PÁGINAS MARCADAS de Antonio Ostornol. Si la muerte pisa mi huerto

por La Nueva Mirada

Cerramos un año de escritura y pandemia. La primera siempre me ha conectado con la vida y muchas veces fue mi tabla de salvación para salir de momentos donde todo se volvía oscuro, homicida y terminal. Mi primera novela, escrita en Ñuñoa mientras la DINA asolaba nuestras rutas secretas, me sostuvo íntegro y esperanzado. En otras ocasiones, tal vez menos dramáticas en términos sociales, pero igualmente intensas en definiciones personales, fue también esta posibilidad maravillosa de sentarme frente a una máquina de escribir (sí, como lo leen: máquina de escribir, Olimpia y portátil, heredada de mi padre cuando partió al exilio) e inventar unos tiempos y unos seres que me ayudaban a seguir queriendo un mundo que, a todas luces, me enfrentaba hostil. Fue el camino para seguir sosteniendo convicciones y utopías. Décadas atrás, se trataba de revoluciones; luego, hubo propósitos menos absolutos, pero probablemente más realizables.

La segunda, la pandemia, se nos presentó como el resurgimiento de ese enemigo antiguo, que pensábamos olvidado. Me refiero a los tiempos de las persecuciones, cuando la muerte pululaba en las noches o los mediodías, en el cruce de dos calles, familiares o desconocidas, o simplemente te atrapaba en el living de tu propia casa o en el patio de una escuela que siempre pensaste segura. En esos años de dictadura, sabías que la muerte estaba en cualquier parte y no era fácil anticiparla. Se trataba de un enemigo impreciso, escurridizo, poco abordable. Con la pandemia ocurrió algo parecido. Y fue terrorífico. Al principio, si no tenías alguien cercano que hubiese sufrido la enfermedad, costaba imaginarla. Estaban las imágenes periodísticas, mostrando esas ciudades del primer mundo deshabitadas y silenciosas, sólo vívidas a través de las sirenas de las ambulancias. Y veíamos, también, sus hospitales con gesto tercermundista, los pasillos atochados, las camas intensivas colapsadas y las funerarias sin ser capaces de dar abasto. A pesar de todo, seguía teniendo visos de irrealidad. Luego, a mediados del año pasado, nos empezó a golpear y duro. Nos confinamos todo lo que fue posible (unos, los más privilegiados, mucho; los otros, con enormes dificultades). Y aunque la muerte estaba allá afuera, si no te tocaba de cerca, era fácil hacer como si no existiera. En esos días, también la escritura me ayudó a contener la angustia y la impotencia frente a un fenómeno que no se alcanza a dimensionar ni comprender con plenitud. La novela “Chino” le debe mucho a estas circunstancias.

En esos años de dictadura, sabías que la muerte estaba en cualquier parte y no era fácil anticiparla. Se trataba de un enemigo impreciso, escurridizo, poco abordable. Con la pandemia ocurrió algo parecido. Y fue terrorífico.

Inauguramos el año 2021 con los anuncios de vacunas. Y pareciera que del éxito de esta operación a nivel mundial dependiera el fin de la enfermedad. Es una bella idea y, al menos yo, la comparto plenamente. Varias veces al día pienso en el momento en que me toque el turno, que no será muy pronto, pero tampoco tan tarde (espero). Y pienso en los muchos miles de hombres y mujeres que debemos estar pensando lo mismo, debatiéndonos entre extremar unos cuidados que cada día se hace más difícil tolerar, o jugar a una ruleta rusa apostando a que nos alcanzará el tiempo y podremos llegar a la vacuna.

Pero el momento de la tragedia te puede alcanzar y lacerar en forma definitiva, como cuando la hipótesis de una detención secreta que conducía a la muerte, se transformaba en realidad. Y el día a día puede convertir en verdad los peores augurios. Cierro el año con el fallecimiento por Covid de un primo. Un hombre mayor que hace unos años le había ganado la partida a un cáncer y a las complejidades de la existencia. Un hombre mayor que se reinventó (o dejó que su naturaleza hermosa y humana se desplegara como siempre debió haber sido) y lideró en Punta Arenas un movimiento reivindicativo de los adultos mayores. Escribía poemas. Ganó certámenes. Le había visto el rostro a la muerte y no quiso temerle otra vez. Siguió cada día atendiendo un puesto de caramelos a la salida de un banco, en la plaza de la ciudad. Y mientras escribo estas líneas, un amigo de esos que no se visitan pero que son parte de la cofradía entrañable de la memoria, lucha contra la enfermedad. Según dicen, es un combate muy desigual, de resultado menos que incierto. Esperemos que se equivoquen.

Cierro el año con el fallecimiento por Covid de un primo. Un hombre mayor que hace unos años le había ganado la partida a un cáncer y a las complejidades de la existencia.

A ellos, a mi primo y a mi amigo, no les llegó la vacuna. Y aunque este medicamento será, ciertamente, la solución, todavía le llegará tarde a mucha gente. La muerte seguirá al acecho, nos estará rondando, como ese enemigo antiguo, cobarde y artero. Resistiremos, entonces, en los afectos, en las memorias, en el deseo del último esfuerzo para honrar la vida. Seguiré escribiendo: la palabra me conecta con todas las acechanzas y los milagros.

Y con la responsabilidad ciudadana: apenas pueda me vacunaré (me da lo mismo si la vacuna viene de China, Estados Unidos, Europa o Rusia). Y votaré por quienes creo podrán representarme bien en el proceso constituyente. Y estaré presente en todas las elecciones que nos permitan parlamentarios y gobernantes que busquen efectivamente construir un Chile más justo y democrático, en el cual también la muerte se distribuya más equitativamente.

apenas pueda me vacunaré (me da lo mismo si la vacuna viene de China, Estados Unidos, Europa o Rusia). Y votaré por quienes creo podrán representarme bien en el proceso constituyente.

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1 comment

Jaime Castillo Peña enero 31, 2021 - 10:41 am

Que verdadera realidad , la muerte siempre es artera porque asfixia la esperanza, como la serpiente ponzoñosa de la larga noche tenía como objetivo la esperanza y los sueños. Un abrazo querido Antonio por darnos un lugar en la balsa que nos salva de la muerte en plena tempestad. Jotacepe

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