Puede parecer extraño invocar la poesía en algo que compete a todos los seres humanos, cualquiera que sea su actividad. Pero ocurre que poetas, escritores, artistas en general y los pensadores, transcriben lo humano, en sus facetas más significativas y realzan lo éticamente más evolucionado. En otras épocas, eso se llamó simplemente humanismo. Los Derechos, el respeto por la vida, la libertad y la dignidad de las personas son una de sus mayores expresiones, y la substancia misma de la belleza en el arte.
Pero el ser humano es complejo, tiene sus zonas de sombra, sus contradicciones y su dosis de locura. Esto nutre la riqueza de la literatura, capaz de reciclar estas cosas, por decirlo así. Solo que para dar cuenta de la complejidad del ser humano, incluyendo sus conflictos interiores y sus dramas, se requieren sociedades humanas en las cuales la gente pueda vivir, opinar, leer, aprender, criticar. En otras palabras, se requiere la paz.
Todo eso se reduce a cero cuando una matanza sin fin está ocurriendo, como en Gaza, es decir en el mismo mundo que habitamos. La esencia ética y humanista de cualquier creador es profundamente perturbada por la necesidad imperiosa de denunciar lo que está ocurriendo. Hasta el punto en que hablar de la perfidia de una Lady Mackbeth, del sufrimiento de un joven Werther, de la deriva de un Raskolnikov, de la soledad de un Aureliano Buendía, de la tristeza de una Negra Ester, puede darnos la impresión de un lujo. Y eso es una tragedia suplementaria.
Todos los seres humanos necesitan paz para vivir dignamente, pero los artistas la necesitan también para crear. Sin ella, el lenguaje, el pensamiento y la vida del alma se contraen. El mundo se reduce a traidores, héroes, criminales y salvadores, cobardes y mártires. Y resulta que eso no es lo que somos.
El escándalo moral tal vez nos toca un poco más porque nuestra vida circula en torno a las cosas más sutiles y delicadas, los misterios del amor, de la muerte, del cuerpo y el deseo, del más allá, de la belleza, los abismos de los sentimientos.
Todo aquello parece superfluo cuando las vidas, los cuerpos mismos, son destruidos, incluso los más frágiles, los niños, los bebés, las madres, los ancianos, cuando toda esa gente está siendo masacrada por armas de destrucción altamente tecnológicas, o dejada sin agua ni alimentos, y hay tiradores que les disparan o drones de ataque que los pulverizan cuando acuden a las escasas llegadas de ayuda humanitaria. ¿Puede haber algo más perverso que matar gente que busca desesperadamente un alimento?
Pues bien ese es un problema doble para los poetas. El hecho mismo de calificarlo como doble puede parecernos obsceno: ¿quiénes somos para decir que todo esto nos toca por partida doble o que nos conmueve más porque somos artistas?
Nadie. No somos ninguna clase particular de seres humanos. Porque todo asesinato (y la guerra es crimen de masas organizado) es insoportable, suprimir un ser humano es amputar la humanidad de un infinito (como lo diría Levinas), y eso tanto en un fatal 7 de octubre del 2023 como en los años que siguen donde se aproxima a la suma de 60 mil muertos (datos de la ONU y de Medecins Sans Frontières), en inmensa mayoría civiles, y entre ellos 18.500 niños pequeños (el Washington Post acaba de publicar la lista de los nombres); toda una población deportada y ciudades arrasadas, no solo por bombardeos, que incluyen hospitales, escuelas, universidades, mezquitas e iglesias, barrios enteros, sino también por la política del bulldozer, un proyecto deliberado de destrucción de ciudades, de eliminación de un pueblo, las personas, sus hogares, su memoria, como efectivamente no veíamos desde el Holocausto.

Una buena parte del avance ético y jurídico mundial en los años que siguieron se basaba en aquel «nunca más«, que nos daba seguridad, que nos recordaba que somos humanos porque nada era más chocante ni repudiable para nosotros que los crímenes nazis. Por ello, muchos de los que nacimos después de esos horrores fuimos traumatizados cuando algunos gestos de ese mal absoluto fueron reproducidos en Cambodia, Rwanda o en la ex-Yugoslavia, obliterando radicalmente ese «nunca más«.
El tiempo ha pasado, pero la humanidad no parece haber evolucionado. La destrucción masiva del pueblo palestino y su deportación, la exterminación por hambre de los sobrevivientes que comete el ejército de Israel y su gobierno, ahora ante la vista del mundo, que calla de manera vergonzosa, parece sobrepasar todo lo que habíamos imaginado.

La manipulación de la verdad, el descaro, la mentira de Estado, la extorsión permanente y burda que implica que todo aquel que critique esta política sea acusado de antisemitismo. Y que todo ello sea apoyado por el dirigente político más poderoso del mundo, que resulta ser un psicópata ramplón, al cual sin embargo nadie pueda decirle «basta ya«. Todo eso nos hace hundirnos más aún en la vergüenza, la desolación y el pesimismo. Este mundo no parece ser apto para quienes no renunciamos al viejo humanismo o simplemente a la pertenencia a la humanidad.
Poetas, músicos, artistas, filósofos, científicos, gentes de cultura en general, si queremos poder seguir creando, y ocurre que la humanidad depende también de ello, debemos unir nuestros esfuerzos, sumar nuestras voces, acumular publicaciones y gestos, manifestaciones y obras que expriman el más enérgico y profundo repudio moral a los crímenes de lesa humanidad y al proyecto de deportación total de un pueblo y anexión de los escasos territorios palestinos que van quedando.
Esto no tiene nada que ver con un supuesto «choc de civilizaciones», ni con religiones. Se trata de la sobrevivencia ética de la humanidad misma y de oponerse a su reemplazo por la simplísima «ley del más fuerte», que es la más baja versión de lo que somos como especie.
Si nos quedan algunas partículas de coraje, algunos rayos de la luz de la conciencia, ellos deben ser movilizados contra la deshumanización que avanza en el mundo de manera implacable. «El desierto crece, dijo alguna vez Nietzsche, desventurado aquel que alberga un desierto». Hoy en día, este desierto del nihilismo crece, arrasa con nuestra substancia ética y lo estamos albergando.
No. Como poetas y creadores, nuestra voz no cuenta más que la de cualquier otro. Sin embargo, tenemos de manera más flagrante el deber de alzarla.
2 comments
Excelente artículo el de Daniel Ramírez. Los escritores tenemos el imperativo ético de alzar nuestra voz.
Germán Rojas
Presidente, Comité de Escritores y Escritoras por la Paz de PEN Internacional
Es un dolor sin nombre
estremece el corazón
Gracias Daniel.