Ingratos, los dos.

por Jorge A. Bañales

El presidente Donald Trump y el milmillonario Elon Musk concluyeron su concubinato de conveniencia con un divorcio de telenovela que deja huérfano otro intento de podar la burocracia gubernamental.

Cuento repetido

En su discurso inaugural de enero de 1981, el presidente Ronald Reagan afirmó que “el gobierno no es la solución al problema, el gobierno es el problema”.

Una frase del santo patrón Reagan que ha sido inspiración de cuanto republicano y tanto conservador ha propuesto soluciones a todo tipo de problemas en Estados Unidos. Una frase, también, que han usado en el resto del planeta a políticos y votantes que le echan la culpa de casi todo a la burocracia y los empleados públicos.

Durante los ocho años de gobierno de Reagan la deuda nacional se triplicó pasando de 907.000 millones de dólares en 1980 a 2,6 billones en 1988, y el déficit federal creció en 1,4 billones de dólares. En ese período la fuerza laboral federal aumentó en unos 324.000 empleados y llegó a casi 5,3 millones de personas.

En marzo de 1993, apenas dos meses después de iniciar su presidencia el demócrata Bill Clinton anunció una Iniciativa para la Reinvención del gobierno y le encargó a su vicepresidente Al Gore la tarea de reducir el empleo público.
La tarea, dijo Clinton, consistía en “hacer que todo el gobierno federal sea menos caro y más eficiente, y cambiar la cultura de nuestra burocracia nacional”.

Aquel esfuerzo, conducido de manera metódica durante los dos mandatos de Clinton, eliminó unos 377.000 puestos de la burocracia federal.

Y dejó, en cambio, un crecimiento robusto del negocio de los contratistas y subcontratistas privados que, a un precio más alto, se hicieron cargo de las mil y una tareas que antes realizaban los empleados y las agencias gubernamentales.
En el período fiscal 2023 el gobierno federal asignó contratos a unos 109.000 contratistas con un valor total de aproximadamente 760.000 millones de dólares, lo cual representa un aumento de unos 33.000 millones de dólares desde el año anterior. El Departamento de Defensa, por sí solo, otorgó 37.092 contratos. El 95 % de esos contratos se ha otorgado a pequeñas empresas.

Aunque en el último medio siglo la población de Estados Unidos ha crecido en un 68 % y el gasto del gobierno federal se ha quintuplicado el contingente de empleados públicos federales se ha mantenido sin cambios mayores, no obstante lo cual la burocracia sigue siendo blanco favorito de las quejas, especialmente en temporada de elecciones.

Súper Elon

Donald Trump y Elon Musk intercambiaron elogios desde que el dueño de Tesla contribuyó más de 200 millones de dólares para la campaña electoral republicana en 2024, y parecieron estar en sintonía casi completa cuando emprendieron en enero su desmantelamiento del gobierno federal.

Musk, de 53 años de edad, se hizo cargo en enero pasado de un “Departamento de Eficiencia Gubernamental” (DOGE por su sigla en inglés), creado por el presidente Trump y al cual se le comisionó la poda implacable de la burocracia gubernamental.

En febrero, durante una presentación en Maryland ante la Conferencia de Acción Política Conservadora, Musk, padre de (al menos) 14 hijos y con dos exesposas y tres matrimonios en su historial personal, levantó en el aire una motosierra obsequiada por el presidente argentino Javier Milei.

Ése fue el símbolo de una gestión con la cual Musk prometió que reduciría en 2,3 billones de dólares el gasto gubernamental y con la cual, durante casi tres meses aterrorizó a los empleados públicos con despidos por miles y desbarajuste del funcionamiento de varias agencias.

Pero al término de su contrato de 90 días como “empleado especial de la Casa Blanca”, Musk había logrado ahorros por unos meros 180.000 millones de dólares. En el balance debe añadirse unos 132.000 millones de gastos por despidos y la cifra desconocida de gastos en abogados para responder al gran número de demandas de los damnificados.

“A pesar del historial de Musk en el logro de éxitos aparentemente imposibles –la revolución en el mercado de vehículos eléctricos, la reinvención de Twitter con una fracción de su personal anterior, y el envío de cohetes al espacio—la reforma de Washington terminó siendo una tarea demasiado compleja para el hombre más rico del mundo”, indicó un artículo del diario The Christian Science Monitor.

Diferencias irreconciliables

La insistencia de Trump en la aplicación de tarifas comerciales a casi todos los países y con un añadido para las importaciones desde China “causarán una recesión en la segunda mitad de este año”, escribió la semana pasada Musk en la red social X.

Los negocios de Musk en China y su actitud, en general, favorable a Beijing están centrados en torno a su compañía de vehículos eléctricos Tesla que opera una planta Gigafactory y una Megaplant de baterías en Shanghai. Tesla, además, depende enormemente de sus proveedores chinos de componentes y materias primas clave. El año pasado Tesla obtuvo un acuerdo por 2,8 billones de dólares con prestamistas en China para cubrir gastos de producción.
La conexión china de Musk no se compagina con la noción geopolítica de Trump según la cual China es el mayor y peor adversario de Estados Unidos.

Trump retornó a la Casa Blanca hace casi 150 días con un programa que incluía una ley de impuestos y gastos “gigante y bonita”. El ex Partido Republicano ahora Trumpista, controla ambas cámaras del Congreso no obstante lo cual la legislación, aprobada por mayoría de un voto, está estancada en el Senado.

La semana pasada, y cuando las tribulaciones en el dúo Trump Musk eran públicas, el milmillonario calificó la legislación como una “abominación repugnante (que) incrementará enormemente el ya gigante déficit fiscal a 2,5 billones de dólares e impondrá a los estadounidenses una deuda aplastante e insostenible”.

“En noviembre del año próximo echamos a todos los políticos que traicionaron a los estadounidenses”, agregó Musk insinuando que, en las elecciones legislativas de 2026, contribuirá a la derrota de los legisladores que dieron su voto a la legislación que cuenta con el apoyo de Trump.

Por su parte, el presidente Trump ha opinado que Musk “perdió la sensatez” y ha dicho que “no está particularmente interesado” en reconciliarse con el hombre al cual en el pasado describió como un genio sin par.
“No tengo intenciones de hablar con él”, dijo Trump en una entrevista telefónica con NBC News.

Eso sí, Trump advirtió que “habrá consecuencias graves” si Musk financia a candidatos demócratas que compitan con los republicanos que han votado por la ley.

En el ping pong de despechos y amarguras hubo un pelotazo de Musk que más irritó a Trump: el amo de Tesla sostuvo que, sin su ayuda, Trump no hubiese ganado la elección en noviembre de 2024.

Para un presidente que sigue negándose a aceptar que perdió una elección en 2020 y apenas ganó otra el año pasado, la sospecha de que un esteroide de 200 millones de dólares dio el ímpetu decisivo a su campaña presidencial es inquietante.

Y más teniendo en cuenta que, entre los votantes republicanos, Musk sigue siendo muy popular. Una encuesta reciente de YouGov Poll para The Economist, encontró que el 76 % de los republicanos tiene una opinión favorable de Musk. En abril, una encuesta de Siena College para The New York Times registró un 77 % de simpatía de los votantes republicanos para Musk.

Lo que el viento no se llevó (todavía)

Según el diario The Washington Post ya antes de que saltaran a la luz pública las querellas entre Trump y Musk, varios funcionarios colocados en puestos clave de DOGE el adalid de la motosierra habían iniciado el éxodo. Y en las agencias gubernamentales golpeadas por los despidos, la burocracia comenzaba a recuperar terreno.

Entre los que, según el diario, iban de salida se cuentan el supervisor de los esfuerzos de poda Steve Davis, el asesor legal de DOGE, James Burnham, y la asesora Katie Miller, que es la esposa del subsecretario de la Casa Blanca, Stephen Miller (quien es, a su vez, el promotor principal de las medidas contra los inmigrantes).

“Katie Miller trabaja ahora para Musk”, añadió el Post.

Elaine Kamarck, una académica del Instituto Brookings que estuvo al frente de la iniciativa de reforma gubernamental en la presidencia de Clinton, comentó que “DOGE pudo funcionar porque existía la percepción de que Musk estaba tan cerca del presidente que sus órdenes venían del presidente”. “Ahora es una situación diferente”, agregó.

Los agentes muskianos de DOGE encaran ahora la resistencia pasiva o el rechazo activo de los funcionarios de carrera en el gobierno, al tiempo que miles de despidos han quedado pendientes mientras las querellas siguen su trámite en tribunales.

Por ejemplo, a los agentes de DOGE se les prohibió el acceso a edificios de la Administración Federal de Aeronáutica Civil (FAA, por su sigla en inglés), a un centro de comando en Warrenton (Virginia), y la Academia de Tránsito Aéreo, en Oklahoma City. A cuatro empleados de DOGE se les retiraron las credenciales y las cuentas en los sistemas internos de computación de la FAA.

También te puede interesar

Deja un comentario