Los balcones de García Márquez.

por Karen Punaro Majluf
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Adentrarse en las calles de la Ciudad Amurallada en Cartagena de Indias es como caminar por las letras de una novela del Premio Nobel. Paradójico resulta entonces constatar la ausencia de referencias directas a él, imágenes suyas o de sus creaciones en los puntos más turísticos que relatan la historia del balneario, siendo que esta ciudad es fundamental en su mundo literario.  

Tras caminar por las calles de Cartagena de Indias y buscar afanosamente alguna historia de Gabriel García Márquez, percibí que no existe alusión alguna al escritor, que es imposible hallar algún recuerdo del Premio Nobel y que los lugareños evitan hablar de él. Parece un relato de ficción, sabiendo que son los recovecos de este puerto caribeño los que inspiran gran parte de su imaginario narrativo y que caminar por la Ciudad Amurallada es un símil de adentrarse en una novela del colombiano y vivirla en carne propia.

Fue Jesús, un taxista y guía turístico quien se atrevió a contar la verdad sobre la relación de García Márquez y Cartagena de Indias: “acá no lo queremos”, dijo para luego entregar las razones del desdén.

La casa de los Buendía

En Vivir para contarla (2002), García Márquez narra en primera persona la historia de su vida, el tortuoso camino que recorrieron sus padres antes de casarse (que dio vida a la novela El amor en los tiempos del cólera); la relación con sus abuelos –el coronel que inspiraría al personaje de Aureliano Buendía-, la  crisis que provocó la compañía bananera –la misma que aparece explicada en Cien años de soledad-; la costumbre de su hermana de comer cal de las paredes –al igual que el personaje de Rebeca Buendía- o la importancia que tuvo la casona familiar en donde historias de vivos y muertos se entremezclaban con aromas de cazuelas y hierbas que tenían una constante remembranza a un pasado mejor.

La casa que construyeron los Buendía en Macondo partió siendo un habitáculo de barro y cañabrava que albergó a José Arcadio y su esposa Úrsula, el pequeño primogénito y al bebé que nació con los ojos abiertos y capacidades premonitorias.

La morada fue creciendo con el tiempo al igual que la familia, llegando a albergar a varias generaciones que sobrevivieron durante cien años. Sus pasillos olían a albaca y romero, sus ventanales dejaban entrar la luz de la mañana y en los salones se escuchaba durante las noches la música de la pianola que instaló el italiano Pietro Crespi.

Esperando encontrar una casa similar a la de los Buendía es que recorrí Cartagena de Indias, pues García Márquez se hizo de una mansión en una de las esquinas de la Ciudad Amurallada. La enorme construcción de tres pisos llama la atención por su imponente estampa y color ladrillo, siendo totalmente disonante a la arquitectura colonial del resto de los palacetes.

Él se compró esa casa y la destruyó. Le sacó los balcones rompiendo con la estética de la ciudad. Los cartaginenses nos sentimos muy ofendidos con su actitud despectiva”, parte comentando Jesús, quien además afirmó que ese desprecio por lo patrimonial también lo manifestaba con el pueblo.

Según el relato de este experto conocedor de la historia de la ciudad, el autor se negaba a dar autógrafos a los lugareños, a no ser que se tratara de firmar uno de sus libros. Sin embargo, dentro de la Ciudad Amurallada es posible encontrar un pequeño hotel, de paredes blancas y ventanas con marcos celestes, que pertenece a la familia de García Márquez y que expone la primera edición de Cien años de soledad con una dedicatoria para sus queridos vecinos.

Francis Drake atacó Riohacha

Narra García Márquez en Cien años de soledad que cuando el pirata Francis Drake atacó Riohacha, la madre de Úrsula Iguarán tuvo un susto tan grande que la llevó a caer sentada sobre el brasero ardiente quedando imposibilitada para las artes amatorias por el resto de su vida.

En la historia real de Cartagena de Indias, la muralla se construyó tas el ataque del famoso pirata y la relación con el escritor se enlaza varios siglos después, ya que la familia de García Márquez era originaria de Riohacha.

Y si bien Macondo se trata de un pueblo ficticio, en los inicios de la novela (de las muchas en donde aparece citado) es similar al Municipio de Riohacha, que se encuentra rodeado en el norte por el mar Caribe y que el río Ranchería lo separa de sus distritos vecinos.

La queja de los cartaginenses es por el poco apoyo político que le otorgó García Márquez a esta ciudad para mejorar la condición de vida de los riohacheros, que al año 2021 aún no contaban con una red eléctrica unificada.

Gratitud a España

García Márquez, tras la publicación de  La hojarasca (1955), El coronel no tiene quien le escriba (1961) y La mala hora (1962) seguía siendo un escritor pobre y poco reconocido por sus pares. Fue tras la redacción de Cien años de soledad -que para poder enviar a la editorial catalana Seix Barral, tuvo que vender hasta el tetero y la cocina de su casa y con ello pagar los costes de la encomienda- que conoció la fama y logró que el mundo entero virtiera sus ojos en la literatura latinoamericana y comenzara a valorarse el talento del escritor de lengua hispana que buscaba ensalzar las historias locales ambientadas en pueblos –ficticios o reales-.

La fama se la dio España. El reconocimiento como activista social lo obtuvo por su amistad con Fidel Castro y su apoyo al régimen cubano. Cien años de soledad la redactó en México (país donde murió en 2014) y la primera publicación de esta novela fue en 1967 en Buenos Aires.

Así, si bien García Márquez le debe a Colombia el haberle entregado el imaginario narrativo de su obra, su historia literaria pertenece a latinoamérica; es un escritor del mundo que nació en Aracataca (Colombia) y que con su sensibilidad, imaginación y enorme taleto narrativo deja al descubierto un alma que pocos logran comprender y aceptar: un hombre que desde niño tuvo la capacidad de hablar con muertos, adivinar oscuros presagios y sorprender con sus relatos aún cuando no había aprendido a escribir.

Cartagena de Indias le debe un reconocimiento al escritor que hizo de sus paredes parte de la literatura universal…

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