Busco mi destino: la izquierda chilena 

por Fernando Ayala

La derrota anunciada de la izquierda en las recientes elecciones del 14 de diciembre pasado, que dio el triunfo al candidato de la derecha extrema, José Antonio Kast con el 58,16% de los votos, ha sido como como una bomba de racimo que ha comenzado a caer lentamente en la amplia alianza de partidos que apoyó la candidatura de Jeanette Jara que incluyó desde la Democracia Cristiana (DC) hasta el Partido Comunista PC).  La elección primaria efectuada el 29 de junio, selló el triunfo de Jara con el 60,16% por sobre la candidata del socialismo democrático, Carolina Tohá, quien obtuvo un magro 28,08%, es decir una humillante derrota.  Este resultado fue el indicador más evidente que la derecha vencería en las elecciones, como lo fueron demostrando las sucesivas encuestas y quedó claro en la primera vuelta presidencial, donde Jara obtuvo solo el 26,85% de los votos. Un dato demoledor para el análisis es que Kast, en el balotaje, venció en las 16 regiones del país y en 310 de las 346 comunas que existen en el país.  En Colchane, de amplia mayoría aymara y una de las principales puertas de entrada de la inmigración, Kast se impuso con el 93,81% de los votos.  En Cholchol o Collipulli, con población mayoritariamente mapuche, en una zona asolada por la violencia, Kast alcanzó el 68,33% y 75,05% respectivamente de los sufragios. 

Razones para explicar la derrota de Jeanette Jara hay varias, pero una que parece central es su militancia en el PC, donde ingresó a los 14 años. Abandonó el cargo de ministra del Trabajo para ser candidata y representaba la continuidad del gobierno del presidente Gabriel Boric que está terminando su mandato con una baja evaluación ciudadana, de menos de 30% de apoyo.  Hay que tener presente que del 41,84% de votos de Jara en la segunda vuelta, una parte importante de estos son de personas que entre votar por la derecha extrema o una candidata que representaba una amplia coalición, optó por esta última alternativa. También vale la pena recordar que la votación promedio del PC en elecciones parlamentarias desde 1990 a la fecha ha sido de 4,4% y si tomamos las últimas tres, entre 2017 y 2025, llega solo a 4,9%. 

Los otros cuatro candidatos restantes en las elecciones obtuvieron el 22,82%, destacándose la votación de Franco Parisi, caracterizado como populista o antisistema, con un 19,71%, equivalentes a 2.557.737 votos que finalmente se fueron mayoritariamente al candidato vencedor, Kast. En las fuerzas que apoyaron a Jara ya han comenzado las recriminaciones entre partidos o derechamente responsabilizar al gobierno por la derrota.  Para el 17 de enero se ha acordado un encuentro o reunión de las fuerzas que apoyaron a la candidata para analizar el resultado y ver el camino a seguir para los próximos cuatro años de un gobierno que venció con tres temas que definió como centrales para el país: seguridad, economía y migración. La pregunta clave del debate que viene es la posibilidad de mantener, a partir del 11 de marzo, una amplia alianza desde sectores liberales, regionalistas, verdes, humanistas, DC, Frente Amplio (FA), el Partido Socialista (PS), Partido Por la Democracia (PPD), Partido Radical (PR) y el PC. Para ello se requiere un poco de historia. El regreso a la democracia fue trabajosamente impulsado en los años 80 del siglo pasado por 17 partidos que crearon la Concertación por la Democracia, a la cual no se sumó el PC. A partir de 1990 se iniciaron los que se consideran los mejores años en la historia de Chile en términos de crecimiento económico, reducción significativa de la pobreza, expansión de la educación y del consumo, entre otros factores, que ha sido caracterizado como un proceso de desarrollo capitalista acelerado al que, por cierto, también contribuyó el primer gobierno de centro derecha del expresidente Sebastián Piñera (2010-2014). Las cosas cambiaron a partir del 2014, cuando la presidenta Michelle Bachelet, en su segundo gobierno, incorporó al PC dando fin a lo que había sido la Concertación.  Ello permitió a los comunistas entrar al gobierno, ser legitimados o aceptados como pares junto al socialismo democrático y la DC, y tener mayor visibilidad y exposición pública en los medios. Con el gobierno de Boric, su presencia en el gabinete creció significativamente ocupando importantes ministerios, pasando incluso a ser parte del reducido comité político.

El PC es un partido con 114 años de historia en la política chilena y que en democracia siempre ha actuado en el marco de la ley.  Sin embargo, ha sido y sigue siendo un partido extremadamente ortodoxo, que no ha efectuado una autocrítica a lo que representó el comunismo soviético, tanto en la URSS como en otros países; nunca ha condenado oficialmente los crímenes del estalinismo, la falta de libertades en Europa del este o en Cuba, el muro de Berlín, las invasiones a Hungría, Checoslovaquia o Afganistán.  En su último congreso, el XVII, efectuado en enero de 2025, en Santiago, se reafirmaron los viejos principios: 

El fortalecimiento del Partido a base de nuestros principios

como el centralismo democrático, la unidad en la acción, la

vigilancia revolucionaria, la disciplina consciente, el marxismo,

el leninismo y el feminismo …  reafirmando los principios

leninistas de organización con foco en la vigilancia

revolucionaria. Se propone realizar escuelas de cuadros

con un seguimiento regular que incluya el aporte de

los partidos comunistas de otros países”.

Es decir, lo que se desprende del documento oficial es que es un partido que sigue observando la realidad con un lenguaje revolucionario, con una mirada del siglo XX, en un mundo que ha cambiado, donde los partidos comunistas occidentales ya no existen o son minorías electorales marginales.  En América Latina, el PC continúa entregando su respaldo a Cuba, Venezuela y Nicaragua.  Lo más probable es que los comunistas propongan la creación de un amplio frente, una convergencia de partidos para oponerse al gobierno de Kast.  Llamarán a la movilización social y harán lo posible por mantener una alianza ya que ello contribuiría a reforzar su presencia junto a fuerzas socialdemócratas, liberales y otras. Sin embargo, así se enfrentó la elección presidencial con los resultados ya conocidos.

El partido del presidente Boric, el FA, que aspira a posicionarse como el referente de la nueva izquierda chilena, enfrenta problemas de credibilidad luego de su paso por el gobierno.  Si bien Boric ha dado muestra de madurez, de un cambio real y acercamiento a posiciones social demócratas, antes denostadas, deberá consolidar un nuevo liderazgo que se topará con las promesas incumplidas de su gobierno, como poner fin al neoliberalismo, o la pretendida “superioridad moral”, pregonada por sus más cercanos colaboradores. Sectores dirigentes del FA se asumieron como un partido de vanguardia, con sueños de transformaciones revolucionarias que terminaría con el neoliberalismo. Nunca han abandonado esa creencia que mantuvieron con arrogancia y contra la fuerza de la realidad. Su fortaleza está en que moviliza a una parte importante del voto joven. Asimismo, se responsabiliza al FA y al PC, principalmente, como articuladores de la propuesta de nueva constitución que fue ampliamente rechazada con el 61,89% de los votos de los chilenos, en el plebiscito de 2022. Daniel Jadue, uno de los líderes más influyentes del PC, ha culpado directamente al presidente Boric por la derrota electoral de diciembre pasado; el senador socialista, Fidel Espinoza, se la asigna al FA y al gobierno, mientras que el diputado del PPD, Raúl Soto, declaró que el 11 de marzo, al concluir el gobierno, se termina la coalición de partidos que lo han apoyado.

El grupo socialdemócrata, formado por el PS, PPD y el PR, llamado “socialismo democrático” al que se aproximan los liberales, ecologistas, humanistas y demócratas cristianos, conforman el llamado “progresismo”, donde se reivindica con fuerza los años del crecimiento económico y mejoramiento de las condiciones de vida de la gran mayoría de la población, generado por la Concertación. Sin embargo, obtuvieron un pobre resultado en la elección parlamentaria efectuada junto a la presidencial: el PS obtuvo un 5,4%, la DC 4,2% y el PPD 4,0%.  Por su parte el FA alcanzó al 7,5% y el PC al 5,0%.  Es decir, la suma de todos alcanza a solo el 26,1%.  Adicionalmente, los otros miembros de la alianza -radicales, humanista y ecologistas- no llegaron al 5% de los votos en ninguna región ni lograron elegir al menos cuatro parlamentarios como exige la ley, por lo que están en proceso de disolución.  

Estos tres sectores ideológicos, algunos con visiones políticas muy diferentes, fueron capaces de enfrentar la elección unidos con Jeanette Jara como candidata. Hoy deben definir su destino y se buscan afinidades para reconquistar al electorado perdido.  El PS y el FA compiten por la hegemonía del sector progresista, lo que ha llevado a la presidenta del PS, senadora Paulina Vodanovic, a declarar que su partido es de izquierda y no de centro izquierda, no quedando muy claro su significado.  Otros plantean la posibilidad de reconstruir el eje socialista-comunista de los años 70 que dio el triunfo al expresidente Salvador Allende. Del Frente Amplio consideran a los “tres grandes”: ellos mismos, PS y PC, como eje central de lo que será la oposición al gobierno de Kast.  El FA, que nació en 2024 con la unificación de varios partidos, será a partir de marzo la fuerza opositora más grande, con 17 diputados.  Una de las decisiones trascendentales que deberá definir la futura oposición será si continuar aliados en un proyecto político con el PC, que tiene una mirada diferente de la sociedad, del estado y de la política internacional. Asimismo, recurrentemente ha invocado el llamado “a la calle”, o a “estar con un pie en el gobierno y otro en la calle”, que se ha transformado muchas veces en escenarios de violencia y destrucción por parte de pequeños grupos radicales, no necesariamente vinculados a los comunistas.  Por el lado socialdemócrata y progresista plantean que será un largo camino recuperar la confianza ciudadana y que debieran diferenciarse claramente de la visión ideológica del PC reafirmando la senda reformista de la social democracia. Vendrán tiempos de discusión y debates, donde se verá el surgimiento de nuevos líderes o el papel que tendrá desde marzo próximo Gabriel Boric, pero donde despuntan también nuevos liderazgos. Existe la posibilidad, muy pequeña, remota más bien, de una “perestroika” dentro del PC y se definirá el papel que tendrá Jeanette Jara por mantenerse vigente. El PS tendrá que optar por una política de alianza: con el FA, con el PC, o con ambos, o con los sectores progresistas y social demócrata al que pertenece y donde se ha sumado la DC.  Con este último partido fueron el eje central en los exitosos años de la Concertación.  El PPD ha tomado la iniciativa con una propuesta invitando a la creación de una nueva fuerza que incluya a los sectores progresistas dispersos, excluyendo a los comunistas. El Parlamento será el lugar en que las fuerzas de izquierda y del centro izquierda deberán enfrentar al gobierno y a los sectores de la derecha más dura y donde se fraguarán alianzas diversas.

La sociedad chilena ha sufrido transformaciones profundas caracterizada por privilegiar lo privado por sobre lo público.  Ello es notorio en la educación y salud principalmente, donde se accede por el nivel de ingreso. Esto no es casualidad si no que responde al deterioro progresivo de la calidad que entregan los servicios públicos, especialmente en estas dos áreas que son pilares de una sociedad.  Asimismo, la inmigración masiva ha traído cambios y ha sido asociada al alza de la criminalidad.  El miedo a la delincuencia atraviesa a todos los sectores sociales y eso no fue leído bien ni por el gobierno ni por los partidos de izquierda. Es notable que los tres candidatos de derechas que fueron partidarios de Augusto Pinochet machacaran con estos temas y más aún que Kast pasará a ser el primer presidente electo que nunca ha ocultado su admiración al dictador y al que la gente entregó un masivo respaldo. Ello confirma, en opinión del académico David Altman, que el clivaje que marcó la política chilena durante 32 años, basada en quienes votaron en el plebiscito de 1988 por Pinochet o contra él, ha terminado.  El nuevo referente sería el referéndum constitucional de 2022, donde a solo seis meses de iniciado el gobierno de Boric, se rechazó mayoritariamente la propuesta maximalista de nueva constitución presentada por la izquierda más dura. Es decir, la dictadura militar estaría sepultada y veremos si este nuevo clivaje se mantendrá en el tiempo. Esta tesis ha sido refutada de inmediato por otro académico, Andrés Dockendorff, quien señala que no es sostenible ya que, si bien pareciera haber una correlación en términos de la votación de Kast y la obtenida en el rechazo a la propuesta constitucional de 2022, no se ha estructurado un eje divisorio de esas características ni han sido incorporadas las propuestas como un elemento ideológico de los partidos.  Si bien es una discusión académica, hay que recordar que sectores de izquierda tampoco aprobaron la propuesta de nueva constitución. Otros estudios preliminares señalan el peso del voto obligatorio, con castigo de multa, donde cinco millones de personas que no votaban, de sectores vulnerables principalmente, lo hicieron y mayoritariamente por Kast, es decir emergió el voto silencioso, conservador. La pregunta que deberán responder los especialistas es si el triunfo de Kast fue un triunfo ideológico, de temor por los miedos que acechan a los chilenos o un castigo al gobierno, donde otro factor a tener en cuenta puede ser un cansancio social con la agenda “woke” que extremaron algunos sectores del gobierno de Boric, sustituyendo funciones tradicionales, como el de la primera dama que cubría aspectos sociales; el animalismo, feminismo, ambientalismo que ha frenado muchos proyectos de inversión, el indigenismo en un país con solo 10% de la población que se declara perteneciente a alguna etnia, los temas de identidad de género, lenguajes o el cuestionamiento a instituciones y símbolos republicanos.  Esta agenda ha sido llevada al extremo en algunos casos, provocando rechazo y cansancio.  No es que estos temas no estuvieran presentes, pero fueron catapultados más allá de lo razonable para una sociedad que sigue siendo en muchos aspectos conservadora.

En resumen, parte de la izquierda y el centro izquierda enfrenta un dilema trascendental: mantener o terminar la alianza con el PC.  Con seguridad este será el debate que cruzará a los partidos y donde tendrán un papel importante los liderazgos existentes y los que con seguridad emergerán.  Si el sector social demócrata decide un camino de reconstrucción de fuerzas, alejado del PC, daría inicio a un camino que puede ser largo.  Una alianza de todos, tal como la que se ha mantenido hasta ahora, es asegurar nuevas derrotas.

El ciclo electoral de cuatro años sin reelección inmediata es muy corto, por lo que el mismo 11 de marzo próximo se abrirá el apetito de los que se sienten llamados a ser el próximo presidente o presidenta. La derecha y sus partidos también enfrentarán rivalidades, competencia y deslealtades e igualmente tendrán a la vista la próxima elección. Kast deberá manejar al grupo de partidos que lo apoyan que van desde la ultraderecha, pasando por religiosos, integristas, conservadores, otros, moderados y grupúsculos de oportunistas que se le han enquistado. Si en el gobierno de Kast prima la prudencia con autoridad, separando la paja del grano, y cumple con las tres promesas básicas de seguridad, economía y migración, no alterando lo derechos ya conquistados en el plano valórico, Chile podría enfrentar un ciclo de gobiernos de derecha, de cierta manera similar a lo que fue la Concertación entre 1990 y 2004.

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