidiana llaman a las ambulancias acostumbradas, los bomberos de siempre, los viejos carros policiales. Ni modo que la paren, pero, y es un pero con mayúsculas, puede que le atinen con el ánimo de actuar, de hacer algo, lo que sea, y cortarla con las mesas de discusión que paran para colación y los fines de semana, ¡son derechos!, para estudiar con calma cómo atinarle.  

Me le ocurre la siguiente situación ejemplar. Juego a la pelota, recibo la esférica, quién sabe qué va a pasar con el campeonato, está demasiado lejos, ni con el partido, ni siquiera con el primer tiempo, ni con mi carrera (capaz que el fútbol se acabe mañana). No me queda más que lidiar con el balón con todas mis habilidades para quedar después de entregarlo en una posición mejor que al recibirla. C´est la vie actuelle (el francés no está de moda, pero todavía viste en las cercanías de Chillán), hay que patear las pelotas que llegan, lanzarse a atinarle. ¿Cómo hacerle? Una pregunta que encierra más preguntas.   

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