Las claves de la victoria del candidato republicano. ¿Un nuevo “clivaje”?

por Marcelo Contreras

El triunfo de José Antonio Kast en segunda vuelta presidencial fue rotundo, aunque nada de sorpresivo. La suma de votos alcanzados por los tres candidatos de las derechas en primera vuelta (Kast, Kaiser y Matthei) superaban el 50 %, en tanto que Jeannette Jara, la postulante del progresismo, pese a imponerse en primera ronda, partía de un modesto 26.85 %. La contienda final se centró entonces en captar el voto no frecuente, así como el sorprendente 15 % logrado por Franco Parisi. Rápidamente el candidato republicano logró el apoyo de toda la derecha, incluyendo a Demócratas y Amarillos, y tan sólo debía conquistar un pequeño porcentaje de los votos de Parisi para afianzar su victoria. Kast avanzó 8 puntos del piso con el que partía para llegar al 58 % de los votos, en tanto que Jeannette Jara alcanzó un 42 %, avanzando 15 puntos (algo ciertamente notable para una candidata que debió enfrentar un arraigado anticomunismo, facilitado por el viento en contra que aportó la dirección del PC, incómoda con Jara desde su misma proclamación y abiertamente disidente de la ortodoxia comunista).

Son varios los factores que inciden en este giro político del país, algo nada ajeno a la ola ultraderechista que recorre el planeta. Es un fenómeno que viene de lejos. Con alguna razón, Pablo Longueira describió el triunfo de Kast como el de la generación de Jaime Guzmán. Tanto José Antonio Kast como su círculo más cercano fueron discípulos del exsenador y lider de la UDI asesinado en democracia. Y son hijos políticos del régimen militar, al que apoyaron con fervor, reivindicando aún su legado. Renunciaron a la UDI por divergencias ideológicas para formar el partido republicano, con el firme propósito de disputar la hegemonía de la derecha a Chile Vamos, imputándole finalmente ser “una derecha cobarde” y negándose a participar en primarias, sosteniendo que tenían proyectos políticos decisivamente diferentes. Una estrategia que se demostró exitosa a nivel presidencial, aunque tuviera costos parlamentarios, privando a las derechas de la posibilidad de conquistar una mayoría decisiva en el poder legislativo. Se demoraron treinta y cinco años para ganar esa hegemonía y alcanzar finalmente la presidencia de la república, en el tercer intento del líder republicano.

Pareciera que el principal éxito la derecha triunfante fue convencer a la mayoría de los chilenos que el país se caía a pedazos, enfrentado una extrema crisis económica, social y de seguridad, pese a que los datos duros lo desmientan rotundamente. Así, obsesivamente, la campaña del candidato republicano se basó en la clásica receta electoral de la ultraderecha a nivel internacional, prometiendo expulsar a los 330.000 inmigrantes ilegales que se encuentran en el país (a los que ha “invitado” a salir voluntariamente antes del 11 de marzo, ¿financiando su pasaje de retorno?) y cerrar las fronteras. Reducir en 6000 millones de dólares el presupuesto fiscal (sin precisar, hasta ahora, cuales serían los ítems por eliminar), y despedir a más de 100.000 funcionarios públicos. Y, por cierto, aplicar mano dura a la delincuencia, el crimen organizado y sectores violentistas. Pero su mensaje central fue el de sacar del poder a la izquierda e impedir que una militante comunista, heredera de la gestión del actual gobierno, ganara la presidencia.

Se reitera que la elección de Kast marca un nuevo clivaje en la política nacional que reemplaza al del plebiscito de 1988. Este nuevo clivaje sería el del resultado del primer proceso constituyente, en donde se impuso la opción por el rechazo, con un 62 % de los votos. Pero no son los mismos guarismos de la reciente elección, en donde el conjunto de la derecha alcanzó un 58 % de los votos. Sin olvidar que, en el segundo proceso constituyente, dominado por la oposición ya liderada por republicanos, se impuso nuevamente el rechazo, por cifras similares. Así entonces, la lectura más apropiada podría basarse en la teoría del péndulo, que ha marcado las cuatro últimas elecciones presidenciales, en donde, al igual de lo que sucede en la mayoría de los países, es cada vez más difícil que un gobierno pueda proyectarse en una administración de su mismo signo político.

Las primeras señales del presidente electo

Como es tradicional en nuestro país, a poco más de una hora de cerrarse las mesas de votación, la candidata del oficialismo reconoció su derrota y llamó al candidato triunfante para felicitarlo. Otro tanto hizo el presidente de la república. Y a las ocho de la noche se dieron a conocer los cómputos finales que marcaban un inédito triunfo del candidato de la ultraderecha y una de las mayores derrotas de las fuerzas progresistas desde el retorno a la democracia.

Javier Milei, el mandatario argentino, fue el primero en felicitar a su cercano Kast. Otro tanto hizo Marco Rubio, secretario de estado de los EE. UU. A ellos se sumó Giorgia Meloni, primera ministra de Italia, así como la mayoría de los presidentes latinoamericanos, con la excepción de Gustavo Petro, el mandatario colombiano, que críticó en duros términos el perfil político e histórico del triunfador, obligando a una nota de protesta de la cancillería chilena. Naturalmente, quién se sumó a estas críticas, fue Nicolas Maduro, con duras advertencias al presidente electo, que fueran replicadas por Kast, afirmando que provenían de un “narco dictador”. Nada muy sorprendente en materia protocolar.

Tan sólo un día se demoró José Antonio Kast en organizar un viaje relámpago a Argentina, acompañado por parte de su círculo de hierro y dirigentes empresariales, para reunirse con Milei, prometiendo estrechar los lazos de cooperación política y económica entre ambos países, no dudando en fotografiarse con su congénere trasandino y la clásica motosierra con la cual Milei ha prometido atacar los males en su país y que, en el tono conciliador con que ha venido manifestándose el ahora presidente electo, intentó justificarse con alguna incomodidad.

Abiertamente Kast tiene prisa para poner en marcha su llamado gobierno de emergencia. A partir del lunes se instaló en la llamada “moneda chica”, en Las Condes, con la promesa de designar su futuro gabinete antes del 15 de enero. Un elenco que debiera entregar señales claras respecto de la orientación y prioridades de la nueva administración. Durante los primeros 90 días se debieran traducir en las primeras medidas por el equipo económico y técnico que lo viene acompañando desde su extensa campaña.

 Sin embargo, no será tarea fácil componer ese elenco, si pretende trascender sus huestes republicanas y adláteres, adjuntando el arco político más diverso que lo acompañó necesariamente en la vuelta final, con el que han existido marcadas distancias y diferencias, al menos, discursivas. No puede olvidarse que están lejos de constituir una coalición (como lo propone Pablo Longueira) y que tanto la primera vuelta, como la propia elección parlamentaria, dejaron heridas muy difíciles de cicatrizar (partiendo por la desaparecida Evelyn Matthei). Y que el 58 % de los votos alcanzados por Kast en segunda vuelta representa un capital político, a condición de que puedan convertirse en una mayoría con alguna coherencia activa. Sin olvidar que esa no es la correlación de fuerzas a nivel parlamentario, en donde el nuevo gobierno debe buscar mayorías circunstanciales para hacer avanzar su agenda legislativa. Y no todas sus promesas de campaña (y aquellas que aún no ha explicitado) generan consensos muy amplios.

Todo hace prever que el próximo gobierno tendrá una corta “luna de miel” o periodo de gracia. Con una oposición activa, que hoy procesa el cambio político del país y un   impredecible Partido de la gente (que ha prometido hacerle la vida imposible al nuevo gobierno), así como un movimiento social, en estado de alerta en defensa de sus conquistas. Mientras corra el tiempo para las fuertes expectativas generadas por los acentos de sus promesas de un gobierno de emergencia.

Las lecciones de una derrota para el progresismo

Uno de los mensajes de Jannette Jara al reconocer su derrota estuvo dirigido a los sectores que apoyaron su postulación para mantener la unidad, como el único camino para avanzar. La otra afirmación relevante es que es en la derrota cuando más se puede aprender. Pero no parece posible mantener intacta, en los términos básicos de una campaña presidencial, la actual coalición que se formó tras su candidatura. Al menos sin pasar por un intenso proceso de autocrítica y reflexión respecto de los desafíos de futuro. Un proceso que involucra a todos sus actores por igual. Al Partido Comunista y la más que soterrada pugna entre sus corrientes internas. Al propio socialismo democrático, que fuera derrotado en las primarias oficialistas y que hoy es más una etiqueta que una realidad política. Al Frente Amplio, que algunos insisten en apuntar como los principales derrotados. A la DC, que enfrenta complejas definiciones de cara al futuro. Y, por cierto, aquellos partidos que han perdido su estatuto legal tras no alcanzar una representación parlamentaria suficiente.

Las derrotas son duras de asumir. Y los procesos de autocrítica no están exentos de tentaciones de autoflagelación, división o dispersión, así como de la búsqueda de chivos expiatorios que no ayudan a un adecuado diagnóstico. Hay derrotas que permiten avanzar, a condición de aprender de los errores y las falencias, y otras que simplemente llevan a una larga travesía por el desierto.

Es más que evidente que el progresismo ha sufrido no tan solo una derrota electoral, sino también política y cultural. Ha perdido la representación de sectores populares y juveniles que tradicionalmente se reconocían como progresistas y que hoy votan por la derecha o la ultraderecha. Las razones de esta derrota son múltiples y complejas y requieren de un extendido proceso de diálogo, escucha y reflexión. Que nadie diga que es fácil.

Chile ha cambiado muy profundamente en los últimos treinta o cuarenta años y los sectores progresistas no parecen haber comprendido o asimilado como estas transformaciones han impactado en la conciencia social del país. Existe una clara disociación y una crisis de representación entre el mundo político y social, que parece indispensable y urgente recomponer, sin despreciar los efectos de un cambio de época que trasciende obviamente nuestras estrechas fronteras territoriales.

El progresismo, al igual de lo que sucede con la derecha tradicional, está desafiado a un profundo proceso de renovación teórica, política, orgánica y programática, también de sus liderazgos, que le permitan enfrentar la batalla cultural que impulsa la extrema derecha.

La reciente elección pone a las fuerzas progresistas en la oposición. Un rol que bien puede ser transitoria, a condición de cumplirlo con rigor. El de una oposición firme pero constructiva. Con propuestas y capacidad de diálogo y voluntad de construir acuerdos que beneficien a la mayoría del país.

No son desafíos menores, pero allí se juega su capacidad de construir verdaderas alternativas de futuro.

También te puede interesar

Deja un comentario