No fue solamente la guagua del internacionalismo la arrojada por la ventana por los socialistas renovados junto con la bañera leninista, también se fue con ella la sospecha del Estado. Transcribo un comentario a la reflexión del vulcanizador de Santa Clara, publicada en mi columna anterior titulada Internacionalismo, que me envía una socialista con años de exilio en el cuerpo. Agencia un camping con orilla de rio cerca del Callejón de Ñipas. Lejos del primero, pero nunca tanto, e igualmente condolida por la situación histórica lamentable de la izquierda de corte socialista en Chile.
Lenin sospechaba del Estado. No solo del burgués, democrático o no, del Estado en general, incluida la Dictadura del Proletariado. Esta última sería una institución transitoria, dictatorial como todo Estado, necesaria para destruir el capitalismo y construir la sociedad igualitaria. Nunca supuso el viejo pensador superado que es posible articular una sociedad desde el Estado; al final es violencia concentrada. Procede mediante leyes que permiten y prohíben, aplicadas con violencia también permitida y prohibida. Un procedimiento demasiado tosco y dictatorial para construir lo social. Aun cuando es democrático, actúa siempre contra minorías y marginados. Al final, es un Leviatán creador de desigualdad.
Imagino que a un renovado le perece un poquito utópica esta sociedad igualitaria sin Estado. Puede que tenga razón. Sin embargo, el viejo pensador obsoleto tenía argumentos de peso para sospechar del Estado, distanciarse de este, examinarlo de arriba a abajo. Interpretarlo como una dictadura, aunque sea legal, ayuda a no enamorarse de él. Prevención olvidada por el socialismo democrático, convertido de hecho en sinónimo de Estado. Se renovó de Lenin, para quedar cogido de Stalin y su enamorada confianza en la capacidad del Estado de crear una sociedad, una economía, una cultura, una sociabilidad. Sabemos cómo terminó el experimento. Lenin suponía que en la sociedad igualitaria el Estado no podía jugar ningún papel en las relaciones entre los seres humanos, que su único rol sería administrar la relaciones entre aquellas y las cosas: la administración de la economía y los servicios públicos.

¿Cómo andamos en esto? No es necesario administrar un pequeño camping para darse cuenta de que estamos mal. El Estado jode, más que ayuda, por su lentitud. Llega tarde con la atención hospitalaria, las cucas de pacos, los estudios ambientales, las viviendas de emergencia, las cédulas de identidad, los pasaportes y los carnets de conducir, la entrega de subsidios, las matrículas escolares. ¿Y qué decir de esas salas de espera del municipio y el gobierno regional, con esas funcionarias mal humoradas autoritarias (“¡Tiene que esperar!”) con reminiscencias militares (“¿Tiene una cita?”), la insoportable desconfianza indolente que lo lentifica todo de las seremías de Turismo, Medioambiente, Trabajo, Salud, la Dirección De Aguas. Como si el tiempo no existiera, o una viviera para siempre. Y métale eternas comisiones y mesas de trabajo para no terminar nunca de ordenar los colegios, proteger a los profesores y educar, y arreglar las casas de subsidio con cañerías reventadas y techos transparentes a la lluvia, y más y más. Posiblemente los viejos de antes no sabían con suficiente claridad que de los servicios públicos se debe esperar más que nada abuso, lentitud, mala calidad e indiferencia, como de cualquier monopolio.
Un Estado fatalmente lento en un mundo líquido que anda a toda velocidad de contingencia en contingencia. Lentitud que no es medible con el reloj, ni corregible con una reingeniería racionalizadora. Es una lentitud – en – el – mundo que pertenece a una historia ida. Una asincronía histórica, una temporalidad anacrónica, una manera passé de existir en el tiempo, de entenderlo y tratarlo. Temporalidad con el futuro que se planifica para hacer avanzar la historia presente – hasta la civilización – en forma diseñada y reglamentada, y un pasado de contingencias olvidadas. Es el tiempo histórico de la Modernidad, con el paroxismo de la sociedad planificada de la URSS y del Fin (de la contingencia) de la Historia en la segunda mitad del siglo pasado. Hammurabi debió pretender algo similar, con su código que creaba lo social, tallado en piedras acarreadas a todos los rincones del imperio, para controlar el orden per saecula saeculorum. El Estado como institución estable que estabiliza mediante la autoridad de la ley, está fatalmente a contra tiempo con la temporalidad del devenir de las fuerzas productivas actuales, y las formas de vida que van con ella.
[Socialismo = Estado] fue un invento pasado de rosca de Stalin, que los renovados del socialismo democrático around the World convirtieron en un verdadero instinto. Con el Estado construirían una sociedad más racional, con más bienestar e igualdad. Una convicción hoy día un poco fuera de cacho, cuando todo el mundo – hasta los vecinos más dejados de la mano de Dios rio arriba, hasta en Guargüeros y Polcura – compra en Ali Baba, Temu y Amazon, recibe mercancías y comida en casa, se moviliza en Uber, consigue hora altiro en las clínicas y consultas privadas de El Carmen y Chillán, y llena hostales con excursionistas de verano, chilenas y gringas, con anuncios en Google (sin facturas, cero IVA y otros tributos, gracias al dios de la distancia en caminos de tierra, la complicidad de los clientes y la flojera de los inspectores). Un Estado que se quedó fatalmente atrás, y por eso jode como dolor de muelas, y se las arregla para hacerlo incluso cuando regala. La temporalidad instantánea del neoliberalismo tecnológico, que cierra las transacciones sin pérdida de tiempo, capaz de ensayar, experimentar y arriesgarse sin pretender planificar ni controlar, lo ha dejado a la orilla del camino, a pesar de sus horribles miserias.
Lo peor es que enceguece con el sentido común de que la política consiste en la ocupación del Estado. Tendrán que renovarse los renovados, des aggiornarse un tantico para recuperar en los huesos la sana sospecha perdida del Estado. La sociedad no se construye con reglas como un regimiento o una burocracia. No es una estabilidad controlada.
Puede que haya flojera. Renovarse simplemente negando lo más llamativamente criticable de antes, sin mucho esfuerzo por hacer una real diferencia. Después de todo somos sudacas. Puede ser. Sin embargo, está pasando con el Estado en todo el mundo. (Excepto en China).