Dos metros bajo tierra

por Mario Valdivia

Vivimos días de pesadilla. Yo tuve una, que comparto a ver si hacerlo me alivia. 

Reposa bajo tierra, sin encontrar reposo, el cadáver del humanismo, falta solamente taparlo con tierra. Una voz se lamenta hablando de sus venerables raíces y modernas ramificaciones. Dice que el humanismo es una resaca histórica del cristianismo, y su convicción de que los seres humanos son creados directamente por Dios a su imagen y semejanza. Algo que los hace a todos intrínsecamente dignos e iguales. Sin esta igualdad que todas las seres humanos comparten por naturaleza, y la sagrada dignidad esencial de ellas, no hay fundamento para los derechos humanos, el liberalismo y la democracia.  

Otra voz se lamenta de que el mundo de la resaca histórica del cristianismo no ha estado a la altura de la fuerza de la ola originaria. La nobleza hereditaria y el tráfico de esclavos son quizás sus renuncios más escandalosos antes del Siglo XX. Y en ese siglo, el Nazismo, el Estalinismo, las guerras secretas de Estados Unidos y la descarada guerra contra el terror de Bush y Obama remacharon más a fondo los clavos que faltaban del ataúd.

Sin embargo, replica una voz inesperada, la creación divina de los seres humanos a imagen y semejanza de Dios se relata y enseña originariamente en la Torá, no en el Nuevo Testamento de la Biblia cristiana. Y como el cristianismo es una avanzada histórica del judaísmo, es posible que trazas del humanismo asesinado se mantuvieran como reservas en la tradición judía. Un pueblo que seguramente ha mantenido viva esa creencia durante siglos de sufrimiento, persecución y diáspora. Vital y limpia en la cultura, la ciencia, las sinagogas. 

Regresa la primera voz, lamentándose de que lo históricamente más radical que produce la guerra en Gaza y Cisjordania es el montón de tierra y escombros que lanza sobre el cadáver a dos metros de profundidad. Matar a una de las pocas reservas de humanismo que quedan, unas muy recoletas y frágiles. Más que nada, pura potencialidad y esperanza. Asegura que es la demostración más indesmentible de que el humanismo es una imposibilidad cuando de crear un Estado de trata. Otras preocupaciones, intereses y deseos priman detrás de la creación y preservación de un Estado, que no son la dignidad e igualdad de los seres humanos. 

¿Y qué nos queda?, inquiere una voz que reconozco como propia. ¿Bregar por la resurrección milagrosa de un cadáver bajo dos metros de tierra? Es casi insoportable el dolor que sentimos por su larga agonía, la añoranza por valores que nos elevaban tan alto. La nostalgia por una belleza ida, como la de ciertas ruinas que todavía lamentamos. O bien, no nos queda nada más aconsejable que aprender a medrar en la existencia tecnológico-económica actual de eficiencia calculada más que de dignidad, y de orden ranqueado más que de igualdad. Y aprender a cultivar la esperanza de que nuevas flores emergerán sin saber cómo en el orden desolado.       

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