Josephine Baker: La sombra que baila en el Panteón

por Cristina Wormull Chiorrini

Viajar desde los sótanos de San Luis a reposar en el Panteón de Francia, no parece tarea fácil, pero la vida de esta mujer que vivió su infancia y adolescencia entre ruinas y creció para convertir el arte, el amor y la lucha en un gesto de emancipación, nos sorprende en toda su extension.

Josephine Baker nació como Freda Josephine McDonald el 3 de junio de 1906 en San Luis, Missouri, una ciudad marcada por la desigualdad racial y la violencia estructural. Hija de una lavandera afroamericana y un presunto padre blanco del que nunca supo el nombre, creció en un entorno empobrecido, durmiendo muchas veces en cajas de cartón o sótanos.

A los 8 años, comenzó a trabajar como criada en casas de blancos; a los 11, fue testigo de la masacre racial de 1917 en su ciudad natal, donde más de 40 afroamericanos fueron asesinados. Probablemente, esa herida colectiva moldeó su sentido de justicia social.

A los 15 años se había casado dos veces, aunque en ambos casos sus matrimonios no duraron más de un año y solo fueron una forma de escapar de la calles y la indigencia.

Entre la precariedad y la discriminación, Josephine descubrió el lenguaje de su cuerpo: comenzó a bailar en las calles por monedas, un gesto de supervivencia que sería también, sin saberlo, su primer acto de arte.

Un violinista tiene su violín, un pintor su paleta. Yo solo tenía mi cuerpo. Yo era el instrumentoJosephine Baker

En los años veinte, Josephine Baker comenzó a escalar desde los márgenes. Se unió a grupos como los Dixie Steppers y los Chocolate Dandies, donde su humor explosivo y su elasticidad corporal la distinguieron del resto. Su papel como corista en Shuffle Along (1921), una de las primeras revistas negras de Broadway, fue su primer gran paso; no era la protagonista, pero con su estilo irreverente robaba escena con una sonrisa y un espasmo de cadera.

La mujer más sensacional que nadie haya visto jamás. O que nadie verá jamás, Ernest Hemingway

En 1925, recibió una invitación para integrar la Revue Nègre en París. Allí, en una ciudad fascinada por la “negritud” como exotismo poscolonial, Josephine cautivó al público con una coreografía que combinaba lo tribal con la sátira, lo erótico con lo ridículo. Su famosa danza con la falda de bananas en el Teatro de los Campos Elíseos no fue solo espectáculo: fue también un espejo distorsionado del deseo europeo, una burla convertida en símbolo.

París la adoptó como musa de los años locos. Pintores como Picasso, escritores como Colette y diseñadores como Poiret la elevaron a ícono. Pero su presencia era también una provocación: una mujer negra, dueña de su cuerpo y de su mirada, bailando sobre las ruinas del colonialismo.

Seguramente llegará el día en que el color no signifique nada más que el tono de la piel y en que la religion sea vista únicamente como una forma de expresar el alma, Josephine Baker

Josephine Baker no amó según las convenciones. Se casó cinco veces, pero sus vínculos más profundos desbordaron el marco del matrimonio. Su vida afectiva fue tan diversa como su arte: hombres y mujeres, amantes y cómplices, hijos adoptivos y tribus elegidas.

Su primer matrimonio, a los 13 años con Willie Wells, fue una vía de escape de la pobreza. Luego vino William Baker, cuyo apellido conservaría como nombre artístico. Más tarde, Jean Lion, industrial francés, le otorgó la nacionalidad gala, clave para su rol en la resistencia. Con Jo Bouillon, músico y compañero de utopía, adoptó a doce niños de distintas nacionalidades: su “Tribu del Arcoíris”, un manifiesto viviente contra el racismo. Finalmente, Robert Brady, artista estadounidense, declaradamente gay, fue su último gesto de afecto: un matrimonio simbólico, sin romance, pero lleno de ternura.

Las cosas que realmente amamos permanecen con nosotros, encerradas en el corazón mientras la vida dure. Josephine Baker

Entre sus amantes más significativos estuvo Pepito de Abatino, su manager y arquitecto de su leyenda europea, que posaba de conde. También se le atribuyen relaciones con Frida Kahlo y Colette, mujeres que, como ella, desafiaban las normas de género y sexualidad.

Para Josephine, el amor fue un territorio de libertad. No buscaba pertenecer, sino expandirse. Y en esa expansión, tejió una red de afectos que desafiaba el racismo, el patriarcado y la heteronorma. 

Querida Josefina, me envías todo un jardín de flores. A cambio, llévate mi recuerdo amoroso, mis tiernos deseos, en esta viejísima hoja que tanto tiempo guardo que es amarilla. Estos papeles sentimentales me agradan más que los corazones sensibles, los niños y los poetas. Por eso pongo esta sábana en tus manos y te beso. 

Tu viejo amigo. Colette (carta a Josephine)

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Josephine Baker ya era ciudadana francesa gracias a su matrimonio con Jean Lion. Pero no fue solo una artista comprometida con su país adoptivo: fue también una agente encubierta al servicio de la inteligencia militar francesa, reclutada por el capitán Jacques Abtey, quien se hizo pasar por su secretario durante las misiones.

Su fama le abría puertas que estaban cerradas para otros. En fiestas diplomáticas, embajadas y recepciones de alto nivel, escuchaba conversaciones estratégicas entre oficiales del Eje y simpatizantes colaboracionistas. Esa información la memorizaba o la anotaba en partituras musicales con tinta invisible, que luego escondía en su equipaje o cosía a su ropa interior.

Durante sus giras por España, Portugal y el norte de África, transformó sus conciertos en misiones de inteligencia. En Casablanca, incluso desde una cama de hospital—tras una grave infección intestinal—continuó recibiendo diplomáticos y recopilando datos sobre la presencia nazi en Marruecos.

Fue nombrada subteniente de las Fuerzas Femeninas del Aire y actuó para las tropas aliadas en Argelia y Marruecos. Por su valentía, recibió la Legión de Honor y la Croix de Guerre, dos de las más altas condecoraciones militares francesas

He entrado en los palacios de reyes y reinas, y en las casas de presidentes. Pero no podía entrar en un hotel en América y pedir una taza de caféJosephine Baker

Después de la guerra, Josephine Baker regresó a los Estados Unidos con una fama consolidada y una convicción aún más firme: luchar contra el racismo que la había expulsado en su juventud. En los años 50 y 60, se negó actuar en locales segregados, exigiendo igualdad de trato para el público afroamericano. Su postura le costó contratos, pero también la convirtió en referente moral.

En 1963, fue la única mujer que tomó la palabra durante la histórica Marcha sobre Washington, compartiendo escenario con Martin Luther King Jr. vestida con su uniforme militar francés y condecoraciones al pecho, habló de su infancia en la pobreza, de la humillación racial, y de su esperanza en una América más justa.

Su activismo no se limitó a los discursos. En su castillo de Milandes, en el sur de Francia, creó un espacio de convivencia multicultural con sus doce hijos adoptivos. Allí, el amor era una pedagogía política: un hogar donde la diferencia no era amenaza, sino riqueza.

Aunque en sus últimos años enfrentó dificultades económicas y de salud, nunca dejó de actuar ni de alzar la voz. Su vida fue una coreografía de resistencia: desde el cabaret hasta la tribuna, desde la tinta invisible hasta el micrófono encendido.

El 30 de noviembre de 2021, Josephine Baker se convirtió en la primera mujer negra (solo hay seis mujeres en el Pantéon) en ingresar simbólicamente al Panteón de Francia, el mausoleo laico donde reposan las grandes figuras de la historia nacional: Voltaire, Victor Hugo, Marie Curie, Simone Veil.

Las cinco mujeres que reposan en el Panteón de Francia son: Joséphine Baker, Simone Veil, Geneviève De Gaulle-Anthonioz, Germaine Tillon, Marie Curie y Sophie Berthelot.

La decisión fue anunciada por el presidente Emmanuel Macron, quien destacó que Baker “llevó en alto el lema de la República: libertad, igualdad, fraternidad”. Su féretro simbólico—pues sus restos permanecen en Mónaco, por decisión familiar—fue acompañado por tierra de San Luis, París, Milandes y Mónaco: los territorios que marcaron su vida múltiple.

Durante la ceremonia, se evocaron sus múltiples rostros: la artista que deslumbró a París, la espía que arriesgó su vida por la libertad, la madre que construyó una utopía familiar, la activista que alzó la voz en Washington. Su ingreso al Panteón no fue solo un homenaje individual, sino un gesto político y cultural: una mujer negra, nacida en la pobreza, convertida en símbolo de la Francia universal

No pidió entrar al Panteón/Ella ya vivía en la memoria/Pero Francia, por fin/

le abrió las puertas de mármol/a quien ya había abierto/las de la historia. 

No fue estatua/. /Fue tambor, fue beso, fue frontera/ Y ahora, bajo la cúpula/su sombra baila todavía.

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