Edith Sitwell. La rosa bajo la máscara, el megáfono de la irreverencia

por Cristina Wormull Chiorrini

La voz de Edith Sitwell se alza como una torre envuelta en turbantes, como un eco que atraviesa la lluvia y las máscaras. Su infancia fue herida, su figura excéntrica, su poesía un acto de desafío. Se dice que habría sido la primera rapera. En cada verso, la rosa florece bajo la máscara, y el megáfono amplifica la irreverencia. Poetry is the deification of reality” — proclamó, como quien convierte lo cotidiano en misterio.

Edith Sitwell nació en Scarborough en 1887, en el seno de una familia aristocrática que parecía ofrecer privilegios, pero que escondía rigideces y sombras. Su padre, Sir George Sitwell, fue un hombre severo, obsesionado con la disciplina y la apariencia, incapaz de ternura. La niña Edith, alta y sensible desde pequeña, encarcelada en el corsé metálico que su padre le obligó a usar para corregir una supuesta dolencia en su espalda, se refugió en los libros y en la música, buscando en la imaginación un espacio de libertad frente a la dureza paterna.

Estaba en desgracia por ser mujer, y peor aún, al crecer, era evidente que no iba a ajustarme al cánon de belleza de mi padreEdith Sitwell

La crueldad de su padre dejó huellas profundas: la rosa de su sensibilidad creció bajo una máscara de excentricidad. La poesía se convirtió en su refugio, en la forma de transformar el dolor íntimo en belleza. Allí comenzó a gestarse la voz que más tarde desafiaría las convenciones.

Alta como una torre, envuelta en turbantes dorados y anillos que tintineaban como campanas, Edith Sitwell se convirtió en figura excéntrica y ritual viviente. Su presencia era ya un poema, una máscara que desafiaba la solemnidad inglesa.

The poet speaks not only to the ear, but to the imagination. (El poeta no sólo habla al oído, sino a la imaginación). Edith Sitwell

Su imagen pública fue parte de su obra: la teatralidad, el disfraz, la máscara eran símbolos de su resistencia. Edith no se escondía: se mostraba como espectáculo, como desafío. La rosa herida de la infancia se cubría con la máscara de la extravagancia, y en esa tensión se encontraba su fuerza.

La audacia de Edith se desplegó en Façade (1922) obra en conjunto con sus dos hermanos menores, Osbert y Sacheverell, ambos autores distinguidos, figuras literarias reconocidas por derecho propio y colaboradores de larga data.  En Façade la poesía de Sitwell se mezclaba con la música de William Walton y se recitaba a través de un megáfono, detrás de una cortina. El ritmo sincopado, el collage verbal, la ironía y el humor rompían con la tradición georgiana.

Ella no temía al ridículo: lo buscaba, lo transformaba en arte. La poesía se volvía espectáculo, irreverencia, modernidad. El megáfono era símbolo de su audacia: esconder su rostro y amplificar la voz, desafiar la solemnidad, convertir la poesía en performance.

“Through gilded trellises, / And the musicians play / With a jar of gold and a jar of grey (…) / ”A través de enrejados dorados, / los músicos tocan / Con una jarra de oro y una jarra de gris…”, Edith Sitwell

En su vida íntima, los afectos fueron más bien platónicos. Amó con devoción intelectual al pintor Pavel Tchelitchew reconocidamente homosexual.  

Tchelitchew se había fijado en Sitwell en una fiesta, donde quedó fascinado por su peculiar belleza y declaró que tenía «la nariz más hermosa que jamás haya tenido una mujer». Pintó varias pinturas de ella mientras Sitwell se convirtió en la mecenas de Tchelitchew, presentándole a familias prominentes y adineradas que podrían adquirir su arte. Ella lo consideraba “el hombre más generoso que he conocido”, mientras que Tchelitchew respondía: “No tengo otro amigo de verdad más que tú”.

Admiró con fervor al joven Dylan Thomas. Cuando era un joven poeta de apenas 22 años y recibía duras críticas en Londres, Edith Sitwell salió en su defensa públicamente, escribiendo cartas y reseñas que lo protegieron de los ataques. Thomas reconoció siempre esa generosidad y la consideró una de sus primeras y más firmes defensoras. En testimonios recogidos por críticos, se señala que él veía en Sitwell una figura protectora, alguien que le abrió puertas en el mundo literario inglés, pero nunca se enamoró de ella.

“Desde el primer encuentro, Edith Sitwell creyó que yo era uno de los más raros y dotados poetas de nuestro tiempo.” Dylan Thomas

Pero antes de ellos hubo un episodio que la marcó profundamente: su relación con el pintor y boxeador chileno Álvaro Guevara.

Guevara, fascinante y contradictorio, era descrito por sus contemporáneos como violento, inestable y adicto al opio. Edith se sintió atraída por él con intensidad, casi obsesión, pero nunca fue correspondida en plenitud. Ese amor imposible se convirtió en una herida más, un eco de su infancia marcada por la crueldad paterna.

La rosa bajo la máscara florecía también en la pasión frustrada, en la entrega silenciosa a hombres que no podían ofrecerle ternura. Más tarde, Guevara se relacionaría con Nancy Cunard, lo que dejó en Edith un sabor amargo y una rivalidad que nunca olvidó. La poeta transformó esa decepción en energía creativa, en ironía y en versos que parecían burlarse del destino.

Edith Sitwell nunca se casó, tuvo multiples amistades con hombres homo y bisexuales y siempre vivió con su institutriz Helen Rootham, la mujer que fue parte fundamental de su educación y la de sus hermanos.

La guerra transformó su voz. Durante los bombardeos de Londres, Edith escribió Still Falls the Rain(1940), donde la lluvia se volvía símbolo del dolor humano y de la esperanza trascendente:

“Still falls the Rain — dark as the world of man, black as our loss…” “Sigue cayendo la lluvia, oscura como el mundo del hombre, negra como nuestra pérdida…” Edith Sitwell

Su voz, antes juguetona y excéntrica, se tornó grave, mística y apocalíptica, como si la poesía pudiera ser refugio contra la destrucción. La irreverencia se convertía en revelación, el megáfono en plegaria.

En su madurez, abandonó el anglicanismo y abrazó el catolicismo y con él una dimensión más contemplativa. Sus versos se poblaron de símbolos religiosos, rosas y cánticos, sin perder la audacia formal que la distinguía. La extravagancia se volvió mística, la teatralidad se transformó en rito.

“The rose is the living flesh, / The rose is the holy word.” “La rosa es la carne viva, / La rosa es la palabra santa.”, Edith Sitwell

La rosa bajo la máscara se convertía en símbolo espiritual, en búsqueda de trascendencia. El megáfono de la irreverencia se transformaba en canto litúrgico, en voz que buscaba lo eterno.

Edith Sitwell fue más que una poeta: fue una fuerza disruptiva, una mujer que convirtió la poesía en performance y la performance en poesía. Su audacia consistió en romper las fronteras entre arte y vida, en desafiar la tradición con humor, ironía y solemnidad. Y así se convirtió en una de las más grandes poetas de su generación.

“¿Por qué no ser uno mismo? Ese es todo el secreto de una apariencia exitosa. Si uno es un galgo, ¿por qué intentar parecer un pequinés?”, Edith Sitwell

La rosa bajo la máscara nos recuerda su sensibilidad herida, su infancia marcada por la crueldad, sus amores platónicos y su pasión frustrada por el boxeador chileno. El megáfono de la irreverencia nos muestra su audacia estética, su ruptura con la tradición, su legado vanguardista.

En 1948, su prestigio en la literatura británica fue reconocido por la reina Isabel II, quien le otorgó el título de Dama Comendadora de la Orden del Imperio Británico. Cuatro universidades británicas le otorgaron títulos honoríficos: Oxford, Durham, Leeds y Sheffield

Hoy su figura sigue brillando como un faro excéntrico en la historia de la literatura inglesa, recordándonos que la poesía puede ser también un acto de valentía.

La rosa bajo la máscara, el megáfono de la irreverencia: dos símbolos que condensan la vida y la obra de Edith Sitwell. La niña herida que se refugió en la poesía, la mujer excéntrica que convirtió la palabra en espectáculo, la voz grave que cantó en la guerra, la mística que buscó lo eterno.

“The poet speaks in images, / And the images are wings.” “El poeta habla en imágenes, / Y las imágenes son alas.”, Edith Sitwell

Su legado es la audacia, la irreverencia, la belleza transformada en rito. Su figura excéntrica sigue siendo un faro, una rosa que florece bajo la máscara, un megáfono que amplifica la voz de la poesía.

Edith Sitwell es la Gertrude Stein británica: excéntrica, audaz y luminosa, un ícono cultural de su tiempo. Mario de las Heras

Su última lectura de poesía fue en 1962. Al año siguiente, la Royal Society of Literature le otorgó el título de Compañera de Literatura (la primera mujer en recibir tal honor). Murió el 9 de diciembre de 1964 a la edad de 77 años. Está enterrada en el cementerio de la iglesia parroquial de los Santos María y Pedro en Weedon Lois, Northamptonshire.

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1 comment

MARIA EUGENIA GONGORA diciembre 18, 2025 - 12:38 pm

Muy interesante la nota sobre Edith Sitwell, poeta y presencia notable junto a sus hermanos Osbert y Sacheverell Sitwell. Los versos citados por Cristina Wormull nos «obligan» a seguir leyendo su poesía.

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