Globalización

por Mario Valdivia

Enciende el celular. La recibe la colorida interfaz invitadora de siempre, receptiva a los ojos, los dedos y la voz, que abre aplicaciones, operadores inteligentes, almacenes, bancos, servicios múltiples, información especializada, periódicos, sistemas de correo, comunicación y transporte, grupos sociales en las cuáles crea su identidad con textos, fotos, videos, música. A pesar de que está atenta, apenas percibe el poder ejercido sobre ella, que la motiva – permite – obliga a tomar determinadas acciones. No puede vivir sin la interfaz, salvo aislarse en un lugar periférico, condenarse al mundo pobre de una ´condición de calle´.    

Accede a uno de los centenares de plataformas disponibles. Un mundo de posibles interacciones con otros para comprar y vender, buscar toda la información existente, conversar e intercambiar experiencias, opiniones e intereses, conseguir transporte, ver cine, oír música, recibir lecciones de lo que sea enseñable… El poder ejercido sobre ella aumenta en forma apenas perceptible en la forma de las Constituciones y Leyes de cada una de las plataformas – mundos, los protocolos de los algoritmos mediante los cuáles puede interactuar en ellas, sus pasaportes e identificaciones, los sistemas de pago. El poder fuera de ritmo que ejercen los agentes estatales la hace percibir que el Estado Nacional existe en un plano de intersección vacía con las plataformas. 

Camina por su ciudad usando la infraestructura y servicios públicos y privados, para encontrarse con una urbe computarizada. Interactúa con un territorio penetrado por el cómputo, en el cual es posible hacer bien poco sin ponerse en manos de algoritmos de localización, orientación, anticipación, y sistemas de búsqueda, vigilancia, defensa, transporte, abastecimiento, goce. Es imposible vivir en la urbe sin enredarse al mismo tiempo en sistemas de computación universales que hacen de cualquier ciudad del mundo la suya, y han eliminado la diferencia con el territorio rural. Y se ha informado que en la ciudad operan sobre ella imperceptibles algoritmos bien diseñados, con información obtenida  de manera solapada por múltiple sensores de su conducta (y la ciudad a su alrededor). Un sistema circular que la entrena (a ritmo con los algoritmos) a saber lo que sabe, querer lo que quiere, hacer lo que hace, ser quién es, que pasa desapercibido. La urbe, convertida en la interacción universal territorio – computación, no hace acepción de fronteras, es continua sin interrupción en el planeta. ¿El Estado Nacional que dice ser el soberano del territorio?: en otro plano ontológico. Siente que son voces en las alturas.

No sabe de computación, pero está segura de que detrás de todo lo que hace en su celular, lo que es visible para ella, hay un enjambre de redes que conectan todo por detrás, fibras, cables, ondas, protocolos de inter – operatividad, sensores, sistemas de cómputo, algoritmos. Supone que debe pasar algo así para que sus experiencias ocurran en un espacio unificado con acceso desde un solo pinche celular, y encontrarse en la misma ciudad dondequiera que se desplaza en el territorio de la Tierra.  

Se le impone tratar de avizorar este sistema como poder, interrogarse sobre quién tiene el poder en él. No el Estado Nacional, es la primera respuesta que se le impone, clara como el agua. El mundo universal computarizado en el que vive es una nueva Realidad Geopolítica, nada que ver con la división del mundo en Naciones. Tampoco con las Naciones Unidas. El poder en él lo tienen los dueños de las redes que lo conectan todo, de los algoritmos, de las interfaces, de los mundos – plataformas, de los sistemas de interacción territorio – cómputo. Actúa en forma invisible como poder operativo, de hacer funcionar, agenciar, como la carretera que conduce nuestro desplazamiento en automóvil. Poder de manipulación que no obliga, prohíbe, convence, persuade, seduce, castiga, disciplina, nada más que un operar tras bambalinas, a menudo de manera invisible completamente a la vista, moldeando y habituando, imponiéndose sin imposición. No tanto el poder rimbombante de legislar, sino de ejecutar. Por eso, supone ella, el Estado Nacional se ve tan vacío de poder, tan anacrónico, y sus agentes, tan incompetentes, tan cuenteros. Tan aburridores.     

Ahora, como vive en un territorio con cobre y litio, tiene presente que debajo de todo están los minerales, el aire, el agua, el clima, la capacidad de trabajar de las personas. El sistema computacional global es un animal gazuzo que todo lo consume en cantidades descomunales. Pero su poder no está ahí, en esa suerte de  colateral indispensable. Tampoco en el capital, menos aún si este crece explotando el trabajo humano. El poder ya no trata de acumular, no crece acumulando – explotando, sino asegurando posiciones dominantes en las nuevas estructuras geo políticas del mundo antes de los demás. De alguna manera el capital también está enredado en el sistema, encadenado a sus recovecos como un colateral necesario.  

Me manda a decir por Whatsapp que en la Dulce Patria andamos en las nubes. A los políticos, convencidos de que tienen poder para gobernar el territorio, los manda la necesidad. Tienen más capacidad para embarrarlas que para hacer algo positivo. Chuta. Y encima me recomienda que lea a Benjamin Bratton. Mirevé. 

(No sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero encuentro que las mujeres se están subiendo por el chorro)

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