Un amigo me preguntó si había leído todos los libros de mi biblioteca. Otro, en tono sarcástico comentó a quién quería impresionar con la pila de libros en mi escritorio. Un tercero agregó, para qué presumir con tantos libros sobre la mesa de centro del living. A lo que a este último le respondí, del mismo modo que tu presumes con un televisor de cien pulgadas en tu comedor [risas]. Es cierto, hay personas que poseen bibliotecas increíbles, pero que no ha leído un sólo libro de esos estantes. El espíritu de los libros que no pasa al dueño de una biblioteca no sirve para nada, sólo para amontonar polvo.
No me considero un lector de prosa. Hace varios años que dejé de leer prosa, a no ser que sea muy recomendable. Mi linterna actual está puesta en la poesía. Una biblioteca que, por motivos laborales, estuvo cargada de libros de ciencias sociales y estadísticas, hoy es solo poesía. Por eso que creo que la mejor forma de seguirle el rastro a un poeta no está precisamente en su poesía, en la poesía que escribe, sino en sus lecturas, en su biblioteca, a los libros que regresa una y otra vez.
Por ejemplo: Neruda atesoraba libros de Whitman, Góngora, Darío, Baudelaire, Quevedo.
Jorge Teillier; a Essenin o Aleksandr Pushkin. Zurita; a Dante, Homero, Lewis Carrol. Vicente Huidobro; a Pierre Albert Birot, Reverdy. Gabriela Mistral; Gabriel D’Annunzio, Feredic Mistral por nombrar algunos. Esto hace que la historia de la literatura se haga por sedimentos, sobre otro sedimento, y a partir de esa sedimentación es que uno va encontrando su propia voz.
Recuerdo el rumbo de mis primeras lecturas, aquellas que tenían a la generación del 27 por sendero, que me acompañaban en los largos viajes en micro a la universidad desde Conchalí a Santiago centro, por nombrar algunos: Jorge Guillén, Gerardo Diego, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Luis Cernuda, y al último de la generación, que llegó cuando el tren ya había partido y, sin embargo, en mi opinión, llegó primero, para quedarse hasta hoy en mis lecturas. Me refiero al “poeta pastor” que tan despectivamente Federico García Lorca llamó a Miguel Hernández. Quizá por cierto temperamento, o por las convicciones que compartíamos, Hernández fue el poeta que más me conmovió y marcó. Cómo no recordar en esta nota un fragmento de su Elegía a Ramón Sijé:
Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y des amordazarte y regresarte.
Encontré todo eso en mis primeros años de lecturas, muy superficiales, muy desordenadas, pero encontré principalmente también una forma de decirme; ¡oh! ¡eso se podía decir! Se podía escribir. Ese descubrimiento lo hice leyendo un libro que marcó mi adolescencia: La musiquilla de las pobres esferas del poeta Enrique Lihn. Sé, que nunca más en la vida voy a sentir aquel impacto, aquella especie de aullido, aquella especie de desconcierto, de feliz conmoción, que yo percibí y me apropié leyendo el poema Porque escribí de Lihn. Eso es algo que solo te lo puede dar la edad, en este caso la edad temprana o la “juventud”, y la capacidad de impacto, de esa sacudida que te puede dar la poesía a esta edad. A partir de ahí, el itinerario de mis lecturas y escritura ha sido la permanente búsqueda de la palabra y sus formas como expresión del lenguaje.

En los 80 iba con frecuencia al Instituto Alemán de Cultura de calle Esmeralda, recuerdo haber visto una película de Luis Buñuel, Los olvidados. Buñuel vivió su exilio en México. Quise conocer su biografía. A través de él llegué a los surrealistas catalanes como Dalí que me impulsó hacia territorios absolutamente desconocidos y que me llevó a conocer al poeta surrealista francés Paul Éluard, quien a su vez me llevó a la poesía de Alice Rahon, André Bretón, René Char. Iba tanteando territorios en los que no me sentía del todo cómodo, pero que me llamaban profundamente la atención. Voces a la que yo me quería sumar, pero por temple personal no me pude situar, ni los pude leer con agrado. Los mismo me sucedió con los “poetas malditos” Poetas que, marcados por una vida trágica como Arthur Rimbaud, Charles Baudelaire, Tristan Corbière, no los leí hasta adulto. Co un peso en el lenguaje, al leerla, sentía que me hundía y me hundía con ellos.
Una vez más, el temperamento adolescente de ese periodo escritural me mantuvo en una relación de amor y odio con los “malditos” y surrealistas franceses, argentinos y chilenos como Braulio Arenas, Teófilo Cid, y claro, Vicente Huidobro, ¡cómo no! Eran mundos absolutamente opuestos al mío. No era ahí donde quería estar. El tiempo que me tocó vivir esos años me alejó de aquellos poetas y de aquella poesía. Busqué una poesía más directa, transparente, limpia. Por esos años leí una poesía menos hermética. Fue cuando, a través de Pushkin conocí a poetas como Ajmátova y Essenin, el poeta lárico de la poesía rusa. Me di una enorme vuelta para conocer a los chilenos Rolando Cárdenas y Jorge Teillier y quedarme por largo tiempo leyendo a Teillier, que se incrementó con mis viajes a dedo al sur de Chile. Ese es el misterio de la poesía, que te coloca en lugares que no andas buscando; es el tránsito al que llegas por distintos motivos. Es la poesía que no se impone, sino, la que te coloca en el lugar menos pensado a través de su lectura.

En los 80 también conocí en una peña al poeta Erwin Díaz. Recuerdo que protestó porque habían cambiado la letra a la canción La carta de Violeta Parra. Fue un tiempo que me encontré con una poesía más social. Comencé a leer al poeta argentino Néstor Perlonger, al uruguayo Mario Benedetti, al salvadoreño Roque Dalton, al nicaragüense Ernesto Cardenal. De la mano de Erwin Diaz llegue a casa de la escritora Pía Barros. Poco a poco fueron apareciendo poetas como Gonzalo Millán, Aristóteles España, Jorge Montealegre, Raúl Zurita, Estella Días Varin, Rodrigo Lira. De esos autores fueron quedando un rumor de lecturas, que con los años se fueron apagando. Con el tiempo fui descubriendo que no hay poetas que no escriban aceitados de vida, que no escriban impregnados de sus condiciones biográfica, maleados también por la relación con la historia colectiva y personal. Me faltó cierta madurez, la expedición necesaria sobre ciertos temas, faltaba la investigación, sobre lo que ya, las palabras en sí mismas no podían ofrecer, pero ofrecían la idea.
Treinta años después, me despojé de todo prejuicio y comencé a leer Borges o un Ezra Pound, a un Leopoldo Panero, todos colaboradores de dictaduras militares en los países que vivieron. A través de Panero llegue a sus hijos, los novísimos como Juan Luis Panero y Leopoldo María Panero. Luego salté a la poesía de la experiencia; Jaime Gil de Biedma, Eloy Sánchez. Y tantos otros. Creo que es eso, lo que hace que aquellos que leemos poesía, hemos encontrado en la poesía, esa psicofonía de nosotros mismos, parados frente a la inmensidad de lo que no conocemos. Nunca hay que olvidar aquellos primeros pasos, aquellas primeras lecturas. Aquellos primeros tanteos en la poesía inicial que uno leyó por primera vez y a la que uno tanto le debe. La tentativa de todo aquello, sea por un impulso, es decir, que, escribiendo por una música, que no siempre se sabe de dónde viene y hacia dónde va. Eso te lo da la lectura, sólo la lectura.
En el itinerario actual, con mayor lucidez, madurez y certeza, comienzo a releer otra tradición poética, escrituras femeninas que me entregan pistas del imaginario de una tradición poética hasta ahora invisibilizada. Desde Enheduanna (Mesopotamia 2286-2251 a. C.), pasando por sor Sor Tadea de San Joaquín (Chile, 1754-1827), Winétt de Rokha (Chile, 1894 – 1951) y Raquel Jodorowsky (1927 – 2011). Cómo no hacer mención en esta nota a la generación Beat de poetas mujeres relegadas a un segundo plano por el canon critico de los Estados Unidos de los años 60. Poco sabemos de ellas. Y tantas otras, a las que al menos no me había asomado con atención. Igual que la tradición poética de la posguerra alemana con Paul Celan, los poetas del movimiento hermético italiano como Ungaretti, Leopardi, Eugenio Montale, como también la poesía griega moderna de Constantino Kavafis, y el barroco renovado de Lezama Lima, por nombrar algunos.

Para mí, en estos años, la poesía nace del silencio y vuelve a él a través de mis lecturas. En ese recorrido, del silencio al silencio, lo único que nos queda es la calentura del idioma. De describir todo aquello que se te cruza con los poetas leídos. Motivo de sobra, por lo que la poesía, que uno cree que ha hecho o que sigue haciendo, es génesis e impulso y se hace con compañeros de viaje, los poetas vivos, los poetas muertos, los poetas olvidados. Con cada uno y una de los poetas arrumbados en mi escritorio y en cada uno de los libros de mi biblioteca.
Toma un libro al azar -le dije a mi amigo- y los encontrarás marcados con banderitas de colores, subrayados o comentados con lápiz grafito. No es la biblioteca de un bibliófilo, o de un fetichista, es la biblioteca de un lector, de alguien que ama la literatura profundamente. Que ama tanto la literatura porque, sobre todo, lo que ama es la vida.
(*) Foto entrada/ Robin Williams como el profesor John Keating en el film “La sociedad de los poetas muertos”
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