Espionajes

por Jorge Ragal
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De niño me gustaba mirar a mi prima

cuando se bañaba desnuda en la piscina

como si fuera una sirena.

A mis compañeras de curso

cuando fumaban marihuana  

y se ponían a bailar como unas locas.

A un amigo que jugaba ajedrez

y nunca perdía como si fuera 

un verdadero maestro soviético.

A una monja que en el confesionario

se besaba apasionadamente

con el cura de la parroquia.

A un joven que robaba remedios

en la farmacia del barrio

para curar a su madre enferma.

A un mendigo que se hacía el ciego

pero que luego miraba con entusiasmo 

a las liceanas que se sentaban en la plaza.

A una mujer que colocaba una flor

en una fosa común donde enterraron

a su primer amor.

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