La traición infinita

por Frank Kotermann
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Las recientes revelaciones contenidas en un extenso e inédito audio del exministro de Salvador Allende, Orlando Letelier, grabadas en un cassette luego de su reclusión en Isla Dawson y otros centros de detención, no hacen más que reforzar la felonía y miseria humana de Augusto Pinochet que genuflexo y servil juró hasta última hora lealtad al Presidente y a su predecesor comandante en jefe Carlos Prats.

Ciertamente el corolario más brutal que contrasta con el relato pausado de quien fuera canciller, ministro de Defensa y del Interior durante el gobierno de la Unidad Popular, es su brutal asesinato el 21 de septiembre de 1976, mediante una bomba instalada en su automóvil, activada por control remoto cuando se desplazaba junto a su ayudante Ronni Moffit por la Avenida Massachusetts de la capital de Estados Unidos.

La odiosa desmesura de quien intentaba legitimarse como el más feroz mando uniformado ante sus pares golpistas la mañana del 11 de septiembre de 1973 quedó grabada para la historia y ha marcado su emblemática imagen a lo largo y ancho del planeta.

Todos los intentos del presidente Allende por desbaratar la conspiración golpista en marcha, incluida la próxima convocatoria a un plebiscito y el llamado a retiro de los principales mandos uniformados involucrados en la sedición fueron conocidos y compartidos con Pinochet. Ello explica la evidente sorpresa del mandatario al constatar su evidente traición y aquel gesto con sus dedos, ya relatado por su cercano colaborador Joan Garcés, repitiendo “tres traidores, tres traidores…

El prolijo relato que se escucha en la serena voz de Orlando Letelier en la referida grabación perfila bien el agudo y grave contexto politico institucional que antecedió aquel 11 de septiembre y desnuda las miserables conductas previas de algunos de sus protagonistas más allá de Pinochet, como ocurrió en la Armada con los almirantes José Toribio Merino y Patricio Carvajal, bloqueando el mando constitucional del comandante en jefe Raúl Montero.

Las revelaciones conocidas después de medio siglo no hacen más que confirmar la evidente desesperación de Pinochet para legitimarse brutalmente ante sus pares en el mando uniformado. Ocurría en los mismos momentos del bombardeo a La Moneda planificado por el comandante en jefe de la FACH, Gustavo Leigh, transformado desde entonces en una piedra en el zapato para el aspirante a dictador, que terminaría “operándose” del aviador con su destitución el 24 de julio de 1978.

Como traidor consumado desconfiaba de sus propias sombras, intentando ocultar sus complejos de mediocridad y obsecuencia con sus superiores. Ellos ya no existirían más, salvo el proveniente del control déspota y exigente de Lucía Hiriart.

Si la conspiración original para derrocar el gobierno constitucional la había liderado un grupo de generales, ahora subordinados suyos, poco demoraría en anularlos. Partió con el simbólico Sergio Arellano Stark, designado como delegado especial para “administrar justicia” a los prisioneros “de guerra” a lo largo del país, en el memorable y funesto recorrido de la “Caravana de la Muerte”, con el resultado de un centenar de ejecuciones sumarias.

Pasó a retiro voluntario el 4 de enero de 1976. Como su comandante en jefe, libraría de las condenas por sus crímenes de lesa humanidad, refugiado en la demencia, en su caso diagnosticada como “mixta y multifactorial

El general de Brigada Augusto Lutz era jefe del Servicio de Inteligencia Militar del Ejército y, como tal, participó activamente en las operaciones del 11 de septiembre de 1973. Admirador de la trayectoria profesional del general Carlos Prats, se conmovió profundamente con el brutal asesinato junto a su esposa perpetrado en Buenos Aires a fines de septiembre de 1974 y desconfió de las presuntas responsabilidades de Pinochet tras su conducta después del horrendo crimen.

 Lutz asistió a la Junta de generales realizada en octubre de 1974. Lo hizo marcado por la decepción y amargura provocada por los recientes sucesos y, como hombre formado en la inteligencia militar, concurrió con una grabadora oculta en su guerrera. Fue entonces cuando registró la furia de Pinochet que golpeando la mesa gritó: ”¡Señores, la DINA soy yo!…¿alguien más quiere pedir la palabra?”. Desdejulio de aquel año era jefe de la V División del Ejército, con sede en Punta Arenas y comunicó a su familia la voluntad de renunciar irrevocablemente a la institución.

Aún en el extremo austral, después de un cóctel, debió ser hospitalizado por molestias intestinales, supuestamente producto de una úlcera. Fue operado y la cirugía derivó en septicemia tras un errado diagnóstico. El Ejército se hizo cargo, internándolo en el Hospital Militar de Santiago, siendo intervenido quirúrgicamente en repetidas oportunidades. El 28 de noviembre de 1974, a los 51 años de edad, se comunicó su defunción. Se abrió un sumario, sin resultado conocido.

El general Oscar Bonilla había destacado abiertamente como conspirador, contrariando el mando de Carlos Prats cuando Pinochet apostaba al éxito de su entonces comandante en jefe. Fue protagonista del golpe de Estado desde el Regimiento de Telecomunicaciones en Peñalolén. Asumió prontamente como ministro del Interior de la Junta Militar y el 11 de julio de 1974 Pinochet lo designó ministro de Defensa Nacional. De reconocido liderazgo e iniciativa en el mando, tras escuchar algunas denuncias de irregularidades se presentó en helicóptero en la Escuela de Ingenieros Militares de Tejas Verdes exigiéndole a su entonces comandante, coronel Manuel Contreras, que le mostrara los calabozos con detenidos. Allí constató la gran cantidad de hombres desnudos, amarrados y con evidentes secuelas de torturas. Procedió entonces a la destitución de Contreras, anunciándole que el subcomandante asumiría el mando de la unidad y que él sería sometido a proceso interno. Ciertamente aquello no ocurrió y poco después, el 3 de marzo de 1975, el helicóptero que lo trasladaba a Santiago cayó luego de despegar. El general Bonilla tenía 56 años cuando falleció.

 

El coronel Manuel Contreras se transformaba en incondicional hombre de confianza de Augusto Pinochet y sería su mano derecha para las operaciones de exterminio perpetradas por la DINA durante los años más cruentos del regimen civil militar.

Lo que marcó el resto de la existencia de Augusto Pinochet es coincidente con las luces y sombras del ocaso de la dictadura y su vergonzante herencia como senador vitalicio en el condicionado retorno a la democracia. Favor concedido que estropeó con la torpeza de su desgraciado viaje a Londres y el regreso burlesco a territorio nacional después de 503 días de lloriqueo personal e histeria de sus incondicionales civiles.

Ya nada sería igual para el entorno de impunidad a que apostaron Pinochet y Contreras. Entonces fue El Mamo, caído finalmente en desgracia y sometido a los tribunales de justicia que siempre despreció, el que pasó la cuenta a quien le había prometido protección infinita. En noviembre de 2005, por orden del ministro Víctor Montiglio, fueron sometidos a un careo, donde aquel incondicional subalterno de los años gloriosos recibió de la medicina traidora que marcó la existencia de Pinochet desde aquel 11 de septiembre de 1973. El careo tuvo lugar en el Club Militar de Lo Curro, en el marco del caso Operación Colombo y el gusto amargo quedó registrado en el lamento estéril del carnicero de la DINA, la que según el augusto mentiroso nunca dependió de él sino de la honorable junta militar. Un ya vapuleado Contreras lamentó que ”el general Pinochet dejó botados a los del Ejército” y de poco le sirvió enrrostrarle en aquel último cara a cara:  “Yo mandaba en la DINA, pero lo que usted me ordenaba”.

Contreras falleció el 7 de Agosto de 2015, con 86 años de edad, cumpliendo 59 sentencias en el penal Punta Peuco, que sumaban una condena efectiva de 529 años de cárcel, agregados los siete años que debió cumplir por el asesinato en Washington de Orlando Letelier y Ronni Moffitt.

Su augusto mandamás había partido mucho antes, el 10 de diciembre de 2006, eludiendo por su oportuna demencia senil, las eventuales condenas de 300 cargos penales por crímenes de lesa humanidad. Algo que no quitó el sueño a los admiradores y favorecidos con las fabulosas privatizaciones tras aquella gesta libertaria del 11 de septiembre hace medio siglo.

Más entusiastas son aquellos que hoy se agrupan empoderados en las huestes republicanas lideradas por José Antonio Kast y apuestan a un futuro gobierno que reivindique el legado de Augusto José Ramón. Poco importa la millonaria defraudación fiscal y las cuentas en paraísos fiscales que atormentan hoy a los potenciales herederos de Pinochet y Lucía Hiriat.

Son las vueltas de la vida en el sendero de una traición infinita que no termina de rodar desde hace medio siglo

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