Tras el asesinato de su hija escribió Por él, libro que permitió la condena a muerte de su yerno y que destapó que la violencia intrafamiliar también la sufre la clase alta.
Hoy se encuentra en venta y no hay interesados, pues se dice que son los seres del más allá quienes se han tomado la vivienda: el Palacio Echeverría fue construido en 1910 y fue la residencia de –primero la familia Arrieta Fernández y luego – los Larraín Echeverría. La señora de la casa fue Inés Echeverría (alias ‘Iris’), escritora, teosófica y asidua al espiritismo.
En los salones del palacio, Inés, junto a sus amigas Ximena y Carmen Morla Lynch practicaban la invocación de espíritus, y según plantea César Parra en Guía mágica de Santiago «eran capaces de hacer correr por los retumbosos corredores pianos, mesas de comedor y otros armatostes”.

Se dice que Isabel Allende se basó en los hechos ocurridos en este palacio, ubicado en Fresia 683, para escribir La casa de los espíritus, y la misma escritora plantea en Mi país inventado, que «mi abuela Isabel pasó su existencia practicando fenómenos paranormales y tratando de comunicarse con el más allá. De algún modo, la buena señora se las arregló para atraer misteriosas fuerzas que movían la mesa en sus sesiones de espiritismo (…) No sé cuál era el truco de mi abuela para hacerla bailar por la pieza, rozándola levemente con su dedo índice. Esta señora convenció a su descendencia de que, después de su muerte, vendría de visita cuando la llamaran, y supongo que ha mantenido su promesa«.
La escritora Elizabeth Subercaseaux también fue testigo de estos hechos paranormales que traspasaban las paredes de la casona de providencia: «Una vez, estábamos todos los nietos, primos y tíos sentados a la mesa en el fundo Santa Clara. De pronto, escuchamos nítidamente unos golpes en las ventanas del comedor, que se fueron repitiendo ventana tras ventana, como si una paloma las hubiera ido tocando una por una. Mi abuela alzó la cabeza y, en medio de un extraño silencio que se produjo, dijo: ‘Acaba de morir Wacholz’. Wacholz era un amigo de mi abuela que vivía en Santiago y cuyos parientes veraneaban en el fundo vecino. Efectivamente, al día siguiente, nos enteramos de que justo a esa hora, en ese minuto, y en Santiago, Wacholz había muerto, algo que mi abuela no tenía ni la más mínima posibilidad de saber«.
Y si bien estas prácticas –y sus demostraciones- quedan a criterio de quien las presencie si cree o no, sí hubo un hecho trágico que cambió el rumbo de la vida de Inés Echeverría y que resultó irrefutable para la sociedad de la época: su hija Rebeca fue asesinada por su esposo dentro del palacio tras sufrir años de violencia intrafamiliar, abuso, robo y menoscabo sicológico.
No se puede escapar del destino
En cierta ocasión que me hallaba lejos, recibí un telegrama del Mago: «Prevengo que los astros de Rebeca pasan por malos aspectos en los días tales y cuales. Precaución!». Gracias al aviso, se logró evitar un grave accidente. – «Nunca hice horóscopo alguno, con destino de mayor violencia», solía decir el enigmático ser que predijo el porvenir. Largo sería enumerar los lances que llevaron a su alma, la triste convicción: -«Tengo mala suerte!» – Palabras a las que su padre y yo dimos una importancia, que entonces pareció insensata.
(Por él, fragmento)
Inés Echeverría fue una figura representativa del Espiritualismo de Vanguardia y una de las principales mujeres del Feminismo Aristocrático. Prima de Rebeca Matte Bello y media hermana de Vicente Echeverría Larraín; amiga íntima de Eliodoro Yáñez y Arturo Alessandri; y anfitriona de las tertulias a las cuales asistían la élite intelectual de la época: Augusto D’Halmar, Luis Orrego Luco, Hernán Díaz Arrieta (Alone), Joaquín Edwards Bello, Mariano Latorre, Luis Arrieta Cañas, Mariana Cox Méndez (Shade), Fernando Santiván, y Teresa Prats, Vera Zouroff, entre otros.

A los 23 años se casó con el capitán de Ejército Joaquín Larraín Alcalde (hijo de José Patricio Larraín Gandarillas y de Carolina Alcalde Velasco) con quien se instaló en el Palacio Echeverría, residencia donde nacieron sus cuatro hijas: Rebeca, Iris, Luz e Inesita.
En 1904, publicó su primer libro Hacia el Oriente en forma anónima. Al año siguiente, luego de un largo viaje a Europa y Tierra Santa, y tras el nacimiento de su cuarta y última hija, inició en su casa tertulias literarias. En 1910 editó cuatro libros que “hacen ruido” por su contenido crítico: Perfiles Vagos, Tierra Virgen, Emociones Teatrales y Hojas Caídas. Según se analiza su obra, es posible enmarcarla dentro del feminismo aristocrático entre las que también se encuentran otras escritoras como Teresa Wilms Montt, Ximena Morla Lynch, Vera Zouroff, María Luisa Fernández de García Huidobro y Mariana Cox Méndez.

Pero fue su obra Por él la que remeció a la sociedad, pues en ella narra la tortura que vivió su hija antes de ser asesinada, realiza un detallado resumen de por qué su yerno debía ser condenado a muerte y abrió la puerta que permitió ver que la violencia doméstica la vivía también la clase alta. “A través de mi hijita sacrificada me siento unida con todas las madres, con la mujer chilena oprimida, con la noble mujer de mi país, que sufre en silencio y que es vejada en su hogar”, escribe en el libro.
Echeverría plantea una tesis basada en lo místico, afirmando que su hija Rebeca nació bajo un sino oscuro que la llevaría –sin opción de salida- a un trágico final; sin embargo, el texto está narrado con tanto detalle y veracidad que el componente mágico pasa a un lado a la hora de valorar los hechos y condenar al asesino, Roberto Barceló.
Su destino fue violento desde pequeña. Sufrió muchos accidentes. Como las princesas de los cuentos orientales, tuvo un Mago cerca de su cuna para predecir su destino. Fue este Carlos Keymer, un amigo de la casa. Con las cejas enarcadas y los ojos perdidos en misterios trascendentales, me dijo tristemente entonces: «La niña está expuesta a muchos accidentes». Cierta vez, jugando, cayó sobre brasas vivas y se quemó las piernas, martirio que padeció en largas curaciones dolorosas, con estoica paciencia. Nuestro médico espiritual, que fue mi grande y noble amigo el Dr. Orrego Luco, al verla padecer con tanta dulzura nos dijo: «Rebeca es ángel y que hará de ella la vida?».
(Por él, fragmento)
Mónica Echeverría, sobrina de Iris, plantea en su libro Agonía de una irreverente, que la autora amenazó con una pistola a Arturo Alessandri Palma -quien además de ser el Presidente de la República, era su amigo íntimo- para que no le concediera el indulto a Barceló y se hiciera justicia. El Primer Mandatario accedió a la petición de Echeverría lo que llevó a Roberto Barceló frente al pelotón de fusilamiento.
El tiempo -los ocho años de martirio-, maceraron su carne. Estaba pálida y enjuta, sin perder su luminosa transparencia…Tras de serena mansedumbre jovial, se iba pintando en su rostro algo grave, hondo y melancólico.
(Por él, fragmento)
El crimen

Fue en julio de 1933 cuando la vida de Inés Echeverría tuvo un vuelco. Su hija Rebeca, de 38 años, fue asesinada de un disparo en la espalda, por su marido Roberto Barceló. Si bien era un “secreto a voces” que él era violento y solo le interesaba el dinero de la familia, el que terminara con el homicidio de la heredera fue un hecho que conmocionó no solo a la clase alta de la época.
La investigación declaró culpable a Barceló y fue condenado a pena de muerte, pero él apeló. Inés Echeverría, desesperada con la posibilidad de que no se cumpliera la condena, escribió Por él, el único de sus libros firmado con su nombre y apellido, y que cuenta la historia de Rebeca desde que era una niña hasta los detalles del caso de su asesinato.
… ha habido una circunstancia que ha obligado a dar a la publicidad este libro. La defensa del reo, falta de antecedentes que puedan atenuar siquiera la responsabilidad a su defendido, ha recurrido al sistema de publicar folletos y aun remitidos en la prensa diaria en que inserta sus escritos presentados en el proceso, llenos de injurias y calumnias contra la familia de la víctima
(Inés Echeverría. Santiago, 1934).
En el libro, Echeverría también refutó a la familia del reo -a quienes llamaba ‘la tribu’-, a la oligarquía y a toda la sociabilidad que vive de las apariencias, “que persigue solo el dinero y que carece de valores morales«, explica Bernardo Subercaseaux, en el artículo “Las mujeres también escriben malas novelas”.
Después de efectuado el contrato civil entre mi hija y Roberto, la llevé esa tarde de visita a casa de su novio. Encontramos a las hermanas Barceló reunidas arreglando el hogar de la pareja. Tuve una grata impresión de familia unida, que comuniqué a mi esposo, quien no participó de mi optimismo, mirándome con irónico silencio.
A la luz del crimen, descifro ahora su actitud. Las hermanas no preparaban la casa de los novios, sino su propia liberación de un deudo que era amenaza y tormento de todos.
(Por él, fragmento)

En cuanto a la cronología de los hechos, Barceló fue sentenciado en primera instancia a pena de muerte el 23 de enero de 1934 por delito de parricidio. Conocida la sentencia, sus defensores, presentan ante la Corte Suprema un recurso de casación por el que se intentó anular la sentencia judicial. Esta apelación fue rechazada el 25 de mayo de 1934 y, dos años más tarde, el 23 de noviembre de 1936, la sentencia original fue confirmada. Barceló Lira fue fusilado el día 26 de noviembre tras la negación del indulto solicitado al presidente de la República Arturo Alessandri Palma.
Por él se convirtió en un testimonio que fue tomado como prueba en la ratificación de la condena a Barceló. Fue tanto el revuelo del libro, que tanto El diario ilustrado como la revista Sucesos, tomaron el texto y escribieron reportajes con distintas perspectivas sobre la verdad de los hechos.
Roberto Barceló, «se convirtió en el primer y único aristócrata al que se le ha aplicado la pena máxima en Chile«, explica Lina Meruane, en «Iris, la combativa» y en el cuarto condenado por parricidio en lo que iba del siglo XX.
Tiro violentamente la sábana que tapa ese bulto grande y descubro a mi criatura. ¡Horror! Tiene la mandíbula caída, las pupilas fijas y espantosamente dilatadas.. .Mi hija, tirada en el suelo, casi yerta, con los ojos abiertos que ya no miran, y que yo nunca jamás había visto en muerto alguno. Arrojada como una bestia en la calle, yacía en el suelo. Nadie enjugó su última lágrima.
(Por él, fragmento)