Ethel Smyth: La partitura que rompió ventanas

por Cristina Wormull Chiorrini

Compositora, sufragista, escritora y mujer que amó sin pedir permiso. En una Inglaterra que la quiso silenciar, Ethel Smyth escribió su vida como una sinfonía de rebeldía, deseo y creación. Esta crónica celebra su legado múltiple: desde los pentagramas hasta las cárceles, desde las cartas de amor hasta los himnos del voto femenino.

Nacida en 1858 en Marylebone, Londres, Ethel Mary Smyth desafió desde joven las expectativas impuestas a las mujeres victorianas. Su padre, general del ejército británico, se oponía a que estudiara música. Pero Ethel, con la obstinación de quien sabe que el arte también es destino, abandonó el hogar familiar y se formó en Leipzig, donde absorbió el romanticismo alemán y entabló amistad con Brahms, Grieg y Clara Schumann. Desde sus primeros compases, Smyth desafió el canon masculine que cuestiona la capacidad femenina para la composición musical. Der Wald (1903) fue la primera ópera escrita por una mujer en presentarse en el Metropolitan Opera House de Nueva York. The Wreckers (1906), considerada su obra maestra, aborda la traición y la justicia en una comunidad costera, mientras que The Boatswain’s Mate (1914) ofrece una protagonista femenina astuta y autónoma, en una ópera cómica que burla los estereotipos de género.

 Una vez le mostré una gran obra coral a Levi, el gran director de Wagner. Me dijo: “Nunca hubiera creído que eso lo hubiera escrito una mujer’. Le contesté: ‘No, y dentro de una semana no lo creerás’Ethel Smyth

En 1910, Smyth se unió a la Women’s Social and Political Union (WSPU), liderada por Emmeline Pankhurst. Entonces abandonó la música durante dos años para dedicarse por completo a la causa sufragista. Pero en 1911 compuso The March of the Women, con letra de Cicely Hamilton, que se convirtió en el himno del movimiento. En 1912, participó en una protesta donde más de 100 mujeres rompieron ventanas de políticos anti-sufragistas. Fue encarcelada en la prisión de Holloway, donde dirigía a sus compañeras cantando desde la celda, mientras agitaba su cepillo de dientes como batuta.

La celda es fría, pero el canto la calienta. Dirijo con mi cepillo de dientes, y cada nota es un acto de resistencia. Ethel Smyth

Ethel Smyth vivió su deseo como parte de su ética: sin ocultarlo, sin pedir permiso. A lo largo de su vida, mantuvo vínculos afectivos con mujeres mayores que ella, a quienes admiraba por su fuerza, inteligencia y singularidad. En sus memorias, lo reconoce con ternura: “Tal vez buscaba protección, pero también buscaba fuego. Y ellas lo tenían.”

Entre esas figuras destaca la emperatriz Eugenia de Francia, viuda de Napoleón III, con quien Smyth entabló una relación de afecto profundo y admiración mutua. Eugenia la protegió, la introdujo en círculos aristocráticos y la trató como igual, en una época donde eso era excepcional. Smyth la describe como “una mujer de temple imperial, pero de alma libre”.

También mantuvo una amistad intensa con Emily Davies, pionera en la educación femenina, y con Emmeline Pankhurst, líder del movimiento sufragista. Con ambas compartió no solo ideales, sino gestos de intimidad y complicidad. En sus cartas, Smyth deja entrever una pasión contenida, una ternura que desborda lo político.

“Con Emily, cada conversación era una sinfonía. Con Emmeline, cada protesta era un acto de amor.”

Su vínculo con Virginia Woolf fue más complejo: Smyth se enamoró de ella, y aunque Woolf no correspondió del mismo modo, mantuvieron una amistad rica en cartas, ironías y afecto. Woolf la llamaba “la generalísima”, y Smyth la describía como “una mente que baila con palabras”.

En medio de sus vínculos afectivos con mujeres hubo una figura masculina que desentonó con dulzura en su partitura emocional: Henry Brewster, escritor angloamericano, casado, filósofo y colaborador literario. Smyth lo conoció en Leipzig y lo consideró su gran amor masculino, aunque su relación fue más espiritual que física, más diálogo que cuerpo.

Juntos trabajaron en el libreto de The Wreckers, y durante años compartieron cartas, ideas y silencios. Brewster fue para Smyth una excepción luminosa, un interlocutor que no intentó domesticarla, sino acompañarla en su disonancia.

“Es más sencillo para mí amar mi propio sexo apasionadamente, que al tuyo. Pero contigo, la excepción se vuelve música”. Carta de Smith a Brewster

La ópera, escrita en francés por Brewster y musicalizada por Smyth, es una alegoría de la lucha entre ética y tradición, deseo y deber. En ella, los personajes creen que lo que hacen —lanzar barcos contra las rocas para sobrevivir— es justo. Esa tensión entre convicción y transgresión también habitó el vínculo entre Smyth y Brewster: una relación que desafió las convenciones sin romper la lealtad mutua.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, Ethel Smyth tenía 56 años. Aunque ya era reconocida como compositora y sufragista, decidió ofrecerse como voluntaria para colaborar en el esfuerzo bélico. Se formó como radióloga, una disciplina emergente en ese momento, y trabajó en hospitales militares atendiendo a soldados heridos.

Su servicio fue breve pero significativo: no solo por el gesto ético de sumarse a una causa humanitaria, sino porque marcó una pausa en su producción musical. La guerra la afectó física y emocionalmente. Su salud comenzó a deteriorarse, y la sordera progresiva que la acompañaría en sus últimos años se intensificó durante este período hasta, como Beethoven, dejar de escuchar.

“La música se volvió silencio, pero el deber me llamaba con otra voz.” Ethel Smyth, fragmento de diario.

Su obra literaria se volvió más introspectiva, más crítica, más libre.

Smyth escribió con la misma pasión con la que componía. Sus libros son testimonio de una vida vivida sin concesiones: En Impressions That Remained (1919): memorias en dos volúmenes,  narra su formación musical, sus amistades, la necesidad de reinventarse, el dolor, la pérdida  y sus luchas políticas;  Female Pipings in Eden (1933): es un ensayo sobre mujeres y música, denunciando la exclusión femenina en el mundo artístico; y en A Final Burning of Boats (1928): reflexiona sobre el envejecimiento, el deseo y la creación.

 

“Escribir es componer con palabras. Y a veces, también es romper ventanas.”

 En 1922, fue la primera compositora en ser nombrada Dama Comendadora de la Orden del Imperio Británico (DBE). Este título es uno de los más altos honores civiles otorgados por la monarquía británica, equivalente al de Sir para los hombres, y reconoce contribuciones excepcionales en las artes, la ciencia, la caridad o el servicio público.

En el caso de Smyth, fue una validación tardía de su obra musical, su activismo político y su valentía personal. Recibir este honor en 1922, siendo mujer, lesbiana, sufragista y compositora en una época profundamente conservadora, fue un acto simbólico de reparación institucional.

 “Me nombran Dama cuando ya no escucho la música que compuse. Pero escucho otras cosas: el eco de las mujeres que marchan, el rumor de las que aún no han sido oídas.” Ethel Smyth, en sus memorias

Murió el 8 de mayo de 1944 en Woking, Surrey. 

En 2020, noventa años después de componerla, recibió póstumamente un premio Grammy por The Prison, grabada en 1930. Su legado sigue resonando en pentagramas, libros y movimientos sociales.

Ethel Smyth escribió su vida como una sinfonía indomable. Fue compositora sin permiso, sufragista encarcelada, escritora lúcida y amante de mujeres en tiempos de censura. Su obra desafía los márgenes, celebra la disidencia y dignifica el deseo.

“Si he de ser recordada, que sea como una mujer que no pidió permiso para escribir su propia partitura.”

Y la encontramos hoy en el firmamento de las grandes  junto a figuras femeninas tan descollantes como Wendy Carlos y Fanny Mendelssohn

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