El totalitarismo de la inmediatez, el ocaso de la trascendencia y los influencers sin historia.

por Luis Breull

La vida en sociedad se está diluyendo en una hipervisible nube de entretención permanente, sin ruido, sin grandes señales de alerta y sin que nos demos cuenta del trasfondo. Aquí no hay un estallido, no hay cadáveres ni heridos en las calles, no hay dictaduras explícitas. No obstante, hay una disolución sorda del tiempo y de su uso subjetivo, del sentido como articulación de proyectos personales que aspiren a trascender y de la jerarquización como criterio orientador en la construcción de sentido y valor. 

En mis cátedras de comunicación para estudiantes de distintas carreras, desde economía a periodismo y cine, hace ya diez años que comencé a hacer un ejercicio académico experimental con los distintos cursos: preguntaba cuántos de los estudiantes presentes usaban teléfonos móviles; solían ser todos, es decir un 100%. Cuántos de ellos tenían acceso y escuchaban música en ellos; al menos un 95% lo hacía. Entonces venía la instrucción clave que era sacar una hoja y listar un ranking de los cinco temas musicales y los cinco artistas que más les gustaban de todo lo que tenían para escuchar… Sobrevenía un silencio algo incómodo, seguido de un mayoritario “es que escucho de todo”, “es que no sé, porque tengo mucha música…”, “es que no me gusta mucho la música”, “es que depende”. Y así en cuatro secciones de un curso con 40 alumnos cada uno, no había en total más de cinco estudiantes capaces de hacer el ejercicio y defender su ranking de gusto (un 3% aproximado). 

Las redes digitales y sus prácticas de contacto e interacción social de individualidades solitarias mediatizadas por la conexión tecnológica están generando una rendición aguda frente a lo inmediato, lo viral y lo efímero como único horizonte de legitimación. El resultado es un mundo saturado de señales y contenidos sin jerarquías inteligibles y -la mayoría de ellos- sin trascendencia posible, donde todo puede ser reemplazado en segundos por una nueva tendencia, un meme o un influencer emergente que, como sus predecesores, se instalará como un sujeto de desecho en la maquinaria de reemplazo permanente, que durará apenas un año y algo de visibilidad útil y autoexplotación digital antes de pasar de moda.

La paradoja del temor a la jerarquía y la incapacidad de jerarquizar

En sociedades que han confundido equidad hiperconectada con aplanamiento existencial, la jerarquía ha sido convertida en tabú. No porque se haya superado con alternativas más justas o profundas, sino porque la lógica de la atención digital no la necesita. La autoridad —sea intelectual, profesional, política o ética— ha sido despojada de su valor estructurante y sustituida por métricas volátiles de visibilidad. El saber cede ante el carisma viral. La trayectoria, ante el algoritmo y la saturación de contenidos prefigurados a la orden de quien los consume.

Como bien lo analiza Rogers Brubaker, profesor de sociología de la U de California, en sus artículos postpandemia, el estatus ha sido vaciado de contenido histórico y transformado en influencia, cuantificable, escalable y desechable. A la jerarquía simbólica la ha reemplazado un ranking sin memoria. En este sistema, la disolución del orden no conduce a la emancipación, sino al caos hipersaturado de lo indistinto, lo igual, lo refundido, lo reciclado, lo verdadero, lo falso, lo verosímil y la simulación especular sin proyección mayor que el like inmediato, la vista como consumo medido por alcance.

De la trascendencia al feed perpetuo

Todo lo que se proponía como duradero hasta hace pocos años —el arte, la política, la vocación, el pensamiento, incluso el amor— ha sido subsumido por una forma de presente eterno, gobernado por el feed o flujo de contenido autoactualizado por algoritmos de manera continua en las redes sociales y buscadores. Lo que no aparece, no existe. Y lo que no puede viralizarse, es irrelevante. Lo que cuestiona, requiere mayor pensamiento abstracto, es lento y complejo, queda fuera.

El crítico de arte y ensayista estadounidense Jonathan Crary describe esta forma como una “tierra calcinada del tiempo humano”, donde no hay espacio para lo que no es actualizable. Y el filósofo coreano Byung-Chul Han, en No-Cosas, argumenta que vivimos ya no entre objetos portadores de historia, sino entre estímulos sin espesor. La trascendencia, entendida como vínculo con lo que nos supera y permanece, ha sido reemplazada por la lógica del “post” continuo. Como en una pesadilla de Walter Benjamin, el “ángel de la historia” ya no ve ruinas, solo actualizaciones.

Influencers… una clase sin pasado, un sujeto sin porvenir

Los influencers no son el nuevo poder; son el síntoma perfecto de su disolución. Son mercancías de atención, moldeadas por algoritmos que premian la repetición, la polémica o la tristeza performativa. Su valor reside en ser visibles ahora, no en hacer algo relevante después. Son como botellas lanzadas al mar sin mensaje adentro.

Estudios recientes muestran que la vida útil de un influencer relevante en Tik-Tok o Instagram ronda los 14 meses antes de ser sustituido por otro perfil con mejor narrativa emocional o más polémica política. No hay ethos ni logos que los sostenga; solo pathos automatizado.

Esto no es solo un fenómeno de consumo; es una mutación de la subjetividad. La tecnicidad digital produce sujetos atrapados en un circuito recursivo de autoafirmación vacía, donde el otro —la crítica, la diferencia, la alteridad— desaparece. El influencer ya no comunica, sino que gesticula.

Sociedad sin jerarquía y cultura sin memoria

¿Hacia dónde conduce todo esto? A un tipo de sociedad donde la desinstitucionalización no es reemplazada por nuevas formas deliberativas, sino por la autoexposición caótica de millones de post. Un mundo donde la política se convierte en streamingemocional, la ciencia debe llevarse a la opinión controvertida y la educación muta en gamificación de contenidos o en dinámicas de juegos para el alumnado crecientemente incapacitado para procesar y comprender el mundo complejo, el pensamiento abstracto y el silencio introspectivo.

En medio de un presente perpetuo, actualmente asistimos a una profunda   desinstitucionalización, el imperio del nihilismo y los desanclajes culturales, más nuevas psicopatologías sociales del yo. Cohabitamos con la autoexplotación emocional, la anomia digital, la desorientación vocacional estructural, el burnout o agotamiento físico y mental identitario entre creadores de contenido, y la cultura de sustitución infinita en donde ningún rostro importa, ninguna voz dura, ningún relato se conserva.

En esta fase del capitalismo de vigilancia ya no es necesario fabricar consenso; basta con capturar atención, fragmentar vínculos y reciclar símbolos.

¿Resistencias posibles?

Frente a este paisaje, algunos pequeños actos toman la forma de resistencia, como el rescate del tiempo lento, del archivo físico, del silencio. Las comunidades de slow media en Berlín o Kioto. Los proyectos editoriales que rehúsan la lógica del clickbait. Las pedagogías del silencio, inspiradas en Simone Weil. Los retiros tecnológicos como refugio no para desconectarse, sino para reconectarse con algo más que uno mismo.

Quizá allí, en esos márgenes, se preserve todavía una posibilidad de volver a jerarquizar sin humillar, de volver a trascender sin dogma. De volver a mirar el tiempo no como amenaza, sino como posibilidad.

Epílogo o el ángel del feed

El ángel de la historia, ese que el filósofo Walter Benjamin imaginó mirando hacia atrás mientras el viento del progreso lo empujaba hacia adelante, hoy ha sido reemplazado por un ser más liviano, sin alas ni peso… el ángel del feed. Esta nueva figura no contempla ruinas ni aprendizajes; flota indiferente entre pantallas, notificaciones y gestos repetidos. No mira hacia atrás, tampoco construye futuro, no reconoce genealogías. Solo actualiza en un marco de presente infinito.

Ya no se trata de saber ni de hacer. El único imperativo es aparecer. El algoritmo —esa nueva forma de soberanía sin rostro— no exige verdad ni belleza, sino visibilidad constante. Y en ese mandato, la subjetividad se degrada y cada quien debe performar su valor sin descanso, sin pausa, sin historia y sin ruta.

Nada permanece. Nada se inscribe. Nada se recuerda.

Vivimos en una economía de sustitución perpetua donde todo rostro puede ser reemplazado por otro más joven, más polémico, más extremo, o más funcional a los motores de búsqueda de palabras o al trending topic del momento. No hay linaje, solo subir y bajar en un scroll. No hay legado, solo interacción.

En este contexto, incluso la música, uno de los lenguajes más íntimos y universales de la experiencia humana, ha sido absorbida por esta lógica del desecho estético. Mientras hoy los rankings globales están dominados por el reguetón y sus múltiples derivas —productos homogéneos de la industria emocional inmediata, estilísticamente repetitivos, estéticamente colonizados por la cultura narco bling bling de relucientes joyas recargadas de oro y por imaginarios de rudeza y éxito sobreactuado—, generaciones anteriores escucharon y vivieron música que aún hoy sigue generando sentido, resonancia, profundidad. 

En el mundo anglo, algunos discos que no solo fueron populares, sino estructuralmente significativos. Obras que abrieron mundos y perduran décadas después como verdaderos mapas emocionales y culturales… Por ejemplo, durante la segunda mitad de los 60 el mundo asistió al debut de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de The Beatles y Pet Sounds de The Beach Boys; en los inicios de los 70 a Dark Side of the Moon de Pink Floyd y What’s Going On de Marvin Gaye; en los 80 a Synchronicity de The Police, Graceland de Paul Simond o The Joshua Tree de U2; en los 90 al regreso del rock más puro con (What’s the Story) Morning Glory? de Oasis, Automatic for the People de R.E.M. y Nevermind de Nirvana; hasta llegar a los 2000 con Kid A de Radiohead o A Rush of Blood to the Head de Coldplay… Trabajos escuchados hasta hoy, seduciendo a nuevos públicos, como las inagotables canciones de Burt Bacharach, del estilo de  I Say a Little Prayer cantada por Aretha Franklin o Dionne Warwick, cuyo refinamiento armónico aún conmueve más allá de las modas. Tal como en Francia marcaron esa época Serge Gainsbourg, Francis Lai, Charles Aznavour, Jane Birkin o Barbara…

Estas obras no fueron pensadas ni creadas para y por el algoritmo, sino para el oído interior, para la memoria, para la historia. Marcaron generaciones no por viralidad, sino por su capacidad de inscribir afecto y pensamiento en quienes las escuchaban.

Hoy, esa posibilidad está en riesgo. El ángel del feed no escucha música; solo consume audio. No contempla una obra; reproduce fragmentos. No diferencia una canción de otra; las consume casi todas como ruido de fondo.

Frente a esta deriva, el desafío no es adaptarse más rápido, sino resistir más profundo. Volver a oír, a leer, a mirar sin apuro. Volver a jerarquizar con sentido. Volver a componer sin urgencia de gustar, porque si todo se vuelve reemplazable, entonces nada tiene valor. Y sin valor, la sociedad se transforma en un loop de desapariciones entretenidas y vistosas… 

Mientras tanto, el pensamiento, como la buena música, necesita al menos algo de silencio para durar, para trascender, para seguir construyendo humanidad.

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2 comments

Daniel Moreno Barrios julio 10, 2025 - 3:24 pm

Hay un aforismo hermético que dice «como es lo de arriba es abajo»… Y viceversa. De acuerdo con ello, extrapolando lo que se ve en algunas calles de EEUU y otros paises, personas caminando como zombies intoxicados con drogas, veo en gran parte del mundo «zombies sociales»: unos deambulando en busca de un trabajo, otros corriendo de oficina en oficina o de comercio en comercio, otros gritando en la bolsa de valores, otros planeando su próximo robo, otros de aula en aula ya sea recibiendo o impartiendo clases; todos sin una identidad clara pero compartiendo una situación común: todos «Intoxicados por Sobredosis… de Información»… Es la droga que esa misma elite que administra los estupefacientes (esos que ponen estúpido al humano), administra los medios de divulgación que ponen estúpida a la sociedad y administra las armas. No es difusión ni comunicación, porque su interés no es difundir ni comunicar, su interés es entregar al vulgo, es decir al «ciudadano de a pie» tantos datos que no sea capaz de digerir…

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Luis Bustamante julio 11, 2025 - 6:32 am

La metamorfósis que se está produciendo en la especie humana es un proceso en el cual las ideas están siendo substituídas por el instinto. Esto sucedió en la Alemania de los 1930s. Este proceso esta manejado por la minoría compuesta por los magnates de las mega empresas y las idelogías como el neoliberalismo y el sionismo, que controlan los capitales mundiales y todos los medios de comunicación. En Chile tenemos la responsabilidad histórica de auyentar el colonialismo de los países supremacistas y levantar una alternativa digna.

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