Un viejo amigo socialista de antes, que instaló el año 90 una vulcanización en Santa Clara, me envía esta reflexión, como él la llama. Me permite publicarla, pero a condición de total anonimidad. Es lo que hago:
Me duele reconocer que más de un 70% de las chilenas no quieren saber nada de una izquierda de corte socialista. Una posible explicación tiene hondas raíces.
Lenin es el teórico y dirigente que dieron por superado los socialistas que hicieron eso que llamaron renovarse. La abominable dictadura del proletariado, en especial, fue cambiada por un nuevo aprecio por la democracia (Lenin la consideraba burguesa). El viejo socialismo se aggiornó como socialismo democrático, una fuerza que lucha en democracia por una radical igualdad de las condiciones de vida de todos. Sin dictadura del proletariado, la socialización de los medios de producción no era posible, ni necesaria ni conveniente. El Estado Democrático permitiría crear igualdad en libertad.
Ahora, renovarse es complejo, como se dice ahora. El deslastre de verdades pesadas crea una vertiginosa sensación expansiva capaz de enceguecer. ¿El peligro? Arrojar la bañera leninista con guaguas invisibles adentro. Una de ellas fue el internacionalismo, otra de las grandes ideas fijas de Lenin. El viejo tenía una clara comprensión del poder desequilibrante del gran capital internacional en relación con el poder de las fuerzas socialistas en cada Nación. Se preocupaba tanto de organizar la Internacional Socialista como la revolución rusa. Sabía que el socialismo en un solo país era una imposibilidad: sería ahogado por la potencia económica del gran capital internacional, o simplemente por su fuerza militar.
El socialismo democrático renovado se encierra en el Estado Nacional, después de todo es el espacio natural de la democracia. Le parece perfectamente posible instalar en él, con la misma gravitación, la igualdad al lado de la libertad. Invito a preguntarnos cómo le fue. Malito, malito, si se compara con el pasado, y pésimo si se compara con las desigualdades presentes. Y eso que, tal como en Chile, ha gobernado durante un tiempo apreciable, y siempre ha ocupado posiciones relevantes en el Estado. Respeto a la democracia, calurosos aplausos. Más igualdad, ácidas pifias. En estas materias el socialismo democrático no ha hecho una gran diferencia.
¿Se corrompieron?, ¿olvidaron sus promesas cuando consiguieron poder?, ¿se acomodaron? Esta clase de razones son siempre menores, episódicas. No sirven, la política y la vida social no transcurren en conventos entre hermanitas de la caridad, la hace gente de carne y hueso que vive en la tierra, con tentaciones. Más gravitante es la acusación de provincianismo, de obnubilarse con el poder del Estado Nacional y sobrevalorar trágicamente su autonomía. Porque nadie enfrenta hoy por su cuenta al gran capital que circula internacionalmente. Es una cuestión de tamaño, de correlación de fuerzas, otro terminacho favorito dejado atrás del viejo dejado atrás. Sube salarios, eleva impuestos, y sabrás a qué atenerte. El capital abandona y desprecia países tanto como privilegia e invierte en otros, haciéndolos competir entre ellos. Te pones tieso de mechas con la igualdad y te condenas a la escasez de capital y la pobreza. Ejemplos sobran. El Estado Nacional democrático está forzado a jugar el juego del capital global, a ser juicioso, a atemperar en la medida de lo permitido sus empeños igualitaristas. Cogido entre la desigualdad y la pobreza, los votantes le están pasando la cuenta con todo.

Lenin sabía que no se podía construir el socialismo en un solo país (cuando menos sin comprometerlo seriamente). El socialismo democrático se ciega creyendo que puede producir igualdad en un solo país. No considera imprescindible crear una internacional de la igualdad. Una masa suficiente de población, mercado y recursos capaz de hacerse valer ante el gran capital global. La tibia valoración que hace de los organismos internacionales es irrelevante, no establece diferencias entre ellos.
El socialismo democrático cree que si cumple con las exigencias fundamentales que la constituyen (votación popular, separación de poderes, estado de derecho…), la democracia en un solo país no es burguesa, sino universal. Sin embargo, considerando el poder del gran capital que circula por el mundo, aunque sea formalmente impecable, es burguesa de arriba a abajo. Es que el poder es anterior a las formas.
1 comment
[…] Nacional […]