¿Es Chile viable?

por Mario Valdivia

Vivimos en tiempos salvajes. Inversiones de tamaño descomunal de un puñado de capitalistas norteamericanos y chinos envueltos en una brutal competencia enconada presionan en forma arrasadora por la información, los recursos energéticos, el agua, el cobre, el litio, las tierras raras y el acceso a mercados. No un poco más que ayer, ni mucho más que ayer, por su potencia geopolítica devastadora el cambio es cualitativo. Cambia la  historia.

Chile tiene la desgraciada bendición de tener algunos de estos recursos en una abundancia demasiado llamativa. Son nuestros, ¿podemos hacer con ellos como queramos? Seguro que no, o los explotamos con todo o alguien vendrá a hacerlo por nosotros, su valor pesa demasiado en nuestra frágil autonomía. (Cacharse el petróleo venezolano, el iraní) Con todo, o sea sin remilgos, sin titubeos, sin muchas reservas. Y tiene, Chile, el maldito regalo de su posición geográfica, un tapón/ruta a los imprescindibles mercados de Asia para todo el sur americano de borde atlántico. Una enormidad de kilómetros marítimos menos, una posibilidad excesiva para nuestra frágil voluntad. (Cacharse los puertos chinos en el Canal de Panamá) O construimos conexiones y puertos, o será demasiado tentador para algunos venir a hacerlo por nosotros.

Son tiempo salvajes, no los acostumbrados, rutinarios, ordenaditos, como es debido. Seguir haciendo lo que venimos haciendo no sirve, es mejor alertarnos y no confiarnos con que atinarle un poquito mejor basta. Seguir con el desempeño actual, mejorarlo un pichintún amononando indicadorcitos, equilibrando la mochilita, repartiendo migajitas, demuestra que no respondemos con todo lo que hay al aumento exponencial de los milibares a la vuelta de la esquina. A nuestro propio riesgo. 

Quedan huellas entre los vivos de una ingrata discusión pretérita entre dos tribus, autoflagelantes y autocomplacientes, referida a la manera adecuada de evaluar nuestro desempeño económico. Sería una lástima, capaz que trágico, que ella se prolongara hoy día sobre la cuestión de si enfrentamos una crisis o no. Son otros tiempos. Verdaderamente salvajes. Considerando la tormenta que acumula presión sobre nuestra autonomía, más vale ponerse en ánimo de emergencia histórica. Los países de Europa descubrieron a su pesar que su autonomía era más aparente que real, enamorados de sus ombligos que estaban. Con menos fundamentos estéticos, nuestro ombligo también parece ser irresistible.

Asegura una sabia verdad que en el  peligro mismo se encuentra aquello que salva, pero hay que tratarla con cuidado. Lo peligroso no nos pone a salvo indefectiblemente, como quien diría por sí mismo, lo que nos salva es el peligro sentido y pensado, la existencia alertada por la amenaza. El torero se salva gracias exactamente a aquello que hace peligroso al toro, lo conoce bien, no se hace ilusiones, no se tranquiliza ante él, no le da la espalda procurando huir. El dicho nos previene en contra de buscar la salvación negando el peligro (esperando que el toro se comporte como un buey), huyendo de él (darle la espalda encenderá su pulsión arremetedora), o bien olvidando el hecho de que estamos en la arena, oscureciéndolo con la importancia – tan tranquilizadora – de los afanes acostumbrados de la agenda, los ciclos institucionales, los festivales retóricos, las micro peleas en las gradas. Sin dedicación alertada al peligro, los peligrosos tiempos actuales matan.  

Ahora, el que corre peligro es Chile como nación autónoma. Pero Chile es una entidad abstracta que no se alerta ante nada. ¿Cuáles son los individuos, los colectivos de individuos, que perciben y sienten el peligro que corre su autonomía, y que además les preocupa? That is a question.      

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