Si bien Simone de Beauvoir, Jorge Luis Borges, Esther Vanhomrigh y Oscar Wilde creyeron que sus romances serían eternos; la realidad los golpeó fuerte dejándolos rotos en su soledad.
Se dice que los escritores idealizan a la hora de amar y por ello, cuando la realidad los abofetea, sus romances terminan de la forma menos idílica; dejando en el pasado esos sentimientos capaces de llevar a la muerte, ese deseo que los conduce a la desesperación y ese compromiso eterno se vuelve etéreo.
Pero cuando viven bajo los efectos de las feromonas que los llevan al extremo del ennoblecimiento del otro, han dejado testimonio de su amor en cartas desgarradoras por su pasión y dolor.
Con todo el viento en contra
Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre tenían un amor libre, de esos en que se cuentan todo y la única regla es no mentir. Fue en medio de esta relación sin ataduras que ella viajó en 1947 a Estados Unidos durante varios meses, ocasión en la que conoció a Marcel Duchamp; asistió a fiestas con Charles-Édouard Jeanneret-Gris -Le Corbusier- y Charles Chaplin; y en medio de esa vorágine conoció al escritor de novelas sobre el lumpen: Nelson Algren.
Ella quedó fascinada con la sensibilidad de Algren. Le gustaba su manera directa de ver el mundo. La relación más bien fue a distancia con encuentros fugaces. Él la llama “Rana” y ella “Cocodrilo”; y si no fuera porque de Beauvoir publica Los mandarines, novela en la cual hace pública su intimidad, la relación habría seguido por más tiempo.
El estadounidense no soportó ver su vida expuesta y ser “el segundo” en la vida de la escritora -siendo Sartre el “titular”-. Así, rompió todo contacto con Simone de Beauvoir, pues, además, deseaba a alguien permanente en su vida.

El último de sus encuentros fue en Estados Unidos. De Beauvoir, al regresar a París, le escribió unas páginas colmadas de nostalgia y dejando abierta la opción a un reencuentro que jamás ocurrió.
A 30 de septiembre de 1950; Hotel Lincoln, Nueva York
Nelson, queridísimo amor mío: poco después de que te marchases llegó un hombre sonriente y me entregó tu flor estrafalaria y preciosa con los dos pajaritos y la tarjeta. Eso casi da al traste con mi ejemplar compostura. «No llores más», me ponías, y me costó lo mío no hacerlo, aunque se me da bien la tristeza sin lágrimas, mucho mejor que la ira fría: mis ojos han permanecido secos hasta ahora, secos como la mojama, aunque mi corazón es una especie de masa blanda y sucia.
(…)
He venido a mi habitación para escribirte y tomarme un whisky, pero ahora no creo que pueda dormir: siento Nueva York a mi alrededor, y nuestro verano a mi espalda (…) No estoy triste, más bien estupefacta, incapaz de reconocerme a mí misma, sin acabar de creer que estés tan lejos, tan sumamente lejos; tú, que siempre has estado tan cerca de mí (…) Cuando lo desees, no tienes más que decirlo. No daré por sentado que vuelves a amarme, ni siquiera que vayas a acostarte conmigo, y no hace falta que pasemos juntos mucho tiempo, sólo el que te apetezca y cuando te apetezca.
Ya nunca regresó

Georgie & Elsa es uno de los pocos libros –si no el único- que ahonda en la relación entre Jorge Luis Borges y su primera esposa, Elsa Astete; relación turbulenta que duró tres años bajo la ley del matrimonio y que terminó de manera escandalosa.
En el texto escrito por Norman Thomas Di Giovanni, traductor de Borges, se narra un evento que engloba lo que fue el matrimonio y sus diferencias irreconciliables: fue durante 1969, cuando el escritor, su mujer y el traductor fueron invitados a una cena por Rodman Rockefeller – hijo del entonces gobernador de Nueva York, Nelson Rockefeller-.
Elsa quedó deslumbrada con el departamento ubicado en la Quinta Avenida, por lo que sin pensarlo, sacó su pequeña cámara de fotografías y retrató desde el baño a las habitaciones. Uno de los invitados, escandalizado, le preguntó a Di Giovanni “¿De dónde sacó Borges a esta zorra de clase baja?”; y si bien la frase lo incomodó, no dudó en publicar el momento en su libro.
Di Giovanni le dio el aplomo a Borges para dejar el hogar. Una mañana salió de su departamento ubicado en Avenida Belgrano, en Buenos Aires, y nunca más regresó. Unilateralmente puso fin a su matrimonio dejando un listado de 27 razones para terminar, entre las que destacan: “ha tentado (sic) que las secretarias de la Biblioteca Nacional espíen mi correspondencia, mis llamadas telefónicas y mis visitas (…). No ha mostrado el menor interés en mi obra literaria, pero sí en los resultados pecuniarios de esa obra (…). Se inmiscuye en todos mis asuntos particulares”.

Esta historia de amor que terminó de manera abrupta, comenzó cuando el escritor tenía 32 años y se enamoró perdidamente de Elsa Astete. Tuvieron que pasar años, que Borges se atreviera a dejar la casa de su madre y que se aventurara a pedirla en matrimonio, para que lograran estar juntos. El 4 de febrero de 1944, cuando soñaba con que ella lo quisiera, le escribe una carta en la que deja expuesto su sentir.
Pienso continuamente en usted, con una intensidad que no se distrae, con una desesperada y vana riqueza. A veces me asombra ingenuamente que ese continuado pensar no la acerque a usted, no me traiga una línea suya o su voz, o siquiera el encontrarme en la calle con alguien que la conoce.
Ensayo inútiles ejercicios de magia: paso el día entero fuera de casa para facilitarle al destino (de cuya existencia descreo, naturalmente) la producción de una carta suya, de una línea trazada por su mano. Los días y noches de soledad que me abruman no sólo son muy tristes para mí; son de algún modo irreales también, porque usted, Elsa, no está en ellos.
Morir de amor

Esther Vanhomrigh quedó huérfana de padre en 1703, por lo que -junto a su madre y familia- se mudó desde Dublín a Londres en 1707. Fue en la capital inglesa en donde conoció a Jonathan Swift, famoso autor de Los viajes de Gulliver, 22 años mayor que ella y con quien estuvo durante 17 años.
En un principio Swift admiraba a la joven, a quien llamó Vanessa luego de crear un acrónimo tomando Vande su apellido Vanhomrigh, y agregando Esse, una forma cariñosa de decir Esther. Swift, además de ser su amante, era su tutor; y una vez que la madre de ella falleció se fueron juntos a Irlanda.
La relación que partió idealizada se transformó en un martirio y tras 17 años terminó, cuando Swift se enamoró de Esther Johnson, a quien conocía desde que era una niña y para quien creó el acrónimo de Stella.
Esther Vanhomrigh no pudo superar el rechazo de Swift y falleció al poco tiempo -2 de junio de 1723- de tuberculosis, que se dice la contrajo tres años antes cuidando a su hermana María.
Me convertiré en árbol
(Vanessa escribe a Swift)
Entonces yo me convertiré en viento para poder acariciarte cada mañana, para poder traspasarte sin dañarte, para dar mi frescura o mi calor según necesites. Siempre estarás aguardándome, y te haré feliz con ráfagas tiernas y sutiles en tu follaje. ¡¡Soplaré y soplaré!! Te haré fuerte en tus raíces, y muchos se cobijarán debajo de tu candor. Y cuando seas madura, yo aún estaré a tu alrededor secándote cuando el agua te moje, dándote caricias envolventes, nuevas cada mañana, como el beso enérgico que crece en tu boca.
(Swift)
Todo por una taza de té inglés

Fue una tarde de otoño, en el año 1891, cuando la familia integrada por Oscar Wilde, su esposa Costance Lloyd, y sus dos hijos, Cyril y Vyvyan; recibieron una visita que cambiaría sus vidas para siempre. Alfred Douglas, junto a un amigo, llegó a Tite Street a tomar el té desatando un huracán en el célebre escritor.
Wilde, de 36 años, se enamoró perdidamente de Lloyd, quien tenía 21 años, y sin pensar en las consecuencias (la homosexualidad era penada con cárcel) se embarcó en un romance en donde lo dio todo y no recibió nada.
Cuando el dinero comenzó a faltarle, su esposa se enteró de la infidelidad y los rumores resonaban por todo Londres, el padre de Douglas, marqués de Queensberry, furioso le mandó dos cartas. A su hijo le planteó que “…tu intimidad con este hombre Wilde debe cesar o te repudiaré y detendré todos los suministros de dinero”; y a Wilde lo llamó “ostentoso sodomita”.
Wilde terminó en la cárcel y Bosie jamás lo visitó. Tras salir de prisión volvieron a encontrarse, pero la relación se repitió. El joven solo quería su dinero. De esta segunda desilusión, Wilde no se recuperó jamás y murió en soledad y pobreza hace 125 años.
«Mi niño:
Tu soneto es encantador, y es una maravilla que esos labios tuyos, rojos como pétalos de rosa, estén hechos tanto para la locura de la música y las canciones, como para la locura de besar. Tu delgada alma dorada camina en el medio de la pasión y la poesía. Sé que Jacinto, a quien Apolo amaba con tanta locura, eras tú en los tiempos de Grecia. ¿Por qué estás solo en Londres, y cuándo vas a Salisbury? Ve allá a enfriar tus manos en el Crepúsculo gris de las cosas góticas, y ven aquí cuando quieras. Es un lugar encantador en el que solo faltas tú; pero ve a Salisbury primero.
Siempre, con imperecedero amor, tuyo».