Maruja Mallo. Sobre los ángeles, el rayo que no cesa

por Cristina Wormull Chiorrini

Maruja Mallo, la “Sinsombrero” que desafió las normas, no solo pintó cuadros: puso en crisis la poesía de dos autores fundamentales. Con Alberti, abrió las puertas del surrealismo y la alegoría oscura con Sobre los ángeles; con Hernández, encendió el fuego del soneto amoroso y desgarrado inspirando El rayo que no cesa. Ambos la negaron en distintos momentos, pero la huella de su influencia es indeleble. Fue el hilo invisible que unió dos de las obras más intensas de la poesía española del siglo XX.  Su figura libre y transgresora se convirtió en musa y detonante de crisis literarias que marcaron la historia.

Maruja Mallo nació como Ana María González en Galicia, pero, luego de trasladarse a Asturias con su familia se mudó a Madrid donde se convirtió en símbolo de rebeldía y vanguardia. En la Puerta del Sol, junto a otras mujeres de la Generación del 27, se quitó el sombrero como quien se arranca un corsé invisible: un gesto mínimo que se transformó en acto político y poético. Desde entonces, su nombre quedó ligado a la libertad, a la ruptura de moldes y a la afirmación de una nueva mujer que reclamaba espacio en el arte y en la vida pública.

En los cafés y tertulias madrileñas, Mallo se movía con la misma audacia con que pintaba verbenas y cloacas. Su presencia deslumbraba a Lorca, Dalí y Buñuel, que la reconocían como igual en un mundo dominado por hombres. Dalí la describió como “mitad ángel, mitad marisco”, una definición que resume la mezcla de misterio y vitalidad que irradiaba. Su figura era luminosa y provocadora, capaz de encarnar la fiesta popular y la desolación urbana en un mismo lienzo. Despertaba admiración, incluso en aquellos misóginos como Ortega y Gasset y Buñuel que no podia contener sus comentarios sardónicos respecto a ella.

Maruja Mallo, entre Verbena y Espantajo toda la belleza del mundo cabe dentro del ojo, sus cuadros son los que he visto pintados con más imaginación, emoción y sensualidad.  Federico García Lorca

La apertura de su trayectoria no es solo artística: es también ética. Maruja Mallo encarna la memoria de una generación que quiso transformar España desde la belleza y la libertad. Su pintura se enmarca en el surrealismo. Su vida, marcada por la pasión y el exilio, comienza con este gesto inaugural: quitarse el sombrero para mostrar el rostro descubierto de una mujer que no aceptaba silencios ni invisibilidades.

…tú que bajas a las cloacas donde las flores más flores son ya unos tristes salivazos sin sueños y mueres por las alcantarillas que desembocan a las verbenas desiertas para resucitar al filo de una piedra mordida por un hongo estancado, dime por qué las lluvias pudren las hojas y las maderas. Aclárame esta duda que tengo sobre los paisajes. Rafael Alberti, Ascención de Maruja Mallo al subsuelo,1929

En 1925, Maruja Mallo conoció a Rafael Alberti en Madrid. Lo que comenzó como un encuentro entre dos jóvenes artistas se transformó en una relación intensa, marcada por la creación compartida y la pasión. Durante cinco años vivieron un idilio que fue tanto sentimental como estético: ella pintaba, él escribía, y juntos tejieron un diálogo entre la imagen y la palabra.

Alberti encontró en Mallo una musa y una cómplice. Sus cuadros inspiraron versos de Sobre los ángeles y Sermones y moradas, mientras que ella ilustró su libro Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, un conjunto de poesías escritas en 1929 en homenaje a los cómicos del cine. Nunca publicadas en edición individual, y dispersas por las distintas recopilaciones de su poesía, son un homenaje a Chaplin, Lloyd, Keaton, Laurel y Hardy. En esa época, la pareja encarnaba la vanguardia republicana: libertad, experimentación y un deseo de transformar la sensibilidad artística de España.

Un sueño sin faroles y una humedad de olvidos, pisados por un nombre y una sombra. Rafael AlbertiSobre los ángeles

Pero la intensidad del vínculo también trajo rupturas. En 1931, Alberti partió con María Teresa León, dejando a Mallo en un silencio doloroso. La separación no solo fue personal: significó también un eclipse en la memoria institucional, donde su nombre quedó relegado frente al brillo literario de Alberti. Sin embargo, la huella de ese amor creativo permanece en la obra de ambos, como un diálogo interrumpido que aún resuena. Aunque muchos dicen que tras su atormentada relación de cinco años con Rafael Alberti, Maruja habría decidido no tener ataduras afectivas convencionales, ella siempre rechazó la idea de unirse a un hombre como esposa o pareja: quería preservar su autonomía por encima de todo y se negaba a ser una mera extensión de la vida y obra de alguno de sus compañeros.

En 1931, Maruja Mallo conoció a Miguel Hernández en Madrid, en la casa de Pablo Neruda. El joven poeta oriolano, recién llegado del campo, quedó deslumbrado por la fuerza y la libertad de aquella mujer que encarnaba la modernidad. Ella, ya reconocida en los círculos vanguardistas, encontró en Hernández una energía primitiva, un fuego que la atraía con la misma intensidad con que lo desbordaba.

Su relación fue breve pero intensa, marcada por episodios que escandalizaron a la sociedad de la época. Se cuenta que fueron detenidos bajo un puente del río Henares, sorprendidos en un encuentro amoroso que la policía convirtió en noticia. Ese gesto, tan humano como transgresor, selló la imagen de un amor vivido sin miedo ni disimulo.

No cesará este rayo que me habita.  Miguel Hernández, El Rayo que no cesa

Hernández se enamoró profundamente. La figura de Maruja Mallo se convirtió en inspiración para varios de sus poemas, y muchos críticos han visto en ella la musa de El rayo que no cesa, donde el deseo y la herida se entrelazan. Pero la intensidad del vínculo no encontró equilibrio: ella no quiso comprometerse, él regresó a Orihuela y retomó su relación con Josefina Manresa. El amor quedó como un relámpago, breve y luminoso, que atravesó la vida de ambos.

Umbrío por la pena, casi bruno,

porque la pena tizna cuando estalla,

donde yo no me hallo no se halla

hombre más apenado que ninguno.

Supero este rayo que me habita,

y este rayo que no cesa, y que me quema,

y este rayo que no cesa, y que me hiere,

y este rayo que no cesa, y que me mataMiguel Hernández, El rayo que no cesa.

Para Mallo, este idilio fue otra forma de afirmación: vivir la pasión sin ataduras, sin aceptar el destino de la mujer sumisa. Para Hernández, fue una herida que se transformó en poesía. En esa tensión se revela la fuerza de Maruja: capaz de inspirar, de desbordar, de dejar huellas imborrables en la memoria literaria.

La Guerra Civil española quebró la vida de Maruja Mallo. Como tantos intelectuales republicanos, debió abandonar Madrid y emprender un exilio que la llevó primero a París y luego a Buenos Aires. Allí, en la otra orilla del Atlántico, encontró un espacio para continuar su obra y mantener viva la memoria de la vanguardia.

En Argentina, Mallo se convirtió en figura reconocida dentro de los círculos culturales. Expuso en la galería Witcomb y en el Museo de Arte Moderno, y su pintura se impregnó de nuevos colores y símbolos: naturalezas marinas, constelaciones, geometrías que dialogaban con la ciencia y la cosmología. Su mirada se expandió hacia lo universal, como si el desarraigo la hubiera empujado a buscar un lenguaje más amplio, capaz de trascender fronteras.

Una persona se mide por la soledad que puede aguantar, Maruja Mallo

El exilio fue también un tiempo de resistencia. Mientras Alberti y Hernández quedaban inscritos en la memoria literaria española, Mallo luchaba contra el olvido, sosteniendo su nombre en un continente que la acogía pero que no era el suyo. 

Viajó por Argentina, Chile y Uruguay, e hizo varias exposiciones en Brasil, París y Nueva York. Exploró las playas de Chile y en 1945 viajó junto a Pablo Neruda a Viña del Mar y la Isla de Pascua, buscando inspiración.

Su regreso a España en los años sesenta fue discreto, marcado por la invisibilidad que aún pesaba sobre las mujeres de su generación. Sin embargo, su obra seguía latiendo, testimonio de una artista que nunca renunció a la libertad.

Maruja Mallo falleció en Madrid el 6 de febrero de 1995, después de haber dedicado toda su vida al arte y habiéndose convertido en la pintora española más importante del siglo XX, a la altura de coetáneas de otros lugares del mundo como Frida Kahlo o Georgia O Keeffe.

Y si bien en 1982 le fueron otorgadas la Medalla de Oro de Bellas Artes y el Premio de Artes Plásticas de Madrid, como un reconocimiento tardío, durante décadas, el nombre de Maruja Mallo quedó relegado a las notas al pie de la historia. Sus amores con Alberti y Hernández se recordaban más que sus cuadros; su audacia se mencionaba como anécdota, no como legado. El canon literario y artístico prefirió silenciarla, como a tantas mujeres de la Generación del 27. Pero la memoria, aunque tarde, regresa.

Las creaciones extrañas de Maruja Mallo, entre las más considerables de la pintura actual, revelación poética y plástica, original, «Cloacas» y «Campanarios» son precursores de la visión plástica informalista.Paul Éluard

Hoy, Maruja Mallo se reconoce como símbolo de libertad y vanguardia. Sus verbenas, cloacas y constelaciones dialogan con la historia como testimonio de una artista que supo mirar lo festivo y lo desolado con la misma intensidad. Su vida, marcada por la pasión y el exilio, nos recuerda que la belleza también es resistencia.

La reparación de su memoria no borra las sombras del olvido, pero las ilumina. Maruja Mallo vuelve a ocupar el lugar que le corresponde: el de una creadora que vivió con audacia, que amó con intensidad y que pintó con la fuerza de quien se sabe libre. Su rostro descubierto, sin sombrero, nos sigue mirando desde el tiempo, invitándonos a celebrar la pluralidad y a dignificar los silencios que aún esperan ser escuchados.

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1 comment

Hermann Mondaca Raiteri diciembre 5, 2025 - 5:17 pm

Bella y potente mujer, Maruja Mallo.
¡Muy bello comentario, querida Cristina!
¡Abresos!

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