El resultado de primera vuelta no arrojó mayores sorpresas respecto de los candidatos que pasan a la ronda decisiva del 14 de diciembre, excepto por la estrecha diferencia (casi 3 puntos porcentuales) entre la candidata del oficialismo, Jeannette Jara, y el aspirante republicano José Antonio Kast La mayor sorpresa estuvo dada por la alta votación alcanzada por Franco Parisi (19.05), que lo posiciona en un tercer lugar, superando a Johannes Kaiser y relegando a la candidata de Chile Vamos a una quinta posición. La derrota de Evelyn Matthei terminó asociada a la debacle de su coalición partidaria a nivel parlamentario.
Naturalmente, tanto los dirigentes de la oposición como del oficialismo se esfuerzan por encontrar explicaciones para este verdadero fenómeno político generado por un candidato que no vive en Chile y que cada cuatro años retorna a nuestro país para postularse a la presidencia, logrando subir sus niveles de apoyo en cada una de las tres elecciones en las que ha participado. Hoy esa votación se convierte en el obscuro objeto del deseo para los candidatos que disputan la segunda vuelta.
En verdad, Franco Parisi no es de derecha ni de izquierda (“ni facho o comunacho”) sino todo lo contrario. El propio nombre de su partido-el partido de la gente– busca distanciarse de las clásicas definiciones políticas o ideológicas. Proclama representar el sentido común de la llamada clase media (algo medio difícil de precisar en nuestro país). Parisi sí calza con un líder populista que dispara en contra de la política y los partidos, con propuestas efectistas, como permitir el retiro de los fondos previsionales de las mujeres para que paguen sus deudas, devolver el IVA de los remedios, bajar el sueldo de los altos funcionarios públicos, o bajar el aporte estatal a las campañas políticas.

A diferencia de Matthei (más que forzada y descompuesta) y un satisfecho Kaiser, que prontamente concurrieron esa misma noche al comando de Kast para entregarle su apoyo, Franco Parisi no está disponible para endosar su votación. Ni para el candidato de la ultraderecha ni para la postulante de los sectores progresistas, sosteniendo que los que han pasado a segunda vuelta deben hacer su pega para convencer al electorado. Posteriormente ha cuestionado el supuesto traspaso casi mecánico de electores de un candidato a los que correrán en la vuelta decisiva, poniendo como ejemplo la eventual dispersión de los votos conseguidos por la muy damnificada Matthei.
Sin lugar a duda, el desafío más cuesta arriba lo tiene Jeannette Jara, luego que no consiguiera traspasar el umbral del 30 % de los votos ni sacarle más de cinco puntos de ventaja a Kast. Una marcada decepción se manifestó en las filas del oficialismo tras conocerse el resultado del reciente domingo, pese al ánimo de Jeannette Jara para emprender el mayúsculo desafío electoral.

Pero no tan sólo en las filas del oficialismo se manifestaba decepción por los resultados. En Chile Vamos se registra un lamento mayor. Por casi un año su candidata mantuvo el liderazgo en las encuestas, para terminar finalmente alcanzada y largamente superada no tan sólo por José Antonio Kast, sino también por Franco Parisi y el candidato libertario Johannes Kaiser, relegándola a la quinta posición que no estaba ni en sus peores pesadillas de campaña. Concurrir esa misma noche a la sede de Kast para testimoniar el respaldo en segunda vuelta, no fue fácil ni para Matthei (como lo muestran las imágenes) sino también para los propios dirigentes de Chile Vamos, que han sufrido una importante derrota a nivel parlamentario a manos del pacto entre republicanos, libertarios y socialcristianos, que se convierte en la fuerza hegemónica en la derecha.
En el oficialismo, los efectos de la derrota, algo predecible, acentúan la exigencia de una revisión reflexiva y conclusiva más profunda. Nada predecía un resultado mejor y la revisión requiere asumir precariedades políticas de ya larga data. Más aún, a nivel parlamentario terminó favorecido por la división de las derechas y la irrupción del partido de la gente, que les permitió empatar en el senado e impedir que las derechas alcanzaran mayoría calificada en ambas cámaras. Tanto el PS como el PPD y la DC salieron razonablemente librados a nivel parlamentario, mientras el PC y el Frente Amplio compensaban también sus pérdidas con logros favorables en ambas cámaras. Como suele decirse “todo pudo ser peor”, un malísimo consuelo en este caso
Varios de los llamados partidos chicos o proto partidos deberán desaparecer (algunos no tanto, como el histórico Partido Radical que ya vende sus propiedades) tras no lograr el umbral de cuatro parlamentarios elegidos. Ello puede contribuir a una mayor gobernabilidad, pero sigue pendiente la urgente reforma del sistema político. Harina de otro costal para esta corta coyuntura marcada por la segunda vuelta presidencial.
La segunda vuelta ¿una nueva elección?

En más de un sentido, la segunda vuelta es una nueva elección, en donde los electores se ven enfrentados a opciones polares y deben decidir el rumbo que seguirá el país en los próximos cuatro años. Ya está dicho que la candidata de los sectores progresistas, pese a haber ganado la primera vuelta la enfrenta bastante cuesta arriba.
No tan sólo porque deberá lidiar con una derecha unida en torno a José Antonio Kast, más allá de sus diferencias y disputas por la hegemonía del sector. También porque representa la proyección del actual gobierno, por más que necesite desmarcarse acentuando sus propuestas de futuro. En estos convulsionados tiempos que se viven, marcados por la volatilidad económica, la creciente amenaza del crimen organizado y el debilitamiento de las instituciones democráticas, son muy pocos los gobiernos que logran proyectarse en alternativas de continuidad. Sobre todo, con el sostenido esfuerzo de la derecha y los poderes fácticos por proyectar la imagen (que no se sostiene en los datos duros), de un país que se cae a pedazos, afirmando que este es el peor gobierno de nuestra historia (olvidando convenientemente el régimen militar y las duras críticas del entorno de J. A. Kast al gobierno de Sebastián Piñera).
Los mercados han celebrado con euforia los resultados de primera vuelta, sosteniendo que la mesa está servida para el candidato de las derechas. Sube la bolsa, se aprecia el peso y ya visualizan una política económica que apunte a bajar los impuestos, reducir el tamaño del estado, terminar con la “permisología” y fomentar el crecimiento, sin un mayor análisis respecto de la gobernabilidad futura del país y los evidentes riesgos que representa un gobierno de ultraderecha para la paz social del país. Sobretodo si aquella administración intenta cumplir algunas de sus atrabiliarias propuestas de campaña en la primera vuelta. Como reducir el gasto fiscal en seis mil millones de dólares en 18 meses, exonerar a cerca de cien mil funcionarios públicos, o indultar a los condenados por delitos de lesa humanidad que se encuentran en Punta Peuco. Para no mencionar su inviable propuesta de expulsar a cerca de trescientos mil inmigrantes que se encuentran en situación irregular.

Por su parte, el secretario de estado norteamericano ha celebrado por anticipado los resultados de la elección en nuestro país, anunciando que el próximo gobierno se convertiría en un nuevo aliado en la región. La propia llamada de Javier Milei a José Antonio Kast para felicitarlo por su victoria, así como de los principales líderes de la ultraderecha europea, constituyen señales claras de los alineamientos de un eventual gobierno de Kast en materia de política exterior.
Con todo, no parece muy prudente cantar victoria antes de tiempo (ni limpiarse la boca antes de comer). Las elecciones se ganan después de contar los votos y con el 50 % más uno de ellos. Es evidente que Kast aparece con la primera opción, pero no está de más recordar que en la pasada elección ganó la primera vuelta y luego fue aniquilado en segunda por Gabriel Boric. Los votos no son endosables ni tiene dueños. Nadie sabe como pueden votar aquellos que apostaron por Evelyn Matthei como el mal menor, ni aquellos que recelan del peligro inherente a la paz social en un eventual gobierno del republicano que esconde, convenientemente, parte de sus cartas. En la misma línea aquel universo de votantes no frecuentes que se inclinan por el diálogo y la búsqueda de acuerdos. Para eso está la campaña de segunda vuelta. Una campaña muy corta, que se decidirá en el contacto persona a persona, en el despliegue territorial y en un foro decisivo, que confrontará, cara a cara, a Jeannette Jara con José Antonio Kast. Y, aunque difícil, allí puede cambiar el curso de la historia. Las elecciones siempre dan sorpresas.
¿Un nuevo ciclo político en Chile?
Con un eventual triunfo de José Antonio Kast se cierra un largo ciclo político iniciado en 1989, con el triunfo del NO en el plebiscito y la llegada al gobierno de la Concertación de partidos por la democracia, que muchos (incluidos sus entonces férreos opositores de derechas) identifican como el período de mayor estabilidad política, desarrollo económico y paz social que ha vivido nuestro país. Ahora el vuelco sería a un nuevo ciclo político, con un claro predominio de la ultraderecha, que bien podría fagocitar definitivamente a la derecha tradicional, tal como se ha insinuado durante la presente campaña, en donde diversas figuras de ese sector transitaron a las huestes republicanas. Un fenómeno que se podría acelerar frente al eventual gobierno de la ultraderecha.
Este ciclo político puede ser muy corto, el plazo de un mandato presidencial, o más largo, como ha propiciado el ex timonel de la UDI Pablo Longueira. Ello no tan sólo depende de lo que la derecha haga o deje de hacer. También depende de la capacidad de reacción de los sectores progresistas y los actores sociales.
Tanto en el oficialismo como en el conjunto de las fuerzas progresistas, se enfrentan grandes desafíos. Podría ocurrir que el PC y sectores del Frente Amplio tendieran a radicalizar sus posturas frente a un eventual gobierno de Kast, pero, en realidad, el desafío mayor para el progresismo es el de la renovación de su proyecto político y oferta programática, que les permita reconectarse con la nueva realidad que hoy presenta el país. Con grandes avances y muchas falencias, grandes desigualdades y muchos dolores y temores.
En buena medida, el avance de la ultraderecha, no tan solo en Chile sino en buena parte del planeta, se explica por una derrota cultural de los sectores progresistas, capitalizada por sectores extremos que apelan al terror social, el odio a los inmigrantes. el descrédito de la política y la desconfianza en la democracia. Resulta evidente el desafío de renovación para la propuesta progresista, asumiendo el nuevo contexto político, económico, social y cultural más allá de nuestras fonteras, en un planeta convulsionado con fenómenos inquietantes. En esta estrecha franja de tierra, el punto de partida elemental es sostener la precaria unidad alcanzada para enfrentar a las derechas. Unidad en la diversidad. Convergencia entre partidos afines. Renovación de las ideas y prácticas políticas. Hay derrotas que destruyen y otras que fortalecen. Sobre todo, aquellas de las que se sacan lecciones y llaman a la rectificación.