Lotty Rosenfeld, una artista desobediente

por Guillermo Geisse V

Conocí a Lotty cuando éramos jóvenes y soñábamos con cambiar el mundo. Desde el principio supe que no era una artista cualquiera. Tenía una mirada intensa, critica, irónica, rebelde, de esas que atraviesan la superficie y revela aquello que los demás no alcanzan a ver. Su arte no se limitaba al taller ni a los museos; su arte era la vida misma, la calle, la historia que nos tocó vivir.

Fuimos amigos cercanos durante más de 5 décadas, desde 1970 a 2020, año en que murió. Durante todos estos años, Chile atravesó por distintos procesos sociales y políticos: el gobierno de la UP (1970-1973); la dictadura militar (1973-1989) la transición a la democracia (1990) y su posterior consolidación a partir de 1995. Estos años cubren la casi totalidad de su obra como artista y como persona comprometida con el ideario de la izquierda.

Lotty fue una artista rigurosa, con un profundo sentido estético y conceptual unido a un intenso compromiso político-social. 

En su primer periodo como artista (1968-1976), Lotty incursionó en la técnica del grabado que aprendió como estudiante de Artes Aplicadas en la Universidad de Chile (1963-1968).

En este primer periodo, Lotty comienza a trabajar sus grabados en su casa ubicada en calle Los Dominicos en Santiago. En su taller, emplazado al fondo del terreno, realizaba todo el trabajo preparatorio de los grabados, que luego eran llevados a otro lugar para su impresión en cantidades limitadas y numeradas.

De esa primera época tengo varios grabados de Lotty, tales como “La Última Cena” (1974), “¿¿¿Señora???” (1976) y “Asoleándose” (1976), obras que tienen una fuerte crítica al orden social. Se burla con ironía del clasismo de la sociedad chilena, de su estructura patriarcal y de algunos de sus ritos católicos. Su tono de crítica social siempre fue irónico y de doble sentido. En “¿¿¿Señora???” se observa a una empleada doméstica empequeñecida intentando ser escuchada por su patrona en medio de un grupo de invitadas. En la “Ultima Cena” se observa a Jesús con los apóstoles, entre los cuales hay mujeres semidesnudas en una actitud seductora.

En aquellos años pertenecíamos al MAPU (Movimiento de Acción Popular Unitaria), partido de izquierda nacido en 1969. Durante la dictadura, en su casa-taller de Los Dominicos, hacíamos reuniones políticas en las cuales participaban altos dirigentes del MAPU. También frecuentaban su casa personas vinculas al mundo de los derechos humanos y al mundo del arte y las letras. Su casa no solo era un espacio de creación artística, sino un centro social y político de la resistencia democrática.

Su taller era usado también como una pequeña imprenta. Operábamos un mimeógrafo clandestino donde se producía el periódico “Resistencia Democrática” (RD). RD se imprimía y compaginaba en el taller de Lotty y de ahí se repartía a distintos puntos del país. Esta operación era de alto riesgo pues la dictadura reprimía ferozmente toda opinión política disidente.  

En esos años había toque de queda en Chile. Muchas veces trabajábamos hasta tarde en el periódico y nos quedábamos a dormir en su casa. Para relajarnos hacíamos comidas y fiestas que duraban toda la noche. Lotty vivía entonces con sus dos hijos pequeños, Moncho (Ramón) y Jaña (Alejandra), que eran y fueron los grandes amores de su vida. En sus paseos nocturnos por el amplio jardín era acompañada por sus perros regalones Lucho y Rosa.

La relación con su familia fue siempre muy importante para Lotty. Su padre Ernesto Rosenfeld llegó a Chile desde Alemania en el año 1935 teniendo solo18 años. Se estableció en Valparaíso donde conoció a Arsenia Villareal, su futura esposa y madre de Lotty. Junto con Arsenia fundaron en 1946 el famoso Café Villa Real, un lugar de encuentro social en el corazón de la comuna de Providencia. Lotty admiraba y sentía un profundo amor por sus padres. Su carácter rebelde y contestatario nunca fue un obstáculo para que ella se llevara muy bien con ellos y con su hermano Rodolfo (Rudi). Además, sus padres siempre la apoyaron en su trabajo como artista.

Este joven inmigrante judío se integró rápidamente a la sociedad chilena y desarrolló una obra social profunda y de vasto alcance la cual perdura hasta el día de hoy.  En 1947 fundó la Sociedad Pro-Ayuda el niño lisiado y en 1978 tuvo un rol relevante en la creación de la Teletón cuyo foco es recaudar fondos para la rehabilitación de niños y niñas con discapacidad física. 

A partir de 1980, en medio de la dictadura, su obra se torna más abiertamente política, pasando del grabado al gesto político – público. Sale de su taller al espacio público y con ello sale de la clandestinidad. 

Una de sus obras más emblemáticas fue “Una milla de cruces sobre el pavimento” (1979). La interrupción de la línea discontinua de una calle con otra línea pintada de forma perpendicular, dando origen a una cruz o signo + , fue un verdadero símbolo de desobediencia civil y de resistencia a la dictadura. La cruz se podía leer como NO DICTADURA, o bien como SOMOS +. De hecho, sus primeras marcas fueron realizadas de madrugada frente al Palacio de la Moneda, sede del gobierno, en aquel entonces ocupado por los militares. En una fotografía que tengo en una pared aquí en mi casa está la Lotty de rodillas, muy seria y concentrada, pintando sus cruces sobre el pavimento.

Atesoro también otro grabado de esa época cuyo motivo es la bandera chilena, nuestro símbolo patrio. La bandera está intervenida por la artista, de tal modo que flamea triste y solitaria, como pidiendo ayuda para salir de esa noche oscura.

En el contexto chileno de la dictadura, su obra se inscribe en una estrategia contra el régimen: intervenir lo público cuando los canales convencionales estaban suprimidos. El gesto simbólico de la cruz o del signo + trastoca lo existente, dando origen a un quiebre con la normalidad y generando un cuestionamiento al orden autoritario neoliberal. 

Al muy poco tiempo, el símbolo de las cruces se extendió por todo el mundo dando origen a un lenguaje universal de desobediencia y rebeldía frente al orden dominante de la post guerra. Las cruces viajaron con Lotty por diferentes ciudades, dando cuenta del carácter universal de su mensaje: Buenos Aires, Madrid, Berlín, Nueva York, Paris, La Habana, Washington DC y muchas otras ciudades.

Durante su vida como artista siempre se vinculó a movimientos estructurados de acción política y cultural. Entre 1969 y 1980 militó en el MAPU; en 1979 fundó el Colectivo de Acciones de Arte (CADA) y en 1983 el Colectivo de Mujeres por la Vida. En este último reforzó la dimensión de género de su trabajo y su compromiso con el movimiento feminista que se expandía fuertemente.

Lotty era una artista de tomo y lomo y siguió trabajando incansablemente hasta el final de su vida, siempre evolucionando hacia distintas formas de expresión creativa. En su etapa de madurez, Lotty comienza a documentar sus intervenciones en video y fotografía, integrando este registro como parte constitutiva de la obra. El signo + deja de ser sólo una marca urbana y se amplifica gracias a las tecnologías audiovisuales y a las redes sociales.

Con el retorno a la democracia su obra cambió de tono. Liberados de la dictadura, Lotty vuelve su mirada a la persistencia de las estructuras de poder evidenciando que la transición no eliminó las jerarquías ni las injusticias sociales preexistentes. En la postdictadura, junto con su valor estético, el arte de Lotty siguió siendo una herramienta de reflexión crítica sobre la sociedad y las diversas formas de dominación. 

En una etapa posterior (1995 en adelante), Lotty retoma el grabado, pero ahora introduce otras técnicas mixtas como la fotografía, el collage y el color. La temática cambia hacia el registro de escritores, artistas y poetas a los que ella admira y rinde un homenaje póstumo. Así nos presenta el rostro del cineasta alemán Fassbinder (1995); la de los poetas Gabriela Mistral (1999) y Antonín Artaud (2005), de los escritores Franz Kafka (2005) y Oscar Wild (2007) y algunos otros. También está el registro de un anónimo combatiente revolucionario zapatista (1996) quien aparece con el rostro cubierto por un pañuelo. 

Fue una vida extraordinaria la de mi querida amiga artista: rigurosa, profunda, creativa, subversiva, critica, desobediente y, por, sobre todo, comprometida. Y todo ello acompañado por una tierna calidez de niña, a la vez rebelde y cariñosa. En lo personal, además de sentir admiración, respeto y cariño por ella, sé que nuestra amistad contribuyó a ser quien soy. El encuentro con Lotty fue un regalo especial que me dio la vida.

Nota: Contribución para el libro “Lotty Rosenfeld: Disobedient Spaces” que acompañará la exposición retrospectiva sobre Lotty en la Wallach Art Galery de la Universidad de Columbia (NY) en 2026.

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2 comments

Lucho Norambuena N. noviembre 20, 2025 - 3:17 pm

Hermoso lo escrito por Guillermo. Es un homenaje a la Amistad, a la relación entre dos personas que se mantiene durante mas de 50 años, mostrando el Alma de su Amiga en todo su sentido, en su profundidad, que va al fondo de su ser, desde nace todo su actuar en reste mundo.
Es un Gran e inmenso Testimonio de Amistad y talvez de Amor filial que lo expresas desde tu interior, Guillermo, lo que demuestra lo qye es ser un Gran Amigo

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Ricardo Bravo Murúa noviembre 29, 2025 - 9:40 pm

Que historia más interesante. Me encantó ;admiro su trabajo y su obra, y ahora pienso que la conozco más.

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