Regresé a España después de un período bastante más largo del que imaginé. También bastante más fecundo en afectos y encuentros con mis viejos cariños de siempre.
Regresé con la triste sensación de que soy, finalmente, de ninguna parte. Pero también con el consuelo de comprobar que en varios lugares del mundo tengo amigos que me abren las puertas de su casa, descorchan sus botellas de vino, y derraman los recuerdos enrojecidos por lo atardeceres que permanecen leves pero constantes.
He vuelto a esta España mediterránea, amable y tranquila y a la mágica ciudad de Almuñécar donde he residido por varios años.
El mar está tranquilo, aunque todavía un tanto frío para las temperaturas de aquí. Sus gentes, mayores en su mayoría, pasean tranquilas cada día, sin sobresalto, ni miedos, que desordenen sus aburridos mundos cotidianos. En este paisaje único, la sierra de Granada se extiende hacia la costa, sin solución de continuidad, hundiendo sus lomas suaves en las profundidades del mar, dando una sensación dulce de una comarca del sur de Europa un tanto olvidada, pero feliz. Los chiringuitos playeros se preparan para hacer su agosto enclavando quitasoles en las primeras líneas de costa mientras las empresas de ornato y limpieza realizan podas indiscriminadas sobre las palmeras y otras especies arbóreas tan foráneas como aquellas.
Y, sin embargo, todo cambia con un click de la Tele. Allí aparece la misma España crispada, sorda y sectaria a la que regreso. La España que parece deshacerse en las pugnas políticas y para los que la perciben desde los medios, – como ocurre en Chile-, parece al borde del colapso.
Es difícil comprender, en verdad, como partidos políticos de derecha, que hasta hace tan poco tiempo se reclamaban como la derecha civilizada, como el PP (Partido Popular) pueden tensionar la cuerda de la verborrea exagerada, e incluso del insulto grosero y las acusaciones dolosamente falaces, sin temor a romper el juego y sobre todo sus reglas de convivencia. La derecha ayer civilizada hoy pugna por retener sus adhesiones que parecen cobijarse bajo la sombra insulsa de los ultras. En esta parte-o sea el de las estrategias derechistas-, España no parece más que copiar lo que ocurre fuera de España e incluso fuera de Europa. Aquí, y en esto, no se espere innovación alguna. Solo ha existido una cadencia en el mismo relato del que beben los derechistas españoles: los socialistas de Pedro llegaron ilegítimamente porque echaron a Rajoy por voto de censura y no por elecciones. Más tarde, y aunque ganaron las elecciones, constituyeron mayoría uniéndose con los de Juntas Podemos de Pablo Iglesias, o sea, mintiendo. Y más tarde, y cuando el PP ganó las elecciones, pero no fue capaz de constituir la mayoría de escaños para gobernar que se requiere que en un sistema parlamentario como éste y Pedro logró juntar a casi todos los demás, el gobierno es ilegítimo porque se constituyó sobre la base de transacciones igualmente ilegítimas con los independentistas catalanes del procés.

En verdad, nada hay más parecido al líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, que aquello de echarle la culpa al empedrado. A las derechas españolas les cuesta un mundo acomodar sus relatos a las veleidosas interpretaciones de la realidad de estos tiempos. Porque acostumbrados como están a subirse por el chorro de las crisis económicas, los porfiados números no acompañan sus diagnósticos apocalípticos: El gobierno actual puede mostrar un PIB de 1.62 billones de dólares y un crecimiento del mismo de 3,2 % en términos reales, para el año 2024. Y aunque la deuda pública es abultada (1.620.602 millones de euros en el año recién pasado, lo que representa un 101,8% del PIB), la comparación de estos números con el contexto europeo es promisoria: La media de crecimiento en Europa solo alcanzó al 0,7%, por consiguiente, España supera ese porcentaje en cuatro veces.España se encuentra entre las primeras doce economías del mundo, según el FMI. Y esta misma institución vaticina que España incrementará su PIB per cápita de US 36.000 a US43.000 en los próximos cinco años. La inflación española se sitúa en un 2,3% casi igual a la europea (2,2%), considerando la subyacente, por lo que todos los organismos especializados la consideran bajo control.
Pero su numeraso estrella se sitúa en la tasa de desempleo, porque, aunque sigue siendo de las más elevadas de Europa, España ha conseguido, en el gobierno de Pedro Sánchez, reducir el paro en 2,5 millones de trabajadores y trabajadoras. Esto es algo que no se conseguía desde el año 2007. Todo un record. Y todo un desafío, porque recuérdese que ello se hizo aumentando los ingresos y los derechos laborales contra todos los vaticinios de muchos economistas, incluidos los del Banco de España.
Por consiguiente, si la estrategia de las derechas españolas es con relación a la economía cuanto peor mejor, no tienen, de momento, buenas noticias.
El tiempo pasa y no pasa en vano. Y por eso Alberto Nuñez Feijoo parece desesperarse: Llama al gobierno a convocar inmediatamente a la celebración de las elecciones generales consciente de que el mecanismo constitucional de la moción de censura resultaría un fracaso. Y a diferencia de los ultras VOX, no está por la labor de realizar actos simbólicos sin causa ni destino.
El país de Cervantes, aunque muestra en la política más doméstica un desordenado gallinero de voces altisonantes, gruesas descalificaciones, lenguaje injurioso, y disputas bajas con acusaciones más propias de un juzgado de guardia que del hemiciclo de un país europeo, es, al final del día, un país políticamente estable. Basta para constatarlo, con observar lo que ocurre con varios países europeos: en el vecino Portugal otrora ejemplo de estabilidad política, lleva desde el año 2021 dando tumbos, desde la destitución del presidente socialista por acusaciones de corrupción (sin que estas se hayan probado judicialmente hasta ahora), y algo parecido podría decirse de Alemania y varios países escandinavos, que se debaten entre perder las mayorías institucionales y evitar que gobiernen los ultras.

En España, de momento y a falta de votos para censurar al gobierno, la derecha del PP se contenta con movilizar a los suyos en la calle, es decir en la plaza Colón, lugar simbólico del nacionalismo ibérico. Las 50.000 personas según la delegación de gobierno y el doble según los populares, y bajo la consigna injuriosa de Mafia o democracia, escuchan al líder derechista exigir una inmediata convocatoria a elecciones generales para cambiar al gobierno. Esta es la sexta vez que los populares acuden a la presión de la calle para intentar aislar al gobierno y la sexta vez que los socialistas le enrostran no tener los apoyos políticos y los invitan a estudiar la constitución con paciencia.
Además, e independientemente del estilo agresivo e, incluso injurioso, de la consigna: Mafia o Democracia, sus propios términos expresan elocuentemente lo perdidos que están los populares respecto a las preocupaciones de los españoles: la corrupción figura en un sexto lugar de las mismas, según todos los últimos sondeos de opinión de las más importantes entidades demoscópicas.

Pedro mientras tanto resiste porfiadamente todos los embates que se reducen casi todos a las acusaciones de corrupción por parte del PP hacia funcionarios de gobierno o sus cercanos. Algunas son más simbólicas que reales como las dirigidas a Begoña Gómez Fernández, esposa del presidente Pedro Sánchez, o la más retorcida aún al fiscal general, Alvaro García Ortiz y otras más serias como las del caso Koldo que compromete a un exministro socialista, e incluso las hay mediáticas como la reciente de Leire Diez Castro, confusa y farandulera. Todas ellas provocan desgaste en el gobierno, pero su incidencia en los apoyos electorales según la mayoría de las encuestas de opinión sigue siendo mínima. Y sobre todo no consigue crear subliminalmente que sea la sensación de que la historia se repite: La corrupción dramática en el gobierno de Rajoy que permitió la mayoría parlamentaria para la sustitución del gobierno por medio de una humillante moción de censura se replicaría ahora teniendo a Pedro Sánchez como el presidente destituido, por iguales motivos. Pero no. La historia aquí no quiere repetirse. Ni como tragedia, ni como drama.
En este contexto, todo parece indicar que, el peor enemigo de la derecha española es el propio liderazgo de Núñez. Y ya se empieza a hablar de ello. La convocatoria al congreso del Partido Popular en el mes de Julio parece ser la búsqueda de liderazgos alternativos. Asunto nada fácil si recordamos que entre el estilo bronco y mileista de la madrileña Ayuso y el dialogante andaluz, Moreno Bonilla, hay muchos pueblos entre medio.
Por eso, los verdaderos problemas de Pedro, están más bien en la coalición y fuera de España. En la coalición porque la ruptura de la izquierda de Juntas Podemos, y su fraccionamiento en Sumar y Podemosha conseguido el estancamiento de la izquierda. Sumar no logra superar sensiblemente los 6 puntos y ocurre lo mismo con Podemos que se estaciona en poco más de un 4 por ciento. Juntos apenas superan los 10 puntos porcentuales y como ya no están juntos el gobierno tiene una oposición en su propio arco. Y, aunque todavía no demasiado significativa, se puede transformar, en breve, en la voz crítica a las contradicciones típicas de los gobiernos de coalición.
Más difícil lo tiene el gobierno con relación a Europa. Porque al desorden experimentado por la ultraderecha, que agita las banderas de la expulsión de inmigrantes, se suma el desorden impuesto por Trump, y sus políticas erráticas, envueltas en sus comportamientos grotescos, vulgares, y prepotentes.

El presidente norteamericano y su obsesión por redistribuir el gasto militar de la OTAN, ha conseguido que el debate se haga en torno a un guarismo: incrementar el gasto militar hasta un 5 por ciento del PIB. Esta cifra, -que de momento solo tiene el apoyo de los países bálticos y Alemania-, (los primeros por la cuenta que les trae y la segunda porque vuelve a por sus fueros) pone a España en un doble problema: el presupuesto de defensa que con gran esfuerzo ha llegado al 2.5 por ciento incrementarlo al doble se hace poco menos que imposible. Además, el presidente sabe que ese incremento no sería aprobado por su izquierda. Tampoco por la izquierda de SUMAR que se encuentra en la coalición. Por eso, Pedro Sánchez insiste en poner la conversación en otro lado (ver cuales son las capacidades que se necesitan en la Alianza) y no en la meta propuesta (impuesta) por Trump. Todo ello tiene convulsa a la Unión Europea en que varios países no resistirían un incremento en gasto militar de esa magnitud. Peor en España, que, con un gobierno progresista, y por ende empeñado en desarrollar una agenda pro estado de bienestar se escuchan cerca las palabras del Evangelio: No se puede servir a dos señores.
Y, en verdad, los desafíos de España en la hora actual no son pequeños: en primer lugar, debe enfrentar la cuestión de la vivienda. Y aunque se trata de una preocupación mundial, en España es acuciante. De hecho, para la opinión pública, -nuevamente invocando la demoscopía doméstica-, la vivienda es la mayor de las preocupaciones de los españoles, y por lejos. Pero no es de fácil solución. Como todo aquello que para resolverlo sus políticas públicas incidan en pasar de regular a intervenir el mercado. Las cuestiones estructurales son siempre complejas, pero enfrentarlas son la única forma de cambiar verdaderamente la realidad.
¿Podrá Pedro enfrentar este problema aparentemente insoluble, al menos, respetando esencialmente las reglas del mercado?
Continuará.