(Un vecino me envió esta nota. Considero que vale la pena compartirla)
Vivo frente a una plaza. Hace diez años atrás era una pequeña pradera con un pequeño bosque. Hermosa. Hoy está dividida en cuatro cuartos perfectamente simétricos. Uno es el canil, antes, perrera, en el cual ladran encerradas mascotas neuróticas castrati, que en mi tiempo vivían libremente en jubiloso disfrute de su capacidad reproductiva. El otro cuarto es el gimnasio en el cual disfrutan de sí mismos los TOC del fitness. El último es el sitio de los juguetes diseñados para que los infantes del barrio sepan jugar, y liberen a sus padres de entretenerlos; en mis tiempos, los niños inventaban sus juguetes de la nada.
Mi plaza refleja un cambio social cultural radical del barrio. La manera de entender y tratar a los animales, a nuestro cuerpo y a los niños, cambió en forma muy rápida. Ninguna es trivial, ni deja de tener consecuencias generales para nuestro modo de existir. Y no ocurrió por una ley, ni por un decreto municipal, ni fue la ocurrencia de una alcaldesa, simplemente se impuso en la vida cotidiana por simple imitación colectiva. Más y más comadres adquirieron perros como mascotas, consideran que hay que tener juguetes para que los niños puedan jugar, y gozan bombeando calugas y bíceps llamativos. Un cambio social que no pasó por sesudas discusiones en el espacio público, después de debates políticos, o elaboradas alternativas de políticas públicas. No se metió el Ejecutivo ni el Legislativo, y, sin embargo, son cambios sustantivos. No sabría calificarlos de derecha o de izquierda, y sospecho que en mi plaza los participantes y la audiencia están despreocupada e invisiblemente divididos. Sin embargo, son cambios de carácter político. Personalmente fui derrotado en toda la línea. El poder histórico que había adquirido de vivir en un barrio sin mascotas y con perros libres, sin niños formateados por juguetes diseñados, ni TOCs gimnásticos a medio metro de distancia de mi nariz, y gozando de bosques y praderas frente a mi piso, fue desplazado por el poder de otros.
Que no me gusta no quiere decir que no me dé que pensar que quizás tenemos una interpretación demasiado política-estatal del cambio social. Basada, seguramente, en una interpretación equivocada de lo que consideramos “lo social”. Quizás no consiste en hechos objetivos (como instituciones, clases, leyes…), sino en redes de imitación de comportamientos compartidos. Más que una estructura, la sociedad es un permanente ebullir de relaciones instauradas por imitación de deseos y creencias, sin destino preestablecido. Es una comprensión que apunta a una política diferente. Con menos obsesión por el control del Estado, y la producción de leyes (y políticas públicas) e instituciones, y más dedicación a generar imitadoras en la vida cotidiana.
De partida, los nuevos comportamientos en mi barrio son imitaciones de otras partes del mundo. Es que en estos detalles insignificantes de cómo educamos a nuestros niños, tratamos a nuestro cuerpo y a los animales, no hay frontera que valga. El Estado está jodido, salvo que quiera joder. Con seguridad está pasado de moda pensar automáticamente en el Estado cuando pensamos en la sociedad. La firme, ¿quién está seguro de qué sociedad construir si se apropia del Estado enterito? La historia demuestra sobradamente lo terrible que es esa posibilidad. ¿Y qué comportamiento social puede crear una ley por pura coacción, si no genera una imitación colectiva? A la derecha le gusta el Estado porque le gusta el orden, la objetividad de la autoridad. La pregunta es cuándo se obsesionó la izquierda por poner en el Estado todas sus esperanzas. ¿Huilas del viejo cuento de éste como encarnación del Espíritu Absoluto? (De ahí la e mayúscula de Estado, tal como la d mayúscula de Dios) – tan atractivo hasta el día de hoy a trabajadores del espíritu. Lo malo es que la capacidad creativa social “virtuosa” del Estado palidece frente a su capacidad de hacer grandes embarradas, especialmente en nombre de quimeras de realismo mágico.

Al mismo tiempo que escribo esto, mis nietas anuncian que esa noche tienen carrete. El terror del abuelo es inmediato. Estas comadres chupan en serio, y capaz que también le pongan su toque. ¿Cómo se transportan en mal estado? Cariñosamente le aseguran al fósil que no debe preocuparse, hay designada una conductora juramentada en no beber nada, ni darse toque alguno. Todas confían en ella. Chuta, eso no existía en mi tiempo. El conductor designado es otro cambio social, seguro que con grandes consecuencias vitales que no obedeció a una ley, en el fondo no es compatible con leyes, sino que se impuso por imitación explosiva en la sociabilidad cotidiana de los jóvenes. En este cambio social me reconozco.
¿Y no ocurrió algo similar con la aceptación general de la homosexualidad en la vida diaria, antes de la ley de matrimonio igualitario? Años de generalizar por imitación la salida del closet e instaurar una nueva normalidad. ¿No fue aquello la condición de posibilidad de esta? La ley como guinda de la torta, no como pastelera jefa de lo social.
Encuentro que esta comprensión de la política es más activamente democrática y potencialmente más transformadora que simplemente tener opiniones y votar por representantes en el estado. Y, muy agradecido, menos bulliciosa.