A ochenta años del relámpago. El Nobel a Gabriela Mistral y las escritoras invisibles.

por Cristina Wormull Chiorrini

Me acuerdo de tu rostro que se fijó en mis días,
mujer de saya azul y de tostada frente,
que en mi niñez y sobre mi tierra de ambrosía
vi abrir el surco negro en un abril ardiente.
Segar te vi en enero los trigos de tu hijo,
y sin comprender tuve en ti los ojos fijos,
agrandados al par, de maravilla y llanto.
Y el lodo de tus pies todavía besara,
porque entre cien mundanas no he encontrado tu cara
¡y aun te sigo en los surcos la sombra con mi canto!  (Gabriela Mistral, La mujer fuerte, fragmento)


En octubre de 2025, mientras Chile viste sus edificios públicos con versos de Gabriela Mistral y pregunta al cielo qué será de su país, se cumplen ochenta años desde que la poeta de Vicuña escuchó por radio que había ganado el Premio Nobel de Literatura. Fue un relámpago en medio de la posguerra, una noticia que cruzó océanos y silencios, y que aún resuena como un eco sin réplica: la única mujer hispanoparlante en recibirlo.

En Petrópolis, donde vivía acompañada por Consuelo Saleva, Gabriela apenas salía de la sombra del suicidio de su hijo Yin Yin y del doble suicidio de sus amigos Stefan Zweig y Lotte. El Nobel llegó como un gesto de luz, pero también como un peso. En diciembre de 1945 viajó a Suecia, y luego se instaló en Estados Unidos como cónsul. Volvió a Chile solo una vez, en 1954, y recibió el Premio Nacional de Literatura con seis años de retraso.

Desde 1901, el Premio Nobel de Literatura ha sido otorgado a 119 personas, solo 18 mujeres y 101 hombres. Gabriela Mistral fue la primera mujer latinoamericana en recibirlo, y sigue siendo la única hispanoparlante.

La primera mujer premiada fue Selma Lagerlöf en 1909, y la más reciente, Han Kang en 2024. En el siglo XXI, el número de mujeres galardonadas ha aumentado, con nombres como Elfriede Jelinek, Doris Lessing, Herta Müller, Alice Munro, Svetlana Aleksiévich, Olga Tokarczuk, Louise Glück, Annie Ernaux y Han Kang.

Se ha dicho que la mujer no necesita sino de una mediana instrucción; y es que aún hay quienes ven en ella al ser sólo capaz de gobernar el hogar. Gabriela Mistral en La instrucción de la mujer, La Voz de Elqui, Vicuña, 1906

Sin embargo, ninguna otra mujer de habla hispana ha sido reconocida, y menos aún una poeta. Gabriela Mistral sigue siendo una excepción, un relámpago que no ha tenido réplica.

Hoy, en Chillán, 61 obras visuales dialogan con sus poemas en la exposición Huellas de Gabriela, organizada por APECH y PEN Chile. En Madrid, escritores chilenos la nombran madre literaria de América Latina. En La Serena, la Feria del Libro le dedica su jornada inaugural. Y en Valparaíso, se proyecta el documental Gabriela de Elqui, Mistral del Mundo, con testimonios inéditos de Doris Dana y Volodia Teitelboim, por solo mencionar algunos de los numerosos homenajes que está recibiendo.

Pero la pregunta persiste ¿por qué sigue siendo la única? ¿Por qué ninguna otra escritora hispanoparlante ha alcanzado ese podio? ¿Por qué, además, poeta?

Las mujeres escribimos desde un lugar que ha sido históricamente silenciado. Y eso no solo cambia el contenido, cambia la forma. Samantha Schweblin

Este 2025, dos nombres resonaron con fuerza: la referida Samantha Schweblin y Cristina Rivera Garza. Ambas fueron favoritas, ambas quedaron fuera. Schweblin lo dijo sin rodeos: “Los hombres tienen reservado para ellos el espacio de la universalidad. Ellos pueden hablar de cualquier cosa, las mujeres solo pueden hablar de cosas de mujeres”.

La mexicana Cristina Rivera Garza escribe desde el cuerpo, desde el duelo, desde el feminicidio. “No hay escritura sin cuerpo, no hay cuerpo sin historia”, ha dicho. Su obra convierte el dolor en archivo, y el archivo en resistencia. En El invencible verano de Liliana, reconstruye la vida de su hermana asesinada, y con ella, la memoria de miles.

La argentina Samantha Schweblin, por su parte, transforma el miedo cotidiano en literatura de lo invisible. “Las mujeres escribimos desde un lugar que ha sido históricamente silenciado. Y eso no solo cambia el contenido, cambia la forma”, afirma. Su escritura es un cálculo constante de la “distancia de rescate”, ese espacio entre el cuidado y el peligro, entre el amor y la pérdida.

La mujer no ha sido nunca una invitada al banquete de la cultura. Ha sido cocinera, lavandera, nodriza, pero no comensal. Gabriela Mistral

Se sumó, como en años anteriores, Elena Poniatowskca, a la que llaman la Princesa Roja, por su origen aristocrático y su compromiso con las causas populares, una voz clave de la izquierda mexicana y del feminismo latinoamericano.

Su obra se caracteriza por dar voz a los marginados, las mujeres, los niños de la calle y las víctimas de la violencia estatal. Libros como La noche de Tlatelolco (1971), sobre la masacre estudiantil de 1968, y Hasta no verte Jesús mío (1969), sobre una empleada doméstica, son referentes del nuevo periodismo y la literatura social. También ha escrito sobre figuras como Tina Modotti (Tinísima), Diego Rivera (Querido Diego, te abraza Quiela) y Leonora Carrington (Leonora).

Ochenta años después del relámpago que fue Gabriela Mistral, otras voces femeninas han tocado la puerta del Nobel sin ser escuchadas. No por falta de mérito, sino por persistentes estructuras que aún privilegian lo masculino, lo europeo, lo canónico.

Gabriela Mistral había publicado solo tres libros al momento del Nobel: TernuraTala y Lagar. Su lirismo, su defensa de la infancia y su rol como educadora fueron celebrados. Pero su vida íntima fue silenciada. Nada se dijo de Laura Rodig, Palma Guillén o Doris Dana, su albacea y compañera. El documental Locas mujeres (2011) abrió esa ventana, y hoy puede verse en Onda Media.

Escribir desde el cuerpo, desde el dolor, desde la experiencia, es una forma de resistencia. No hay escritura sin cuerpo, no hay cuerpo sin historia. Cristina Rivera Garza

Ochenta años después, el relámpago sigue iluminando un cielo que no ha vuelto a abrirse. Tal vez porque, como dijo Mistral, “el sólo hecho de escribir como lo hacía ya era un acto político”. Tal vez porque aún no se ha escuchado con suficiente fuerza el eco de las que vienen detrás.

Ochenta años después, el relámpago sigue suspendido en el cielo. No ha caído sobre otra mujer hispanoparlante. Pero en cada verso de Schweblin, en cada testimonio de Rivera Garza, en cada crónica que nombra lo innombrable, Gabriela vuelve a iluminar el umbral. No como estatua, sino como pregunta viva.

Dame la mano y danzaremos; dame la mano y me amarás.

Como una sola flor seremos, como una flor, y nada más…Gabriela Mistral

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