El eco de una frase incómoda: Luces y sombras de Marie Stopes

por Cristina Wormull Chiorrini

The birth of a child should be a privilege, not a right (el Nacimiento de un niño debería ser un privilegio, no un derecho), escribió Marie Stopes con la contundencia de quien cree estar iluminando un camino, sin advertir las sombras que proyecta. 

Hoy, en medio de las conmemoraciones por las luchas de las mujeres —esas batallas que avanzan entre conquistas y retrocesos, entre gestos luminosos y heridas abiertas— su frase vuelve a arder como un recordatorio incómodo: nuestras historias nunca han sido lineales. Stopes abrió puertas decisivas para la autonomía reproductiva, pero también defendió ideas que hoy nos estremecen. 

Marie Charlotte Carmichael Stopes, nacida en las postrimerías del siglo XIX, fue una autora, paleobotánica y activista británica por la eugenesia y los derechos de las mujeres. Hizo contribuciones significativas a la paleontología vegetal y la clasificación del carbón, y fue la primera académica en la facultad de la Universidad de Manchester.

Stopes era pequeña, de figura esbelta, cabello castaño oscuro (posteriormente teñido de rojo) y grandes y expresivos ojos color avellana verdoso. Prefería los vaporosos vestidos de seda de colores inusuales y usaba grandes sombreros, joyas tintineantes y voluminosas pieles. Tenía una seguridad en sí misma que rozaba la arrogancia.

Pero en Marie Stopes, como en tantas pioneras, convivían la emancipación y el sesgo, la valentía y la ceguera. Y quizá sea justamente ahí, en esa tensión irreductible, donde se revela la verdad más profunda de nuestras luchas: que incluso quienes nos precedieron en la búsqueda de libertad lo hicieron desde contradicciones que todavía nos interpelan.

“She was a pioneer, yes -but a deeply flawed one” (Ella fue una pionera, si -pero profundamente dañada) Lesley Hall, historiadora

Porque la historia de las luchas de las mujeres nunca ha sido un relato de pureza, sino de fricción. Cada avance ha convivido con sus propios límites, cada conquista ha cargado con las marcas de su época. Marie Stopes, con su mezcla de audacia científica y convicciones peligrosamente selectivas, encarna esa tensión de manera casi paradigmática.

Stopes abrió caminos para que otras pudieran decidir sobre sus cuerpos, pero lo hizo desde una mirada que pretendía regular quién merecía nacer y quién no. Como mujer, el paso decisivo para decidir sobre los cuerpos se dio con el acceso masivo a la píldora anticonceptiva que liberó a la mujer de los embarazos no deseados.  El aborto es todavía un tema controversial con distintos avances en el mundo. Pero a Stopes esa contradicción no la anuló: la complejizó. Stopes nos obliga a mirar la genealogía feminista sin idealizaciones, reconociendo que incluso las pioneras que nos dieron herramientas para liberarnos también podían reproducir los prejuicios más profundos de su tiempo.

«Una mujer que es dueña de su propio cuerpo y de su propia vida es una mujer libre.» Marie Stopes

Quizá por eso su figura sigue incomodando pese a ser considerada una de las cien mujeres más importantes de la historia.  Stopes no cabe en la narrativa lineal del progreso, ni en la comodidad de los homenajes sin fisuras. Su legado es un territorio en disputa: una clínica (la primera de su tipo) que abrió posibilidades inéditas para miles de mujeres, un libro que llevó la conversación sobre el deseo y la planificación familiar al espacio público, y al mismo tiempo una defensa obstinada de la eugenesia se entrelazan de un modo que nos obliga a preguntarnos qué significa realmente avanzar. Y es desde esa complejidad —desde esa mezcla de valentía y ceguera— que podemos empezar a mirar su vida personal, donde las contradicciones se vuelven aún más nítidas.

Las contradicciones de Marie Stopes no son una excepción, sino un rasgo común a muchos de los personajes que han marcado la historia. Como tantas pioneras, avanzó con una mano encendiendo posibilidades y con la otra sosteniendo ideas como la eugenesia, que hoy nos resultan inaceptables. Reconocer esa mezcla no es relativizarla: es comprender que la historia se escribe desde tensiones, no desde purezas. Y en esa tensión, Stopes aparece como un espejo que devuelve tanto lo que celebramos como lo que aún debemos revisar.

«El conocimiento es la base de la libertad, y el conocimiento de nuestra propia naturaleza es la base de la felicidad.», Marie Stopes

En su vida personal, Marie Stopes fue tan vehemente como en sus escritos. Amó con intensidad, discutió con la misma pasión con que defendía sus teorías y buscó en sus relaciones una armonía que pocas veces encontró. Su primer matrimonio con Reginald Gates, estuvo marcado por la impotencia de su esposo que descubrió cuando trabajando encontró en un armario cerrado en el Museo Británico todos los libros sobre sexualidad humana. 

Si bien es difícil creer que una científica tan conocedora de la vida sexual de las plantas pudiera ser tan ingenua sobre su propia vida sexual, Stopes utilizó la información para lograr la anulación de su matrimonio con el argumento de que su virginidad permanecía intacta.

En el proceso judicial, Gates contó una historia diferente, calificando a Stopes de «supersexualizada hasta un grado casi patológico» y comentando con tristeza que «podría haber satisfecho los deseos de cualquier mujer normal«.

Un crítico contemporáneo sintetizó la paradoja con una frase que aún resuena: “She wanted to free women, but only certain women” (Ella quería liberar a las mujeres, pero solo a algunas mujeres). En ella, la emancipación y el control se enfrentan.  Su vivencia la llevó a escribir Married Love como una suerte de manifiesto íntimo: un intento de ordenar con palabras aquello que en su propia experiencia había sido frustración y anhelo. En una carta privada confesó: “I longed for a union of body and soul and found neither” (Anhelé la union del cuerpo y el alma y no encontré ninguna). Esa frase, tan desnuda, revela la grieta entre su discurso público —tan seguro, tan prescriptivo— y su vida íntima, donde la vulnerabilidad se abría paso en cada esquina.

Para Stopes, el deseo no fue solo un campo de investigación científica: fue también un territorio de carencia personal. Su primer matrimonio estuvo marcado por la distancia física y emocional, una experiencia que la llevó a interrogarse sobre la intimidad con una mezcla de rigor académico y anhelo íntimo. Esa frustración se convirtió en motor creativo: Married Love no nació únicamente de su vocación pedagógica, sino del deseo de comprender aquello que ella misma no había logrado vivir plenamente. En sus escritos privados aparece una mujer que busca, casi con desesperación, una correspondencia afectiva que la ciencia no podía ofrecerle. Su obra, tan influyente, es también un intento de reparar una herida.

«El amor sexual humano es algo mucho más elevado y mucho más complejo que el simple instinto físico.», Marie Stopes

Con Humphrey Verdon Roe, su segundo marido, encontró un compañero dispuesto a sostener sus proyectos públicos, pero no siempre para acompañar sus inquietudes más íntimas. Él financió la primera clínica de control de natalidad y apoyó su activismo, pero la relación estuvo lejos de ser un refugio emocional. Stopes exigía una intensidad afectiva que a veces rozaba la intransigencia, y su necesidad de control —tan visible en su obra— también se filtraba en la vida doméstica. Aun así, hubo entre ellos una complicidad intelectual que sostuvo la dimensión pública de su legado. En esa mezcla de alianza y desencuentro se revela otra de sus paradojas: la mujer que enseñaba a otros para construir relaciones plenas luchaba por sostener las suyas.

La maternidad fue para ella una herida silenciosa. Deseó tener hijos pero no fue fácil, y solo a los treinta y nueve años dio a luz a su primer hijo, un mortinato. Stopes culpó al médico, y solo la amenaza de una acción legal detuvo sus acusaciones. Nunca volvió a confiar en los médicos. En marzo de 1924 (a los 44 años), dio a luz por cesárea a su único hijo, Harry Stopes-Roe, a quien adoraba. Su defensa del control de la natalidad convivía con un anhelo íntimo y esa tensión se filtró en su escritura, en sus decisiones y en su manera de relacionarse con el mundo. 

Hoy, al conmemorar las luchas de las mujeres, la figura de Marie Stopes nos obliga a mirar la historia sin filtros. Su legado abrió caminos decisivos para la autonomía reproductive al fundar la primera clínica de control de la natalidad, pero también dejó marcas que nos incomodan. Fue una mujer brillante y contradictoria, capaz de iluminar y de oscurecer, de emancipar y de limitar. Y quizá sea precisamente esa mezcla —esa tensión entre luces y sombras— la que nos recuerda que la historia del feminismo no se escribe desde la perfección, sino desde la complejidad humana. Stopes no es un ícono puro ni una villana: es un espejo. En él vemos tanto los avances que celebramos como las cegueras que aún debemos reparar.

Marie Stopes. murió de un cancer de mama en Norbury Park, Surrey, Inglateterra y su legado perdure a través de la Fundación que lleva su nombre y los numerosos libros escritos sobre su vida y obra.

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