El crimen más execrable

por Juan. G. Solís de Ovando
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(Primera Parte)

Próximo a que se cumplan 50 años desde el golpe militar que el 11/09/1973 derrocó al Gobierno del presidente Salvador Allende, abundan los opinólogos que sostienen la necesidad de dulcificar los acontecimientos que rodearon el golpe con el pretexto de que el paso del tiempo mejora la percepción de las cosas.

Yo no creo eso. Como tampoco creo que el golpe haya que justificarlo solo por el paso del tiempo. Si así fuera, todos los crímenes que hayan conmovido el mundo deberían serlo de igual forma, como el asesinato de Gandhi, Luther King, Kennedy, o el ataque de los japoneses en Pearl Harbour, la invasión de Polonia por Hitler y los incontables crímenes políticos que ensangrentaron la vida del planeta.

Hoy próximos a cumplir 50 años no siento que tenga que mirar el crimen con mayor ecuanimidad, aunque debo reconocer que me siento más libre para opinar desde mi íntimo parecer que no pretende ser verdadero – no lo es- pero tampoco autoriza a otros para escribir verdades oficiales sobre un acontecimiento histórico.

Y por eso, mi primera constatación es que el 11/09/1973 se cometió un crimen. El más grande y el más execrable de ellos: Subvertir el orden constitucional, volviendo las armas que el pueblo entrega monopólicamente a las fuerzas armadas contra ese mismo pueblo, indefenso.

Es cierto que a partir de allí se cometieron crímenes abominables contra los derechos humanos de miles de personas, pero no es menos cierto que estos fueron crímenes accesorios del crimen mayor: Dar un golpe de estado contra las instituciones, la República y la democracia.

Es normal que los criminales justifiquen su acción. Y aquí también lo hicieron. Pero es necesario recordar ahora que tenemos la libertad de hacerlo, que hubo cómplices activos de ese crimen, un asunto de lo que se habla poco y nada.

No se habla de los partidos de la derecha chilena de la época, partidos institucionales que habían aprovechado el sistema democrático para lograr privilegios y cargos públicos como los parlamentarios y que a las pocas horas de consumado los actos criminales, dieron su apoyo irrestricto a los delincuentes. Tampoco de los sediciosos de la pontificia que, con el santito fundador de la UDI a la cabeza, celebraron el crimen con cuecas y champaña. Y lo siguieron celebrando durante décadas con visitas serviles a los comandantes en jefe autores del atentado.

Menos aún se habla del apoyo criminal a los criminales, de aquellos que sin ser de derecha y habiendo ocupado los más altos cargos en el parlamento y poder ejecutivo, salieron a decir que Chile no tenía más alternativa que el golpe, o, incluso mintiendo dolosamente, afirmaron que los golpistas se habían adelantado a un golpe preparado por la izquierda.

De esos apoyos criminales, activos y directos no se volvió a hablar nunca más.

La articulación del encubrimiento de ese crimen y sus maquinaciones tuvo muchas armas sucias, pero para mí la mayor de todas -acaso por razones profesionales- fue la realizada por un autoproclamado historiador, que reconoció haber falseado fuentes de la historia para construir el discurso del denominado plan Zeta, falso como Judas, pero mucho más culpable.

Y cuando hablo de crimen no lo hago metafóricamente. Hablo de un crimen prescrito y tipificado en el Código Penal, en la Constitución Política del Estado de 1929 y en el Código de Justicia Militar de Chile. Y esto último, lo digo, para los ríos de constitucionalistas ultraderechistas que nos vienen cayendo en los últimos tiempos.

Después vinieron los cómplices pasivos. Esos que tuvieron como objetivo mostrar el crimen como una cuestión política. Los cómplices pasivos, han sido inescrupulosos pero astutos. Algunos deslizaron que el gobierno militar fue bueno para Chile. Otros, apoyados por algunos intelectuales de encargo, empezaron a propagar la idea del quiebre institucional y de la crisis del sistema político de Chile.

En realidad, el golpe acabó con el mejor sistema político de representación democrática de América Latina y uno de los más destacados del mundo.

Recuerdo que, en el año 1986, a instancias de un abogado amigo, fui a la biblioteca de la Contraloría General de la República, a estudiar la historia de la ley 16.744, sobre accidentes del trabajo y enfermedades profesionales. Leí admirado los argumentos del Senador Salvador Allende Gossens y de los demás parlamentarios. Recuerdo también que había un grupo de estudiantes que se encontraban haciendo trabajos universitarios. Les mostré el texto del debate. Puedo ver todavía, la impresión de esos jóvenes disfrutando del nivel de las exposiciones, el rigor de las argumentaciones, el respeto entre colegas.

Algún tiempo después -y también por razones profesionales-, conocí al que fue juez en lo civil de un tribunal de Santiago. Se llamaba Sergio Planells, y cuando le dije que mi padre era admirador suyo desde los tiempos en que era un comentarista deportivo, entablamos una cierta amistad. En una de esas entrañables conversaciones me contó que cuando estudiaba Derecho en la Universidad de Chile, los estudiantes de los últimos cursos tenían una suerte de práctica sagrada: acudir al parlamento a ver los alegatos que realizaban los grandes senadores de la época. Me contó, por ejemplo, que cuando hablaba el senador Radomiro Tomic, la sala de invitados se repletaba. También admiraban los alegatos de Carlos Altamirano, Frei Montalva, Julio Durán y todos disfrutaban del discurso literario de Volodia Teitelboim.

Cualquiera que quiera hoy hacer un pequeño esfuerzo por comparar los parlamentarios del actual sistema político chileno con los pertenecientes a la primera república supuestamente en crisis,se llevará un gran disgusto cuando no una depresión profunda al constatar la diferencia de preparación, información y estilo. Bastará constatar como los actuales congresistas de esta renovada institucionalidad política alegan sin fundamento, con frases mal articuladas, llenas de improperios, descalificaciones, qué más parecen una discusión de borrachos en un bar que un debate del hemiciclo legislativo.

En esa democracia en crisis había tolerancia, respeto. Se discutía con altura de miras. Se respetaba al adversario y se conseguían consensos, que, en algunos casos, fueron tan amplios como la unanimidad de los congresistas que participaron en la discusión, como lo fue la ley que nacionalizó el cobre. En otros, si bien no hubo unanimidad, se consiguieron grandes acuerdos, como, por ejemplo, con las normas que permitieron, el desarrollo del proceso de la reforma agraria en Chile, y en otros muchos casos que promovieron la reindustrialización y el desarrollo del país.

En ese sistema democrático que se pretende en crisis el pudor presidía el sistema político. Nadie por entonces, habría imaginado que una empresa, o un grupo de empresas hubieran comprado políticos de toda la clase política chilena con excepción del Partido Comunista y del Frente Amplio. Menos aún, se habrían imaginado que el tema se resolvería poniendo un fiscal nacional inescrupuloso que le quitó las causas a los fiscales que los habían encauzado aliado a un director del Servicio de Impuestos Internos sinvergüenza, que no interpuso, como era su obligación institucional las querellas correspondientes para conseguir que los delitos prescribieran. Y nadie tampoco dijo, por entonces, que Chile estuviera en una crisis del sistema político, en un quiebre institucional, y menos todavía, que se necesitara de un golpe de estado para corregir la situación.

En ese país, con el sistema político en crisis, existía un periodismo tan profesional y serio como el actual, pero muchísimo más plural.

Recordemos que además del diario el Mercurio y la Segunda, existían diarios de gran circulación, populares, y democráticos como el Clarín que con su estilo sarcástico y coloquial permitía el diálogo abierto, profundo y entretenido. Allí, además, se escribía bien, y para eso el diario había fichado plumas buenas como las de Luis Maira (castor), joven diputado que fue galardonado con el premio al parlamentario mejor informado varias veces, junto con otros buenos escritores.

Existía el diario las noticias de última hora, vinculado al Partido Socialista por la tendencia de su dirección y no por la propiedad de este. Dirigido durante años por el periodista, abogado y dirigente político socialista, José Tohá, posteriormente ministro del presidente Allende y asesinado por funcionarios de la Fuerza Aérea de Chile, ese diario cobijó a grandes escritores e intelectuales. Además, no era un diario sectario, y se podía disfrutar de su lectura.

Podríamos seguir nombrando, pero no tenemos espacio ni es el objeto de este artículo. Basta con estas menciones para mostrar que en esa democracia en crisis había pluralismo en el periodismo de los medios escritos.

El golpe de estado nos liberó de tantas opiniones y ahora hay solo una: la de la derecha económica y política chilena. Y, por eso, cuando se votaba la ley de divorcio había una inmensa mayoría de la prensa que estaba en contra, mientras el setenta por ciento de los chilenos la apoyaba. Todo un éxito de la democracia renovada de la concertación.

Por eso, el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 fue un golpe de fuerza brutal y sangriento contra un sistema de convivencia en donde el pluralismo político y la tolerancia a las ideas diferentes constituía su alma y su corpus y nunca se recuperó del todo porque la Pontificia y su santito construyeron un orden diferente que lo plasmaron en su constitución que todavía nos rige.

Ahora, que está de moda la liturgia de reconocimiento y adoración a la obra de la colaboración de la institucionalidad dictatorial con los partidos de la transición, corresponde detenerse un poco a pensar sobre el verdadero y genuino significado del golpe militar, no solo por respeto a sus víctimas, sino sobre todo por respeto a nosotros mismos y nuestra historia, incluido el sistema político que habíamos construido, inmensamente mejor que el que nos impusieron más tarde.

En mi opinión, eso explica mejor que otras cosas, lo que le pasa al pueblo chileno cada vez que revive ese momento. El momento en que una minoría impuso un régimen al servicio de los poderosos y en perjuicio de las grandes mayorías.

Es un día triste pero también glorioso porque contra todos sus pronósticos el presidente de Chile no se rindió. Combatió junto a un puñado de patriotas que rindieron la vida junto a él para salvar el honor de un sistema de convivencia que ahora, pretenden mancillar. Tampoco salió el pueblo a celebrar con los golpistas la salvación de la patria.

Cuando el cadáver del primer presidente marxista elegido en las urnas y que respetó la institucionalidad democrática que representaba, salió de La Moneda envuelto en una manta, los hombres y mujeres del mundo de buena voluntad se movilizaron para denunciar a los golpistas chilenos.

Por eso, y ahora que, vamos a encontrarnos, otra vez, con ese pedazo de historia sangrante, pido un poco de respeto. Respeto por la memoria del presidente que se inmoló por Chile. Respeto por los policías que, pudiendo optar, como los Carabineros de la Moneda, por su vida, prefirieron morir y combatir junto a un presidente democrático. Y, sobre todo, respeto por ese puñado de chiquillos tan jóvenes, que murieron con un fusil en las manos, defendiendo al presidente, la constitución y la democracia. Nunca hubo para ellos un reconocimiento oficial. Los partidos los desconocieron. Pero la gente los recuerda con cariño como cuando escuché a una humilde pobladora que les gritó, “¡¡gracias gapitos por defender a nuestro presidente!!”

Si. Gracias gapitos por defender nuestro honor y dar paso a la gloria del presidente y su gobierno.

Sospecho que este 11 de septiembre, no será como los otros. No queremos performance, ni actuaciones políticas tiradas del cabello.

Queremos el reconocimiento a la legitimidad del presidente que disparó su arma contra los militares golpistas y el reproche activo a todos los que prepararon, perpetraron, financiaron, y justificaron el crimen más execrable de la historia de Chile.

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1 comment

Emma Landaeta Larraín julio 20, 2023 - 11:26 am

Eso fue lo que pagó el pueblo de la República de Chile por haber nacionaluzado el cobre.

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