Cuando perdemos la voz

por Dante Cajales Meneses

Sesenta y ocho años separan el “Arte poética” de Vicente Huidobro (1893-1948) del “Ars poétique” de Rodrigo Lira (1949-1981). Que el verso sea como una llave / que abra mil puertas, escribió Huidobro. Sesenta y ocho años después, el poeta Rodrigo Lira responde con ironía y desublimación de la palabra poética: Que el verso sea como una ganzúa / para entrar a robar de noche. Pareciéramos estar en el principio de una década donde comenzamos a perder la voz.  Da la sensación de que uno no da el ancho para el lenguaje, y que, por otro lado, el lenguaje tiene estas máscaras, donde las palabras que tenían fuerza y presencia están tan manoseadas, tan distorsionadas que perdieron ese significado, ese lugar especial en el mundo. Proclamar que el lenguaje está en falla, pero tener la certeza de que estos recursos retóricos funcionan, es lo que el poeta Rodrigo Lira nos alertó en la década de los ochenta y que hoy está más vigente que nunca.

Cuando vi por primera vez el documental de Patricio Guzmán “La batalla de Chile” me quedó el recuerdo de pobladores y campesinos reflexionando y discutiendo en torno a los problemas de su tiempo con un nivel de argumentación que hoy, difícilmente lo podemos encontrar, incluso en estudiantes universitarios. Han pasado los años y uno ve y escucha que los pobladores de hoy son otros. No es mi propósito enjuiciar, simplemente compartir en esta nota los cambios profundos que hemos tenido como sociedad en nuestro propio lenguaje, en nuestra propia voz. Lo que está claro es que esa realidad ya no existe. Esa oralidad ya no está como una realidad, ni existe tampoco como un lenguaje. Se perdió, se disolvió. Son otras personas, con voces cada vez más precarias. Con la pérdida de la voz se fue perdiendo el tejido social que nos caracterizaba. Se destruyó quizá la fortaleza más grande que teníamos, la capacidad de articularnos en barrios, en los trabajos, en las universidades.

Cuando hoy observo la sociedad que nos toca habitar, veo y oigo a la gente, por cierto, que tiene otro modo de comprender y de relatar el mundo actual. Esa realidad que describo se perdió, ya no existe, y ha empobrecido nuestro modo de comunicarnos en el presente; hemos perdido la voz. Cuando estamos frente a la pérdida de la voz, ¿qué es lo que se pierde? Nuestro actuar en el mundo. Es cuando la palabra comienza a retroceder en este mundo visual donde los emojis hablan por nosotros. Es también el dominio de la letra sobre la palabra, la imagen sobre la palabra y sobre el significado de la palabra. Ya no hay oratoria, no te enseñan a hablar porque uno llega hablando desde la casa al colegio, porque uno va a aprender solamente a leer y a escribir. Actualmente, saber leer y escribir no garantiza que sepamos hablar o comunicarnos. Recuerdo que, en tiempos difíciles, compartíamos nuestros escritos; no podíamos ser poetas sin leer nuestros poemas en público. Prácticamente nadie recitaba de memoria los poemas, sus propios poemas. El molde era leer en público y lo más divertido -hoy vergonzoso- leer como Neruda. La palabra podía adquirir vida si le ponías voz. Entonces la pregunta que me hago es, si es recuperable la voz que perdimos, si podemos hacer algo para revertir esta nueva realidad, o tal vez ya está perdido y tendremos que concentrarnos en los grupos de elite que aman la poesía y la oralidad del lenguaje. Y tendremos que poner el foco en los talleres literarios, en los clubes de lectura para reproducir nuestra capacidad cultural e intelectual. O simplemente ya no tenemos nada más que hacer.

Lo que sí creo es que la poesía puede ayudarnos a recuperar la potencia inicial de la palabra, el tono de la voz. En poesía hay un esfuerzo consciente de buscar el silencio. El papel que juega el silencio en este ejercicio de cultivar la voz, de buscar la voz, es la posibilidad que tiene el poema de existir. Eso te lo pide la palabra porque es la única forma de poder aparecer. Porque es su otra cara. La poesía busca su lugar; la poesía, a mi juicio, devora todo tipo de realidades para su escritura, para su existencia, para su crecimiento y nutrición; abraza el espacio que la habita, todo tipo de saberes, situaciones o experiencias. Ese es el lugar desde donde está hablando la voz poética, no desde un podio, ni habla en una jerga particular incomprensible, sino que habla desde la calle, que es el lugar más democrático donde nos podríamos instalar. Una calle muy diversa porque no me imagino la calle de Vicente Huidobro con la calle de Rodrigo Lira. No quiero decir que uno u otro poeta no tenga calle. Es otra calle, una calle diferente que cambia con los tiempos políticos, económicos y culturales que nos toca vivir, donde el desafío mayor es recuperar la voz perdida.

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1 comment

Jorge Ragal enero 29, 2026 - 4:24 pm

Oh, lamento estar de acuerdo con el poeta Dante.

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