Murieron sin haber escrito ni una carta de amor

por Dante Cajales Meneses

Desde que era niño le dijeron que era tonto, entre otras cosas, pero a él le gustaba hacerse la linda. Desde pequeño, como tonta incapaz de leer el mundo, se hace la linda. Cuando se nace pobre, en una población -dice-, parece que para un niño travesti no queda más que hacerse la linda para sobrevivirLa experiencia travesti en la población es más patética que la misma pobreza. En las poblaciones, los niños afeminados entienden que merecen la discriminación, la violencia, el mal trato psicológico de los pobres. Pobres, que son la propia familia, padres, hermanos, amigos, y también profesores; ellos, de quienes debieran esperar protección y educación, también de ellos reciben el desprecio por haber nacido con “una alita rota”, como decía Pedro Lemebel en su “Manifiesto”: Hay tantos niños que van a nacer con una alita rota. Es el legado poético que nos deja la poeta Claudia Rodríguez en su libro “Cuerpos para odiar”, a quien dedico esta nota en su memoria desde lo más profundo de mi corazón.

Claudia Rodríguez (Santiago, 21 de marzo de 1968 / 29 de noviembre de 2025). Claudia fue una escritora y activista travesti. Referente trans chilena, ícono de la lucha travesti en América Latina, poeta. Claudia Rodríguez tiene una trayectoria activista que comenzó en la década de los noventa. Becaria del Fondo Nacional del Libro para escritores emergentes, Fondart. Una de las fundadoras de la primera compañía teatral travesti en Chile. Publicó siete plaquettes y dos obras de teatro. Se tituló de trabajadora social, realizó un posgrado en estudios de género por la Universidad de Chile.

Cuando conocí a Claudia una tarde de diciembre de 2021, aún con las restricciones de la pandemia en el cuerpo, de algún modo ya intuía esto. Su libro “Cuerpos para odiar” había sido para mí un universo, el inventario de las posibilidades de tono, la organización y la articulación de las palabras para nombrar un alma rota. Yo corregía mi libro “Puto silencio”, leía su poesía como ella, tal vez, miraba danzar el iris de Claudia Schreier: como una acróbata del lenguaje hábil en dibujar sobre las páginas en blanco, la danza malherida de su propio cuerpo. 

Discutíamos sobre una realidad de la que no se habla. Cuerpos, biopoder, género y sexualidades divergentes, del travesti heteronormado, conservador, liberal, profesional casado de clase media, padre de familia que rompe con la antítesis y cohabita dos cuerpos en un mismo sujeto como si fuera un mestizo. Su dolor también merece ser relatado. Me decía.

Su poesía fue una voz sola, una figura erguida entre el dolor y la ironía, una “distancia” urgente en la poesía chilena de esta primera mitad del siglo XXI. Desde niña, el lenguaje y el saber demostraron el odio por ella. Porque la academia habla de los pobres y los marginados, y no provoca que los pobres y los marginados tengan su propia voz. La poesía travesti, pobre y resentida, de esa “monstruosidad” que ordena su presente con dolor, culpa y soledad, está tejida su poesía: 

La mujer me dejó caer agua fría en el pelo y sacó unas tijeras, me desenredó y empezó a cortar mechón por mechón como si el pelo no fuera cuerpo.

En su poesía el cuerpo tiene voz propia. Un cuerpo que solo ha servido   para la pobreza, para el frío y para la muerte: “hielo de mierda. País de mierda. Historia de mierda. Ustedes no saben de lo que hablo porque no son travestis, travestis pobres”. Llegó tarde a la lectura, a esto de unir las letras que sirven para demarcar los márgenes del abismo, porque el acceso a la lectoescritura desde la infancia es un reconocimiento a la propia importancia de existir:

Una amiga me contó que un pololo le dijo: estoy enamorado de todo lo que te ha pasado en la vida, y no entendió.

Claudia Rodríguez escribió por todas las travestis pobres que no alcanzaron a saber que estaban vivas por la culpa religiosa y la vergüenza de no ser cuerpos para ser amados y murieron jóvenes antes de ser felices “murieron sin haber escrito ni una carta de amor”:

El tono en su poesía es una sacudida devastadora, una travesía en medio de tanto dolor para amar o ser amado, riesgo constante, demasiadas muertes para poder vivir. Un saber que el cuerpo tiene esa capacidad de dilatarse con impericia por sobre cualquier proximidad y moverse en una ciudad por dentro: ¿Qué sería Santiago sin nosotras?

Ensuciarme de droga y aunque me duela la muela masticar chicle de mora y pensar en el este, que se fue con mi plata. Enfermarme de rabia y perder la memoria y volver al departamento a pagar las cuentas, y comprar más maquillaje para tapar la pena de llevar a cuestas.

Desde niño, el lenguaje y el saber demostraron su odio por las travestis. Igual que los marginados de los marginados. Los marginados deben tener derecho a leer sobre lo que escriben otros marginados. Aun así, lo que nunca cedió, aun cuando el dolor la iba demoliendo, fue el silencio. Un lenguaje que llega como poesía que designa las cosas y revela un mundo al nombrar: Señor: Perdóname por haberme acostumbrado a chapotear en el barro. Yo me puedo ir; ellos no. Señor: yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no, porque nadie puede hacer huelga con su propia hambre. (Oración del p. Carlos Mujica)

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1 comment

Teresa Eugenia Fabiola Catalán Liberona diciembre 19, 2025 - 1:52 am

Gracias Dante.

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