Un chico pobre bonaerense, abusado por su padre, con una madre ausente, una hermana destrozada, drogas y violencia, busca huir de su destino mientras asume sus heridas de infancia.
Hay quienes no han podido terminar de leer Cómo desaparecer completamente, por la brutalidad con la que se relatan los hechos. Esta novela de Mariana Enriquez (sin tilde), publicada por primera vez en 2004 y relanzada el año pasado, es protagonizada por Matías, un adolescente pobre que vive en un barrio marginal, con un padre –ahora-ausente, pero que lo violó durante su infancia; una madre indiferente a quién detesta y quiere ver muerta; una hermana deforme como consecuencia de intentar suicidarse; un hermano que huyó a Barcelona; un sobrino que no habla; una niñera que desea huir; y vecinos traficantes dispuestos a matar por gobernar la cuadra.
No se puede determinar cuándo comienzan los hechos, aunque el relato parte al año de la huida de Cristian a Barcelona, quien le dejó unos cuadernos con escritos indescifrables como recuerdo. Matías, al intentar comprenderlos, lo que hace es entender su propia vida y recordar con claridad cómo su padre lo violó cuando niño. En medio de este racconto, ve claramente la imagen de su madre entrando en la habitación en la que era abusado, recuerda sus gritos y la posterior indiferencia ante el delito, buscando arreglar los hechos llevando a su marido a la Iglesia Evangélica para su conversión.
No tomó más vino y nunca más lo tocó, pero lo loco era que le había confesado a un montón de gente que había violado a su hijo (no lo había dicho así, pensaba Matías, pero era bastante OBVIO, qué iba significar “hacerle cosas satánicas a mi hijo” si no, y él encima estaba presente, qué vergüenza, lo había hecho llorar un montón, el hijo de puta) y a nadie se le ocurrió denunciarlo, que era lo más lógico, ni le gritaron degenerado ni nada.
(Fragmento)
Y en medio del odio que crece en su interior por su madre, Matías debe enfrentar la tragedia de su hermana Carla. Ella, quien era la chica más linda del barrio, intenta suicidarse de un balazo en la cabeza –luego que su novio, el traficante más poderoso del barrio fuera asesinado-, errando el tiro, lo que la deja con la mitad de la cara deforme.

Mariana Enriquez comenta sobre el constructo de Matías y explica que “está incómodo en su propio cuerpo, pero esto no solo pasa a esas edades. La sociedad no está preparada para resolver cuerpos anómalos (…) Cuerpos que pueden ser los nuestros en cualquier momento”.
Las anomalías son variadas. Matías es un chico flaco de pelo claro con heridas internas que se reflejan en su constante dolor de espalda, asco por la comida, adicción al cigarrillo y la poca gracia al sonreír. Características similares a las de su hermano, quien dejó de hablarle a la familia y jamás mostró gesto alguno de afecto por Matías. En cuanto a lo obvio, está la madre obesa, maloliente y sudorosa que tanto asco provoca al protagonista; y la hermana, deforme a tal punto que le es imposible mirarla.
¿Era posible que no la escuchara? A lo mejor. Las dos casas estaban separadas por un patio interno, y la del fondo, donde Mamá se había quedado después del desastre, era silenciosa como si perteneciera a un mundo diferente. Además, Mamá se tomaba temprano las pastillas y se dormía con la boca abierta, gorda y enorme sobre la cama. En la mesa de luz también tenía una radio, y la dejaba toda la noche encendida. La última vez que Matías la había ido a buscar, harto y enojado porque su hermana Carla aullaba desde hacía horas y las palabras de Lucía no servían para nada, la encontró desparramada boca abajo, babeando sobre la almohada. La radio aullaba: «Mañana será igual, historia sin final. ¡Me amas y me dejas! ¡Me amas y me dejas!». Quiso matarla. Pensó en buscar un cuchillo y clavárselo en el cuello. Pero solo la observó un rato largo, temblando de desprecio, y cruzó el patio de vuelta a la casa de adelante.
(Fragmento)

Cristina García Pascual, catedrática de Filosofía del Derecho, comenta que “a los jóvenes les da asco la basura, los eczemas, lo roto, los viejos (…) y que al protagonista de Cómo desaparecer completamente, Matías, de dieciséis años, le pasa lo mismo”.
Matías necesita desaparecer, desaparecer completamente. Quiere encontrarse con su hermano, quien por cierto solo se comunicó una vez tras llegar a Barcelona y jamás dio dirección para encontrarlo. El plan de huida lo idea luego que uno de los traficantes de barrio le deja un paquete de droga para que se lo guarde… droga que Martín comienza a vender.
Es este hecho el que lo reconecta con su pasado –reciente-. Con los amigos que dejó en el colegio tras abandonar los estudios, con su confidente quien se alejó tras conocer su secreto de haber sido violado, y su mejor amiga Marcela quien lo ayuda a insertarse en un submundo de música, fiestas, sexo y drogas.
La luz aparece de la mano de Nada. Sí, una chica que se hace llamar Nada, pero que para Matías lo será todo. Ella le dará la fuerza para aceptarse seguir adelante y partir, con el peso de su dolor, pero libre de todo lo que lo ata al recuerdo machacante y constante de que los hechos que pudieron ser diferentes siguieron su curso porque no hubo quien lo defendiera.
Alexander Torres, analista literario, explica que “la meta de irse sirve de pretexto para poner en marcha su proceso de maduración. El objetivo que se trata de lograr a lo largo de la novela hace que de paso se consiga que el protagonista pase de tartamudeos emocionales y sociales a un nuevo estado de conciencia”.
En Cómo desaparecer completamente no vemos el Buenos Aires ciudad de la furia que tanto atrae a los turistas; no vemos tango, ni medialunas, ni teatro en la avenida Corrientes; tampoco turistas agolpados afuera del Café Tortoni o haciendo un recorrido por el cementerio de la Recoleta; sino que en un barrio –que si alguna vez fue un tranquilo vecindario de monoblocks- dominado por el tráfico y la pobreza, un joven destrozado busca rearmarse en base a lo único que tiene: su soledad, un paquete de drogas y la única mano que se le tendió durante sus escasos 14 años de vida.
“Seguía con ganas de vomitar, y el dolor de espalda, pero sabía que se le iban a pasar pronto, o algún día. Sacó de la mochila un cuaderno de Cristian, para ver si lo abría y encontrara algo que fuera justo para ese momento, pero el taxi se movía y estaba demasiado oscuro para leer. Le iba a devolver los cuadernos si alguna vez lo encontraba en Barcelona o en otro lugar del mundo (…). Y después, a lo mejor, iba a comprarse uno, a lo mejor después quería tener un cuaderno propio”.
(Fragmento-fin)