El sabor de la derrota

por Antonio Ostornol

Escribo estas líneas a solo horas de que se produzca el cambio de mando en Chile. Parece un día normal. Hace un rato habló Boric y dijo lo que de cierta forma todos sabemos: hubo grandes logros, grandes errores y grandes derrotas. Por delante vienen cuatro años de gobierno de una derecha alineada con Trump, muy conservadora y con ánimo de revancha. A su lado estará la otra derecha, que no termina nunca de definir su posición frente a la perspectiva de futuro en Chile, ni su relación con el peor pasado del país. Y en nuestro sector, el socialismo democrático o el progresismo–sé que es una definición laxa y que poco aporta- no damos con el tono para enfrentar la nueva realidad. Mi duda es si no damos el tono porque no dimensionamos el tamaño e impacto de las sucesivas derrotas que hemos experimentado o porque el hábitat de la política se ha movido de tal forma que ya no sabemos en qué terreno pisamos. O ambas explicaciones son válidas.

Si solo se tratara de la elección y futuro gobierno de Kast, creo que la sensación de derrota no sería tan intensa. Podríamos pensar que solo serán cuatro años, que para realizar cambios más esenciales se requieren mayorías más contundentes, que la derecha más tradicional y para qué hablar de la más liberal, posiblemente tendrán dificultad en comulgar con los temas más extremos, etc. La ceremonia de mañana no es más que el símbolo del cambio y de nuestra derrota. Tiene un sabor amargo, es verdad, pero no es necesariamente un veneno.

Sin embargo, la amargura no deja de estar presente. Es asimilar que después de solo 35 años de recuperar la democracia, luego de haber vivido el momento más oscuro y brutal de la historia chilena contemporánea, se levante como líder un admirador de Pinochet y de su gobierno. También cuesta procesar que tantas personas jóvenes y de los sectores populares hayan apoyado esa candidatura. Que se vuelva a hablar de liberar a los peores y más contumaces asesinos de nuestra historia. En mi opinión, son señales de fenómenos sociales y culturales muy profundos, procesos que permiten vislumbrar que nuestra derrota fue más dramática porque fue por sobre todo una derrota de una concepción de vida medianamente consensuada y chilena. ¿A qué me refiero? Al individualismo exacerbado, a las estrategias de llaneros solitarios, al desprecio por el gesto comunitario o, a lo menos, de cortesía hacia el otro. Las décadas que han transcurrido desde el golpe de estado a la fecha, han hecho diluirse las experiencias colectivas, la construcción de comunidades heterogéneas pero vinculadas en torno a intereses compartidos, como las juntas de vecinos, los sindicatos, las cooperativas. Y se han impuestos las lógicas del mercado y la competencia y el éxito muchas veces a costa de los demás. Siento que lentamente hemos aceptado esa lógica estadounidense donde todo se mide en dinero. Subrepticiamente, fuimos cooptados por los mandamientos tipo Forbes: el más rico, las mansiones más grandes, los autos más exclusivos y sofisticados, los lugares del mundo que solo un grupo puede explorar, etc. Esa imaginería transformada en deseo explícito o implícito genera mucha frustración y rabia. Y esos sentimientos se descargan –con la venia de la torpeza de dirigentes políticos- contra todo el sistema: partidos, gobiernos, parlamentos, etc.

Este un cuento viejo que, de no haber mediado nuestras anteojeras ideológicas, podríamos haber develado hace mucho tiempo. Teníamos verdades establecidas e inamovibles que no nos dejaban ver nuevas realidades, sobre todo si no se ajustaban a los parámetros de nuestra estructura ideológica. Pero esto que observo, sin embargo, no es razón suficiente para tanta desesperanza. El problema es que no estamos frente a un fenómeno solo nacional. Lo que ha pasado en Chile no constituye un hecho aislado. Los dirigentes europeos –con tibieza, por cierto, porque sus dichos pueden enojar a Trump- están hablando de que se ha roto un modo de convivir en el mundo: estamos pasando de un mundo con reglas, creado después de la segunda guerra mundial, a otro sin reglas, excepto las de la fuerza y la guerra. La formulación más exacta y precisa que he escuchado al respecto fue el sólido discurso del primer Ministro de Canadá, Mark Carney, en el foro de Davos. Para quienes crecimos en el mundo de la guerra fría, esta realidad es difícil de aprehender. Cuando las posiciones de los países se resolvían en base al empate nuclear y el mundo se alineaba ideológicamente entre socialismo y capitalismo, creíamos –visto desde hoy suena ingenuo- que teníamos derecho a soñar con el cambio y la revolución, por ejemplo, y si el asunto se ponía peludo internamente, tendríamos respaldo internacional. La crisis de los misiles del año 62 en Cuba fue el ejemplo más claro de esta lógica. Uno, dependiendo de su mirada, se asociaba a los buenos.  No había cómo perderse. En mis tiempos militantes, había una frase que resumía este proceso. Cuando queríamos saber qué posición política tomar frente a un hecho determinado, el dirigente sugería que nos preguntáramos dónde estaba el imperialismo yanqui para que nosotros nos colocáramos al frente. Esta fue una lógica que daba mucha claridad pero que ocultaba, al mismo tiempo, la búsqueda de la verdad. Nuestra capacidad de distinguir con más sutilezas en la realidad se atrofiaba. Nos pasaba lo que me suele ocurrir a mí cuando observo los árboles: mi única categoría de distinción es “pino / no pino”.

En el nuevo mundo sin reglas, hay muchos malos: Trump, Netanyahu y su pandilla. Y al frente, tampoco hay buenos. El régimen de los ayatolas es una dictadura difícil de apoyar, similar a la de Hamas o Hezbolá. Los rusos, los chinos, los turcos, no son mucho mejores. Vivimos en un mundo sin buenos; solo de malos. Incluso los europeos, en quienes podríamos haber albergado alguna esperanza de impulso civilizatorio, han sido tibios e ineficaces para confrontar al mundo sin reglas. Así vimos masacrar a la población de Gaza en una guerra de exterminio, asimétrica e inhumana. Más de 70.000 asesinados en dos años: impresionante. Algo similar podría ocurrir en Irán o el Líbano. No hay límites, no hay reglas. Y un mundo que se empieza a regir de esta forma es una forma de la derrota mucho mayor.

Tal vez todo este tema se reduce a una pérdida de sentido de la acción pública. Tenemos ideales, queremos un mundo mejor, lo creemos posible, pero parece que no tenemos idea de cómo lograrlo. Y si lo sabemos, no nos creen. Hay una brecha que cubrir, hay una orilla de la vida que se nos escapa y tenemos que recuperarla. De lo contrario, el día a día se transforma en una tarea pesada que soportarla, tal vez, sea la única verdadera odisea contemporánea.

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1 comment

Felipe Bernabó marzo 21, 2026 - 10:37 am

Adhiero a cada palabra Antonio. Excelente reflexión!

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