Allá arriba en la colina,
se dibuja la casa amarilla de entonces,
como nuestro paraíso sobre la tierra.
Acodados en sus ventanales
contemplábamos absortos:
el mar vestido de espuma,
un botecito a lo lejos,
una pareja en la playa,
cascos de caballos que corren.
La casa festejaba en primavera
la visita de poetas peregrinos.
que jugaban con nosotros
a la chiflota, al bridge, a la canasta,
al punto y banca, al póker,
a la veintiuna, a “el perro colorado”.
Vagabundos recitando poemas
¡poetas jugando solitarios
contra la muerte!
Hojas amarillas caen arremolinadas,
mariposas peregrinas se tambalean
en el vaivén del viento,
un pajarillo que canta,
un mantel sobre el prado,
un canasto con empanadas.
Un casto humo azul cubre la tierra
y en la casa allá en lo alto,
¡una doncella divaga!
La tarde se recuesta entre los cerros,
con la soledad de los pájaros
y me pregunto donde estarán
las bellas muchachas que bailaban con nosotros
al ritmo del Cha cha chá.
Ahora un gran silencio invade
la casa abandonada allá en lo alto de la colina,
mientras,
¡el otoño de nuestras vidas, avanza!