Emmy Hennings: la llama secreta del dadaísmo. La mujer que llegó desde la noche.

por Cristina Wormull Chiorrini

Hay artistas que nacen en el centro de la historia y otros que llegan desde los bordes, empujados por la necesidad, la precariedad o el hambre. Emmy Hennings pertenece a esta segunda estirpe: la de quienes no buscan la vanguardia, sino que la encarnan sin proponérselo. 

Nacida en Flensburg en 1885, creció en un hogar modesto y pronto entendió que la vida no le ofrecería caminos rectos. Trabajó como costurera, camarera, actriz ambulante, puta, cantante de cabaret. Viajó con circos, durmió en cuartos fríos, vivió de la improvisación y del riesgo. Esa existencia nómada, marcada por la urgencia, moldeó su sensibilidad: una mezcla de fragilidad y lucidez que más tarde se convertiría en el pulso íntimo del dadaísmo.

Hennings no llegó al arte desde la teoría, sino desde la supervivencia. Su voz —temblorosa, intensa, luminosa— nació en escenarios precarios donde cantar era una forma de resistir. Su escritura, en cambio, surgió de la necesidad de comprender un mundo que parecía siempre dispuesto para aplastarla.

“Mi alma es un cuarto oscuro donde aún arde una vela”, Emmy Hennings

Antes de ser Emmy Hennings, fue Emma Maria Cordsen, hija de una familia trabajadora del norte, sin vínculos con el arte ni con los círculos literarios que más tarde la reclamarían como figura fundacional. Ese origen modesto, casi invisible, marcó su vida entera: Emma era la muchacha pobre que debía aceptar cualquier trabajo; Emmy sería la artista que aprendió a sobrevivir en la noche.

El cambio comenzó con un gesto aparentemente pequeño: Emma se convirtió en “Emmy”.

En los escenarios de cabaret y teatro ambulante, los nombres breves y sonoros eran una herramienta de supervivencia. Pero en su caso, el diminutivo no fue solo una estrategia profesional: fue un acto de auto-creación. Emmy era más ligera, más móvil, más libre. Un nombre capaz de sostener una vida que Emma no habría podido cargar.

El apellido llegó poco después, a través de su primer matrimonio con el escritor Josef Hennings. El vínculo fue breve y turbulento, pero el apellido quedó. Y lo decisivo es esto: no lo conservó por amor ni por prestigio, sino porque ese apellido ya había empezado a circular en los escenarios, en los cafés, en los periódicos que mencionaban sus actuaciones. Era su firma pública, su modo de existir en un mundo que no ofrecía espacio a mujeres sin nombre.

Aquí aparece algo esencial para comprender no solo a Emmy, sino a tantas mujeres de la vanguardia:  la identidad no era un punto de partida, sino una construcción forzada por la necesidad.

Mientras los hombres del movimiento podían firmar con sus apellidos de origen -Ball, Tzara, Arp, Huelsenbeck-, las mujeres debían inventarse para ser vistas. Emmy Hennings, como Maruja Mallo, como Mina Loy, como Sophie Taeuber, entendió que el nombre era un territorio político: un espacio donde afirmarse, protegerse y proyectarse.

En su caso, “Hennings” fue una máscara y un refugio.

Una forma de cortar con la pobreza de su infancia.

Una manera de proteger a su hija Annemarie de la inestabilidad de su vida artística.

Una herramienta para circular en un mundo que exigía una identidad clara, incluso cuando esa identidad era una ficción.

El nombre fue su primera obra, y como toda obra de vanguardia, nació de la necesidad de sobrevivir.

“¿Vives tan profundo, pequeño mundo? Me enamoro de ti /Donde quiera que estés:/ Una vez que cruce tu umbral/ Entonces estaré contigo y te preguntaré tiernamente:/¿Eres el hogar? ¿ Me acogerás?”.

La vida amorosa de Emmy fue una sucesión de encuentros que la marcaron profundamente, no solo en lo sentimental, sino en su obra literaria y performática.

Ernst Hardt, dramaturgo y director teatral, fue uno de los primeros en reconocer su talento. La introdujo en círculos literarios y la animó para escribir. Aunque la relación estuvo atravesada por la desigualdad, Hardt le enseñó el rigor del escenario y la importancia de la palabra dicha con precisión.

Con Ferdinand Hardekopf, escritor y periodista, vivió una bohemia intensa. Él la acercó a la literatura moderna, a la ironía, al escepticismo. Pero también la dejó sola en momentos críticos. Esa mezcla de lucidez y abandono se filtró en sus poemas tempranos, donde la ternura convive con una desconfianza radical hacia el mundo masculino.

En 1909 conoció a Hugo Kersten, un joven marinero con quien tuvo a su hija Annemarie. Kersten desapareció pronto, dejándola sola con una maternidad que la empujó a trabajos cada vez más precarios. Ese abandono marcó su obra: la sensación de estar siempre al borde, de sostener la vida con las uñas.

Más tarde, en la década de 1910, se enamoró de Ernst Frick, pintor suizo. La relación fue apasionada y destructiva. Frick la introdujo en ambientes artísticos de Zúrich, pero también la arrastró a situaciones límite que terminaron con Emmy en la cárcel por pequeños delitos cometidos para sobrevivir. Esa experiencia carcelaria se convirtió en Gefängnis, uno de sus libros más potentes.

Y entonces apareció Hugo Ball.

No como un salvador, sino como un igual.

Ball vio en Emmy no solo a la artista magnética, sino a la escritora profunda, a la mujer que había vivido lo que otros apenas imaginaban. Su relación fue una alianza creativa, espiritual y vital. Juntos fundaron el ahora mítico Cabaret Voltaire, y juntos imaginaron un arte capaz de romper el lenguaje para decir lo indecible.

Ball la animó para escribir, a publicar, a reconocerse como autora. Ella, por su parte, le dio al dadaísmo su dimensión encarnada: la noche, la precariedad, la voz que tiembla y desafía.

¿De modo que está vagando de nuevo por esas regiones de Salerno y Nápoles y de momento se ha tomado un descanso en Positano? Hay allí muchos alemanes y para usted este hecho debe tener evidentemente la ventaja de la comunicación verbal. Sin embargo, creo que podría entenderse y convivir mucho mejor con las criaturas meridionales, con los pescadores y viñadores, que con esos artistas e intelectuales, aun cuando den la impresión de entender el alemán. Fragmento inicial carta de Herman Hesse a Emily Hennings

En 1916, en un Zúrich neutral y lleno de refugiados de guerra, Emmy Hennings y Hugo Ball abrieron un pequeño espacio que cambiaría la historia del arte: el Cabaret Voltaire.

Allí, entre mesas estrechas, humo de cigarrillos y un piano desafinado, Emmy cantaba canciones populares, recitaba poemas propios y ajenos, improvisaba gestos que desarmaban al público. Su presencia escénica era magnética: una mezcla de fragilidad y desafío que hacía temblar la sala. Transformó un pequeño espacio, donde apenas cabían 30 personas, en un movimiento.

Mientras los hombres del grupo —Tzara, Huelsenbeck, Arp— jugaban a destruir el lenguaje desde la teoría, ella lo hacía desde la carne. Su vida había sido ya un manifiesto dadaísta antes de que el dadaísmo existiera. Escritura desde el borde: la voz que no se quiebra

 

Los libros de Emmy Hennings –Gefängnis(Prisión), Das Brandmal (El estigma), Helle Nach-(poemas) son testimonios de una vida vivida al límite. Su prosa es directa, luminosa, sin adornos. Su poesía, en cambio, es un susurro que se abre paso entre la oscuridad.

En Gefängnis, narra su paso por la cárcel con una mezcla de compasión y crudeza. No hay victimismo, sino una mirada que reconoce la humanidad incluso en los espacios más duros. En Das Brandmal, su espiritualidad se vuelve un refugio, una forma de sostenerse cuando la vida parece insoportable.

‘Extraño que algunos hombres me digan que me consumiré. Siempre lo dicen después. Podrían decirlo alguna vez antes. Si son de la opinión de que estoy perdida ¿por qué contribuyen a ello?’. Emily Hennings

Tras la disolución del Cabaret Voltaire y el deterioro de la salud de Ball, Emmy se volcó a la espiritualidad. Su conversión no fue un retiro, sino una búsqueda: la necesidad de encontrar un sentido que el mundo moderno parecía negarle.

En sus textos tardíos, la fe aparece como un espacio de resistencia íntima, una forma de sostenerse cuando todo se derrumba.

Emmy Hennings publicó tres poemarios: La última alegría (Die letzte Freude), Noche luminosa (Helle Nacht) y La guirnalda (Der Kranz)); la novela Prisión, la casa en sombras (Gefängnis, das Haus im Schatten)) e infinidad de poesía y de textos poéticos en numerosas revistas y periódicos. La muerte de Hugo Ball marca un hito en su vida y en su escritura, ya que a partir de entonces. Emmy Hennings se concentra en hacer conocer la obra de Ball: El camino de Hugo Ball hacia Dios por ejemplo-, y en expresar la fe que la guiaba: El camino hacia el amor. Un libro de ciudades, iglesias y santos Se dedica, además, a la recopilación e interpretación de leyendas, tal el caso de El paraíso terrenal y otras leyendas

Durante décadas, la historia del arte la relegó a un pie de página, como si su papel hubiera sido secundario. Hoy sabemos que sin Emmy Hennings no habría existido el dadaísmo tal como lo conocemos.

Su aporte es multiple como fundadora del Cabaret Voltaire, por ser una performista esencial, una escritora de una lucidez brutal, pionera en la artitulación entre arte, precariedad y resistencia y puente entre la bohemia y la mística. 

Emmy Hennings vivió como un relámpago: breve, intensa, imposible de ignorar. Su vida fue una sucesión de caídas y resurrecciones, de amores que la sostuvieron y la hirieron, de creaciones que nacieron del hambre y del deseo. Su legado no es solo artístico: es ético.

Nos recuerda que la fragilidad también funda mundos.

“Y aun así canto, porque en la noche

alguien debe encender la primera luz.” Emmy Hennings

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2 comments

Bernardita enero 22, 2026 - 11:36 am

Muy interesante . Felicitaciones

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federico gana johnson enero 26, 2026 - 10:21 pm

«La artista que aprendió a sobrevivir en la noche».
Cristina, esa frase, para mi, es maravillosa y dice tantas cosas!
Tu artículo sobre Emmy Hennings es no sólo para leerlo, es también para tratar de vivirlo. Qué personaje Emy!! Y tu escritura,diáfana, sincera, fuertísima. Segura. Certera. Quedo con ganas de leerla más. Y de conocerte.

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