Perdidos por falta de origen

por Dante Cajales Meneses

Escribo casi a tientas, de madrugada, mientras espero mi regreso a Santiago con dos horas de retraso y en busca de una experiencia personal que le dé sentido a esta invitación a escribir. Huir del miedo, abandonar de la comodidad. Si se mira el abismo con insistencia, el abismo te devolverá la mirada. Recuerdo un hecho que me ha llevó a cuestionar hondamente el sustrato de lo que creí haber aprendido hasta ahora. Hace ocho años atrás participé en un conversatorio con el filósofo y profesor argentino Enrique Dussel. Recuerdo la reprimenda a los asistentes. Cómo es posible que no cuestionemos un ápice, la anquilosada tendencia a enseñar permanentemente en el currículo de la escuela de filosofía de nuestra querida Universidad de Chile el revisionismo filosófico europeo, en especial la escuela alemana de filosofía. ¿Estamos perdidos por falta de origen? ¿Ese es el abismo que nos devuelve la mirada?

En la narración de sus exponentes -hombres todos- de la escuela de Frankfurt principalmente; Habermas, Marcuse o entusiasmadamente haber modelado nuestro pensamiento crítico por idealismo alemán de Kant, Hegel, etc., por nombrar algunos. No hemos podido siquiera, identificar nuestro propio origen. ¿Lo tenemos? Si la tenemos, la visión de los vencidos latinoamericanos nos la proporciona día a día. Y no nos damos cuenta por que pareciera más atractiva la visión de los vencidos europeos. Ahí está el origen del relato de nuestro martirio. ¿Cómo fue posible mirar nuestro dolor y sufrimiento a partir del dolor ajeno? Claro, en ninguna parte los seres humanos se suben en coturnos más altos, que cuando se presumen intelectuales y hacen exhibición de sus conocimientos o de su superioridad técnica de saber varios idiomas o haber leído mucho. Levantan una vanidad satisfecha de sí que no promueven ni trabajan por la solidaridad en el tejido de una vida humana colaborativa. Estamos como perdidos por falta de origen. No sabemos qué significa ser existencialistas, agnósticos, ateos, cristianos o budistas latinoamericanos en la historia universal y en la Latinoamérica de hoy. Así como en los años sesenta del siglo XX surgió la teología de la liberación, creo que hoy más que nunca debemos hablar de la filosofía de la liberación, de la política de la liberación, de la historia de la liberación, como podríamos también hablar, de la educación para la liberación o del amor para la liberación.

“Dios degollador” Mosaico en la ciudad de Trujillo, Perú.

Comencemos por el origen, ¿cuál es el valor de la tribu que aspiramos y deseamos cohabitar entonces? A partir de esta pregunta y de esta mirada, es que debemos originar conocimiento a partir de nuestros propios procesos históricos. Los europeos tienen que cortar un pelo en cuatro; nosotros tenemos que preguntarnos si tenemos pelo, y si no lo tenemos, cómo hacer para que crezca. Ese es el desafío que tenemos, cómo hacer, para producir un pensamiento propio que aporte a la identidad y el progreso de nuestras comunidades latinoamericanas. Es imperioso proponer una educación diferente, es decisivo ser prolijos, a la hora de consensuar nuestro discurso con nuestro actuar. Es urgente tener la claridad suficiente que el conocimiento y la inteligencia no hace mejores personas a los seres humanos. El conocimiento también ha estado al servicio de lado más cruel de la humanidad. De historias de odio, discriminación y genocidio en todas sus formas, se ha escrito mucho.

Origen, conocimiento, consecuencia; somos un país apurado, necesitamos detenernos un momento; respirar más y mejor, mirar más, oír más, observar más, mirar-nos más. Existen rincones en el planeta donde encontrar narraciones extraordinarias con un profundo sentido que llaman nuestra atención y pareciera que nos devuelve la significación por la vida. Comunidades milenarias que nos podrían enseñar un camino posible. Pero, cuando en aquellas mismas comunidades que nos asombraron con su sabiduría, en su núcleo se sintetiza la pobreza y la discriminación en las expresiones más obscenas. No puedo si no rechazarlas y buscar dentro de nosotros. 

Nuestro país, nuestra cultura no ha asumido su hermosa morenidad. No ha asumido, menos, aceptado el hecho de vivir en estas tierras. Siempre nos estamos mirando como si estuviéramos en un pedazo de Europa, Nueva Delhi, el Tíbet o en New York. Darnos cuenta de esto es fundamental, es la matriz, es el principio, porque supone que, alguien que se acepta y se asume en lo que es, en este caso nuestra hermosa morenidad, se está valorando a sí mismo, se está respetando a sí mismo, y, por lo tanto, si eso no ocurre, no podemos pedir que se valore o que se respete a los demás. Pienso, creo y siento que esto es relevante y urgente en la educación de nuestras hijas e hijos. Ese es el valor en el que creo debemos trabajar en todos los ámbitos de nuestra colectividad; la memoria, el pensamiento crítico, la educación, las artes, las ciencias, la economía, las leyes, la política, la medicina, el deporte, la psicología, la productividad, las tecnologías, el medioambiente, las comunicaciones, la justicia, la paz.

El afiche de la película chilena «Ya no basta con rezar» Diseñado por Luis Albornoz y Vicente Larrea. 1972.

Me opongo a la idea de que tener dinero, lo más que suficiente, me exima del aprendizaje permanente como ser humano, de cómo cohabitar la comunidad y el entorno geográfico donde hemos nacido, o por fuerza hemos tenido que migrar o por privilegio, escoger donde vivir.  Necesitamos sostener los valores de la tribu para dejar de estar tan perdidos por falta de origen, pero ¿dónde están esos valores?; en el origen de nuestro propio martirio. Conversemos más, abracémonos más, cantemos, leamos poesía.

(*) Imagen de entrada: Mural de Jorge González Macarena. Universidad de Concepción. Pintado entre los años 1965 y 1966. El 2009 fue declarado monumento nacional

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