El lunes pasado visité a mi amigo el escritor caravaqueño Pepe Blanc. Fuimos a su refugio en la localidad de Benamor, donde habitualmente se retira a meditar. Benamor lleva el nombre de un curso de agua del sureste de la península ibérica, afluente del río Alhárabe que atraviesa la comarca de Moratalla en la región de Murcia. Una casa construida en el siglo XIX por su abuelo paterno. No dispone de luz. Flanqueada por quebradas, bosques, arroyos y muchas historias, convierte el lugar en un amparo ideal para recargar esa energía llamada vida. Por la noche dormí en Caravaca de la Cruz, en la región de Murcia, en el convento que fundó San Juan de la Cruz (1542-1591). Retumba en mis oídos el sonido del silencio. Puedo oler hasta el cansancio, mis piernas y los dedos los muevo sin ayuda, un privilegio; soy capaz de dar un apretón de manos, tocar el frío y sentirlo, y a través de mis ojos contemplar una tierra hermosa, fértil, magníficamente apasionante. Estando ahí entre piedras, recuerdo esos versos de San Juan de la Cruz leídos en la enseñanza media: En su claridad nunca es oscurecida / y sé que toda luz de ella es venida / aunque es de noche. Es la vida ¡qué grandioso privilegio! En Benamor, mientras mi amigo preparaba unas “migas ruleras” para almorzar junto a nuestras amigas Encarnación Sánchez y Ana Escarabajal, me dijo que una vez escuchó que, como a la comida, a la vida, a las conversaciones y las relaciones, les puede faltar ese aderezo llamado tiempo. Qué simple, pero qué tremendo a la vez que nos falte ese condimento para vivir donde muchas veces confundimos valor con precio.
Escribo esta nota porque no solo quiero mirar profundamente a mi alrededor, dormir horas, ser más afectuoso o amable. No solo quiero escuchar jazz con los ojos cerrados y el corazón abierto, y correr a los brazos de la mujer que me fascina y la hija que amo. También quiero olvidarme de mis metas por un instante y dejar que el viento me lleve, quiero permitirme todas las locuras reprimidas, subirme a una roca en aquellos Andes alucinantes a mirar el cielo sin reloj, quiero vivir bien y mal. Sentir la rabia para conocer la calma, abandonado para conocer la compañía, esperar para el reencuentro, hoy quiero perderme en mis pensamientos, reconocer lo que soy y lo que no, transformarme, disfrazarme para crecer nuevo y real, sin construcciones ajenas a lo que realmente es mi esencia.

Es cierto, “La vida para vivirla”, nada nuevo, pero cuánta verdad hay en esta frase. ¿Quién de nosotros da a un desconocido, a una desconocida sin esperar retribución? Lo desconocido asusta, la oscuridad, la incertidumbre. Más allá de lo lindo que parece ser este relato y esta declaración, en lo cotidiano no nos atrevemos a dar ese paso. Todos cargamos mochilas; grandes, medianas o pequeñas. Pero son nuestras mochilas y nos pesan según nuestro tamaño de afecto que llevemos como reserva para la vida y para compartir.
Ayer leí un artículo relacionado con psicopedagogía y neurociencias, que me dejó pasmado. Fue inevitable pensar en mi hija adolescente y sus amigas, sus compañeros de curso. Los jóvenes de hoy están perdiendo esa capacidad de narrar, de contar historias, de poner palabras en lo que les está sucediendo como experiencia. Cuando no podemos poner palabras a lo que sentimos, a lo que nos hace daño, nos conduce al aislamiento y dolor más profundo que nunca quisiéramos que nuestras hijas vivieran cuando faltan las palabras para nombrar. No lo digo yo, lo dice el estado del arte y la literatura disponible relacionado con la disminución de lectura en adultos como adolescentes. Cuando esto sucede, las palabras que conocemos merman; el lenguaje y la capacidad de comunicar se estrechan. Y el silencio ya no es meditación, es una cárcel.

Escuchemos a esos hombres y mujeres; niños y niñas, jóvenes que algo tienen que decirnos. Escuchemos las quebradas, bosques, arroyos e historias para recargarnos de esa maravillosa energía llamada vida. Leamos a los poetas, no permitamos que el misterio de la existencia deje de estremecernos cada día, porque es el costo más alto que podemos pagar por nuestra necedad y nuestra omnipotencia, y eso es la muerte en una sociedad que nos mantiene en el límite de la supervivencia. Que totaliza y dictamina la falta de tiempo y de afectos, se vive como una supervivencia irritable. En estos tiempos estamos demasiado muertos para vivir y reconocemos con pavor, que estamos demasiado vitales para morir. Solo quiero ser más cuidadoso para no dejar de experimentar ni un solo silencio, ni una sola mirada, ni un suspiro, no quiero perderme de nada. Que la muerte no nos hiera en vida, que la ferocidad no nos pueda el alma, que nada troque nuestra dicha de estar despiertos, que una caricia nos atraviese como una flecha jubilosa y radiante. Besemos a los que amamos. ¡amémonos! La vida, para vivirla.
(*) Foto de entrada: Pelicula “Claroscuro” (1995) basada en la vida del músico David Helfgott
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