Cuando delegamos pensar

por Dante Cajales Meneses

Hace unos días dejé a mi hija en la escuela de verano cerca de Avda. Beauchef. Entre regresar a casa y esperarla, opté por lo segundo y evitar el tedioso trayecto sin sentido de ida y regreso en el recorrido de la 507. Decidí utilizar ese tiempo para visitar la Biblioteca Nacional de Santiago. Mientras hojeaba los tres libros que pedí y tomaba algunas notas, me acordé de cómo se conocieron los poetas Rolando Cárdenas y Jorge Teiller en la sala del fondo general de la Biblioteca Nacional. Teillier solía pasar horas copiando poemas porque no tenía dinero para comprar libros. Cárdenas coincidió en varias oportunidades con él, hasta que en una oportunidad le regaló varios de los libros que Teillier transcribió en la Biblioteca Nacional, forjando una amistad que se extendió a lo largo del tiempo.

Gran parte de mi generación que no podía comprar libros, los leíamos en la Biblioteca Nacional o colección de la revista Ercilla. Crecimos leyendo libros mal editados, con letras pequeñísimas de la “Biblioteca Ercilla”, pero leyendo. Siempre viajo con libros, aun así, se trate de viajes cortos. Mi hija heredó el mismo hábito de llenar el bolso con más libros que ropa. 

No soy un androide. Es por eso que siento y pienso que leer y escribir es un acto de resistencia en medio del ruido digital, los algoritmos y la atención fragmentada con demasiados frentes abiertos. Los libros como refugio, la imaginación como forma de libertad y la lectura como un ejercicio crítico frente a la uniformidad digital. Leer sigue siendo un gesto profundamente humano, íntimo y político, sobre todo humano. Los libros no solo acompañan o nos hacen personas más “cultas”: nos entrenan para desarrollar un pensamiento crítico; mirar, dudar, cuestionar el mundo si se trata de abusos e injusticias.

Cuando delegamos pensar, vamos vaciando nuestra creatividad y nuestro pensamiento crítico, y lo llamamos productividad. Estamos inutilizando muchas capacidades como seres humanos, y más grave aún, estamos perdiendo la facultad de transformar nuestro entorno con sentido.

Creo que un intelectual es alguien que produce nuevo conocimiento haciendo uso de su creatividad. Y sí, odio la IA. Es la máquina de plagio más cara y que más energía consume en el mundo. Horas de vida cedidas a aplicaciones en nombre de la productividad que no dejan casi nada a cambio, salvo evitar sentarse a pensar. El problema no es generacional. No estamos frente a una adicción nueva, sino frente a una conducta social ampliamente compartida. No queremos pensar. Delegamos ese maravilloso ejercicio a los algoritmos, inutilizando nuestra capacidad de sorprendernos. Con delegar el pensamiento a los algoritmos estamos perdiendo no sólo algo maravilloso como pensar, estamos vaciando nuestro sentido común dando paso a la imbecilidad.

Reconozco que mi único vicio impune es la lectura y escribir. Un final feliz para esta nota, supongo que, hasta ahora olvidado, sería continuar leyendo libros en formato rústico, visitar bibliotecas y escribir poemas como lo he hecho hasta aquí, a mano, con mano de zurdo y la tinta azul de la pluma tiñendo con el palmar las hojas recicladas de las pequeñas libretas con tapas de cuero que custodian mi mirada del amor, la identidad y, el tiempo.

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