No hay unidad sin programa común

por Antonio Ostornol

El día de las elecciones, tempranamente, quedó claro que la ganadora de las primarias era Jeannette Jara. Al rato, la paliza era indiscutible. ¿Qué nos pasó que no pudimos movilizar a más personas detrás de una líder como Carolina Tohá que, para mí, reúne todas las mejores condiciones para gobernar Chile? La pregunta no es fácil de responder y por momentos duele como si te estuvieran clavando un cuchillo en el pecho. 

Pensé que la elección primaria se definiría en torno a proyectos de país, a gobernabilidad democrática, a apuestas por un progresismo efectivo y no utópico. Sin embargo, es imposible no reconocer que, en el mundo de la izquierda que fue convocado mayoritariamente, hay ríos profundos que no logran ser capturados por nuestra propuesta. Jeannette Jara representa algo diferente, joven, con arraigo popular y una mirada política que trasciende al PC. Al menos, propone un discurso sin la agresividad propia de una vieja tradición comunista: no habla de enemigos, se cuida de no descalificar a los adversarios, le importa conversar con todos. Ella fue la que capturó los réditos de una reforma de pensiones de la cual nadie quería hacerse cargo, y que no le gustaba ni a la ultraderecha ni a Matthei ni a los propios comunistas. Entonces, la conclusión es obvia: los gestos aparecen como más relevantes que los proyectos. 

Al llamado “socialismo democrático” le faltó entidad real. Tengo la impresión de que el conglomerado de partidos que lo conforman, no está amalgamado, que realmente hay muchas sensibilidades respecto a temas muy cruciales, que no están resueltos y que terminan afectando las lealtades y las posibilidades de ofrecer a Chile algo con proyección de futuro. Tiene que ver con la historia. Si durante los años 80´s fue posible converger hacia un ideario que revalorizaba la democracia liberal en la política, privilegiaba la lucha social y la confrontación de ideas por sobre la violencia armada, que no postulaba una sociedad utópica cuya búsqueda ha generado en el mundo grandes tragedias políticas y económicas, que valorizaba el mercado como mecanismo de dinamismo económico y acumulación de riqueza social, el desafío presente es poner en perspectiva los logros y proyecciones de dichas políticas que sustentaron en su diseño los gobiernos de la Concertación y de la Nueva mayoría. Las fuerzas de centroizquierda, en alianza con otros partidos de izquierda como el propio PC, del que tanto se habla, gobernaron y fueron capaces de ofrecer una indiscutible mejor calidad de vida a muchos chilenos. A veces pienso que miramos en menos una tarea a la que muchos militantes de izquierda dedicaron su vida durante los últimos treinta años, y de la cual debiéramos estar orgullosos.

Pero todo eso es historia y quedarnos pegados en lo estupendo que fueron esos años, tampoco ofrece nada hacia adelante, excepto saber que podemos gobernar bien y mejorar las condiciones esenciales de vida de la mayoría. Y lo podemos hacer mejor que la derecha porque somos más diversos, tenemos el bienestar sostenible de la gente como máxima prioridad política y, al menos en la centroizquierda, ya aprendimos que la democracia hay que cuidarla y, aunque sea un sistema lleno de debilidades, es el mejor conocido hasta ahora en el mundo. Y me atrevería a decir que somos menos “ideológicos” que la derecha que cree vivir en la asepsia de las ideas y naturaliza sus dogmas sin siquiera someterlos a una mínima crítica. A nosotros también nos pasa, pero creo que nos damos cuenta con mayor frecuencia de nuestras propias limitaciones. Desde el mundo de la derecha, se nos dice a menudo que seguimos anclados acríticamente a los horrores cometidos en nombre de la revolución, lo que es completamente falso. Me gustaría pensar que lo dicen por ignorancia; de lo contrario, sería franca mala fe. Lo afirman como si la izquierda no se hubiese hecho una profunda reflexión, rigurosa y dolida de su experiencia como gobierno durante la Unidad Popular. Son muchos los artículos, libros, coloquios, seminarios, donde se ha discutido dicha experiencia y buena parte de las convicciones que guiaron los 30 años de la Concertación son fruto de esas reflexiones. Es cierto que algunos sectores de la izquierda no han hecho una reflexión en la misma línea y todavía reivindican ciertas prácticas políticas que se estructuran en nombre de la revolución y que le permite a la derecha vivir aferrada a un miedo irracional al comunismo, como si se tratara de una avalancha político ideológica que se nos viene encima del mismo modo como la revolución bolchevique irrumpió en la Europa de comienzos del siglo XX o la cubana en la América latina de los años sesenta. Pero esa imagen –construida desde el miedo- moviliza a sus huestes a través de la activación de los impulsos más primarios (el ejemplo de Trump es de antología).

Pero la izquierda de hoy en el mundo es algo muy distinto. ¿Podemos meter en el mismo saco las experiencias y realidades políticas de países como Nicaragua, Venezuela, Cuba, Corea del Norte, sin ya mencionar a las ya clásicas experiencias de comunismo capitalista, como los emblemáticos China y Vietnam? Por supuesto que no. Fíjense que algunas de estas revoluciones derivaron en verdaderas dinastías familiares. El caso más icónico es el de Corea del Norte: el abuelo, el hijo, el nieto y ya vendrá el bisnieto, seguro. Sin embargo, a veces percibo una cierta nostalgia en mucha gente de izquierda de ser parte del discurso revolucionario de raigambre romántica. Un amigo que entiende de estos temas me hacía notar que, por ejemplo, en la bibliografía internacional sobre la resistencia a la dictadura en Chile, aparecía mucho más estudiado el MIR como organización resistente que los otros partidos de izquierda. El discurso heroico hecho historiografía y, a veces, hagiografía.

¿Cuál es, a mi juicio, la relevancia de estos comentarios a propósito del triunfo de Jeannette Jara y la derrota del Socialismo democrático? La veo en dos sentidos: uno, que quienes hemos estado y estuvimos con este proyecto, debemos reconectar en lenguajes y gestos, con quienes de verdad nos importan, ya que estamos muy encerrados en nuestras propias lógicas de análisis político sin entender cómo hablarles a los jóvenes o a los apolíticos, por ejemplo; y dos, todavía hay que avanzar mucho más en la propuesta de un futuro para Chile. Y eso es fundamental para enfrentar lo que viene. Jeannette Jara tiene el desafío –y en principio las potencialidades- para efectivamente liderar una coalición con un proyecto progresista y democrático. Para eso, se necesita un amplio acuerdo programático construido desde los mínimos –por ningún motivo desde los máximos y los intransables- y la integración real de equipos. Hasta ahora, las señales van en ese sentido y eso abre esperanzas de que el bloque Unidad por Chile, con Jeannette Jara a la cabeza, aspire con mayor probabilidad a dirigir el próximo gobierno del país. Esa es mi apuesta y ahí estaré.

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2 comments

Cointa Lagunes Cruz julio 11, 2025 - 4:54 am

Recomiendo analizar la experiencia en México, es una realidad que la izquierda en toda su diversidad y la unidad con todas las fuerzas sociales, personalidades, intelectuales, artistas, movimientos, pueden desde abajo con un programa común acceder y conquistar la voluntad del pueblo, lo que pase después se tiene que construir, no está escrito.

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Ximena julio 13, 2025 - 1:34 pm

Antonio, una vez más me interpretas cabal y totalmente, abrazos.

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