Desde adentro

por Juan. G. Solís de Ovando

Volví después de cinco años que he vivido en España, más específicamente en   una pequeña localidad del Mediterráneo enclavada en la costa de la provincia de Granada, Andalucía.

Allí cumplí tres sueños: Regresar a la España –que antaño me acogió como exiliado-; vivir en una playa y dedicarme a escribir.

Llegué de regreso a Chile el 16 de enero de este año. 

No puedo decir que haya sido una llegada especialmente grata. Y, sin embargo, me dio alegría, encontrarme con mi tía Nana, de noventa años ya, en cuya casa disfruté de su hospitalidad y cariño. De mis primos que me regalonearon de todas las formas posibles. Y de mis grandes amigos de siempre, que, inmediatamente enterados de mi regreso, organizaron comidas, reuniones, invitaciones de todo tipo, y copas, copas y más copas de vino, sour (catedrales, vaticanos, incluidos).  

Disfruté regresar al Chile desde los sabores: las empanadas de Tomás Moro y los platos del Peyo, y disfruté, sobre todo, de las conversaciones con los que llamo los viejos compañeros.

A los pocos días fui invitado por mi compadre Eduardo a su casa del valle del Elqui, para cerrar conversaciones pendientes y reconciliarnos de peleas tontas, añejas y vacuas, y dar paso a las conversaciones del recuerdo y de aquellos tiempos en que éramos jóvenes, idealistas, y sobre todo nos habíamos amado tanto. Regresé a Santiago, para realizar unos trámites y me fui inmediatamente a ver a mi otro compadre, Julián, al Sur, en la zona de Freire, cerca de Temuco. También allí, disfruté del cariño del amigo y el compañero de otros tiempos. Y entre viajes a Valdivia, y sus alrededores, buenas comidas sureñas y vinos de excelencia, llegamos a la conclusión que éramos una generación de guerra y, por ello, incomprensibles para nuestros hijos como, a su vez, nos cuesta a nosotros, comprender a los que han vivido estos años sin involucrarse o conocer los accidentados caminos de la vida de los aventureros que fuimos.

Debo confesar que regresé con ansiedad y algo de miedo por saber que me iba a encontrar. Había escrito de Chile, de España y del mundo. Pero Chile, es mi Chile. Aquí crecí, aprendí, me enamoré, y luché más de una vez. Más que una nostalgia, Chile es algo de lo que estoy hecho.  Es, creo, algo mucho más ontológico que lo que cabe en un carnet de identidad, en la fotografía del pasaporte: Ser chileno es un modo de ser, quizás, un tanto raro, pero distinto. Algo impreciso y cuya identidad se expresa mucho más en lo que no es, que en su contrario: No somos tan seguros como los argentinos, ni asertivos como los españoles, o bulliciosos como los venezolanos y colombianos, ni tan amables como los peruanos y ecuatorianos. Percibo, visto desde afuera, que somos un especial de atisbadores, con poca inclinación al riesgo, algo tristes, nostálgicos y de profundas raíces afectivas, y dotados especialmente para desarrollar procesos imaginativos.

Confieso que llegué, sobre todo, con la obsesión psicótica de comprobar la consistencia entre la percepción de lo que ocurre a partir de mi propia experiencia y la que muestra la televisión y, especialmente sus programas mañaneros. 

Viví en Las Condes en la casa de mi tía y luego en la comuna de Ñuñoa, muy cerca de Irarrázabal con Pedro de Valdivia. Y mi primera conclusión es que hacía tiempo que no vivía en un entorno tan tranquilo, ordenado, y seguro. Camino por Irarrázabal, Marchant Pereira, Pedro de Valdivia, Simón Bolívar, Diagonal Oriente, Chile España, Macul, por la noche, todos los días y disfruto de la paz de sus calles. Además, -una buena copia de Europa-, hay bancas cada dos cuadras donde puedo descansar en mi paseo, y ver a gente mayor como yo, contemplando las calles y su entorno, matrimonios jóvenes con perros y chiquillos, y parejas pololeando. No he visto asaltos, riñas callejeras, ni borrachos agresivos.

Es cierto que Ñuñoa no es la comuna más peligrosa. Pero no es menos cierto que tampoco es Las Condes, Providencia, Vitacura o Lo Barnechea donde se concentran los sectores de más ingresos del país. Además, no solo me desplazo por aquí. Voy a todas partes en el Metro y en los buses del Transantiago. He paseado por el Centro, por La Moneda, por la Plaza de Armas, y en todas partes he visto tranquilidad, orden y respeto. 

Soy, como se sabe, un conversador convicto y confeso. Entre mis libros figura uno que se llama El poder de las conversaciones. Por consiguiente, nadie diría que percibo el entorno fuera de las conversaciones. Obvio. Y, desde allí, desde las conversaciones, tengo, como todo el mundo, percepciones que no pretenden ser la realidad o la verdad, porque son, como hemos dicho, eso, percepciones. Converso con los amigos, con los vendedores de las tiendas, con los choferes de Uber, con los mozos de los restaurantes, con los guardias del metro, con mi ejecutiva de cuentas del banco, con los jardineros municipales, con mis sobrinos, en fin, con la gente con la que me tropiezo. 

¿Y que me encuentro? Es difícil explicarlo. Sobre todo, porque es muy contradictorio. Los extranjeros, especialmente venezolanos y colombianos, vienen a Chile porque es un país ordenado, seguro. Indago un poco, y me replican: Aquí si hago un contrato de arriendo se cumple. Si yo tengo un negocio, por ejemplo, llave en mano, se cumple y eso significa que no me vienen a los seis meses a pedirme el local con cuatro matones, con órdenes judiciales corruptas, con policías molestando. Y el que tiene que pagar paga. Aquí, en Chile, los contratos se cumplen, me dicen. Todo lo que se habla sobre Venezuela, por ejemplo, no coincide. No vienen por libertad para debatir, polemizar, disentir. Porque no vienen aquí para organizarse en contra del gobierno de Maduro. Les da igual. De hecho, a la mayoría no les interesa la política. Por eso, a pesar del interés de la derecha, casi no participan. Pero votan. Y votan por el que a) parezca más enemigo de Maduro y b) les asegure estabilidad laboral, contractual (negocios), o sea, prosperidad. Obvio.   

Siempre me ha seducido observar el paisaje humano de las ciudades. Desde allí, y desde el puro observar las muchedumbres construyo mis primeras impresiones, y aunque no niego las limitaciones de esta interpretación solipsista, es desde donde puedo quedarme con esa primera construcción del entorno.   Y en ese acertar/errar, también divertirme. ¿Y que veo? Acostumbrado a ver ciudades cosmopolitas como Madrid, y para que decir Paris, Londres, o Amsterdam, esperaba encontrarme con una población mezclada y en la que los acentos extranjeros predominaran en las conversaciones del entorno. Pero no es así. Hay acentos colombianos y venezolanos sí, pero no son predominantes como los cubanos en Miami, o los argelinos en el Paris extra muros. Encontré una población más cosmopolita, pero mucho menos de lo que hoy, en este planeta, tienen las grandes capitales.

Santiago es una ciudad agradable, tranquila y bastante amigable. Una ciudad en la que nací, y crecí. Aquí se encuentran mis amores, amigos, olores y sabores que anidan bajo mi piel. Aquí descansan mis padres bajo una cruz.

Me alegra que nada ni nadie la haya estropeado, a pesar de lo que opinan los agoreros de moda.

Y a propósito de opiniones y de opinólogos que pululan en los programas mañaneros contaminando con conversaciones malsanas y desquiciadas, la Televisión chilena me pareció -como casi todas las Tv del mundo- esencialmente aburrida. Pero esta es además barata y mediocre.  Es difícil sacar de allí algo bueno, sobre todo, porque desde que se incluyeron los realitys se optó por realizar programas bajando el nivel al parloteo picante, agresivo, y vulgar. La TV renunció a realzar las conductas, el lenguaje y sobre todo las ideas de la población, para realizar en formato espectáculo, imágenes compatibles con el miedo, la ignorancia y, sobre todo, la resignación.

Eso me explica que, en las conversaciones de los vendedores de humitas, los guardias del metro y los vendedores Kino, prevalezcan solo las ideas derechistas. Necesitamos un Milei en ChileSi; un BukeleViva la libertad carajo. Esa base hermenéutica que se convirtió en con mi plata no, para salvar a las AFP del coma inducido. Ese mismo nutriente hermenéutico que hizo que pasara piola la estafa de las ISAPRES y a la izquierdita cobarde que les entregó en silencio al juez Muñoz que las había castigado. 

Y ahora ya es tarde para reaccionar. 

He tenido que buscar el oxígeno en podcast. Porque en la prensa escrita y la TV abierta el paisaje hermenéutico, o sea, las interpretaciones disponibles, son todas iguales y de derecha. Y no de la derecha tradicional, conservadora e ilustrada, sino de la picante, matona, y gamberra. La que se lleva ahora.

Y he hecho un esfuerzo serio, casi jesuítico (y así me despido de mi hermano Francisco), en soportar los insoportables opinólogos economistas cuyas interpretaciones son obviedades con palabras raras. ¡Por Dios que hay que tener paciencia! 

¿De verdad no hay que ser economista para descubrir que hay que incrementar el PIB? ¿Pero porque poco se preguntan cuál PIB? Por qué es sabido que en Chile si el PIB minero no crece, el país tampoco crece? ¿Qué no hay productividad? Uhhhh pero que descubrimiento!! Es cosa de mirar las cifras del ministerio de hacienda para constar que la productividad multifactorial es en el Chile de hoy solo un 20% mayor que la de 1962. ¿Por qué entonces se estancó la productividad y también el crecimiento? ¿No saben acaso nuestros economistas criollos, que las drásticas reformas económicas que debió afrontar nuestro país en dictadura (y después de ella) decían buscar la generación de crecimiento basado en productividad y mercados competitivos? Pero obviamente ello no se ha dado, por ende porque los economistas oficiales no concluyen que si no hay productividad total de factores ello significa que el modelo de crecimiento está agotado?  

Si buscamos compararnos con los mejores, los que mas cercen, los que mas exportan, porque ellos no se preguntan ¿Por qué China es líder en productividad y exportaciones sofisticadas? La respuesta es clara. Porque hicieron lo contrario de lo que proponen nuestros economistas, que les hubiesen recomendado abrir su economía, vender arroz y comprar con esas divisas importaciones europeas y estadounidenses. Pero lo chinos no hicieron eso. Invirtieron directamente, desde el Estado, en infraestructura (algo que en Chile nos dicen que no se puede); invirtieron desde el Estado en Ciencia (algo para lo cual en Chile el Estado siempre argumenta carecer de recursos y los privados no estar interesados), invirtieron en Educación Pública a todo pasto (en Chile esa opción opera solo de los dientes para afuera), invirtieron en inteligencia artificial (en Chile parecemos recién preguntarnos ¿Qué es eso?). Pues bien, si el Estado no invierte y en Chile los economistas parecen pensar que eso es anatema, entonces como va a mejorar la productividad. 

A falta de invenciones sustantivas acá inventamos palabras. La última es permisología, se le echan todas las culpas, se esconde que el nuevo vocablo es un sustituto de permisividad, y todos felices.

El debate político está crispado, es verdad, pero no hay que exagerar. No está mucho peor que el de otros países del continente. Incluso nuestros fachos criollos son algo más correctitos que varios de Europa.  Además, el debate político en el mundo hace rato dejó de ser entre las izquierdas y las derechas, para convertirse en un debate entre locuras corduras. Los que ayer ostentaban de pragmáticos ruegan ahora para que les regalen algo idealista, incluso utópico, porque la realidad se les desapareció en medio de los huracanados vientos del acratismo hermenéutico: No hay hechos sino interpretaciones decía Nietzsche, que ahora merced a las redes, la industria de la mentira, los bots,chabots y otras herramientas de la Inteligencia Artificial, parece decir: Solo hay hechos interpretados. ¿Por quién? Adivina buen adivinador. (pero te doy una pista: sigue la ruta del dinero y llegarás al país del norte).

¿Quién ganará las próximas elecciones presidenciales en Chile? No tengo idea, entre otras cosas porque ni siquiera sabemos quienes estarán en competencia, pero vaticino que será el que convenza a los electores que representa la cordura en tanto que su adversario representa la locura.  Claro y en botella, diría un español.

Chile, probablemente decidirá entre su historia y las aventuras; hoy todas las historias parecen coquetear con las derechas. Y si ganan las aventuras, de seguro serán aún más de derecha, lo cual podría echar a perder el país a niveles intolerables. Sería una pena.

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