Poesía y turismo depredador

por Dante Cajales Meneses

Hace una semana terminaron las vacaciones de verano. Comenzó el año lectivo; muchos volvieron al trabajo. Creo que el tiempo libre, el tiempo dedicado al ocio, tiene un valor en el que casi ya no pensamos. Parte importante de nuestras preocupaciones cotidianas incluye esta idea de estar esperando siempre el fin de semana. Esto es algo que se ha dado por lo menos los últimos cien años. No siempre fue así. Para llegar a lo que hoy conocemos como descanso dominical y comprender que el descanso es un derecho humano fundamental; hubo demandas, luchas y muerte. Este mismo concepto de espera se da también para las vacaciones. Disfrutar de las vacaciones y pensar en ellas como un tiempo protegido del tiempo ordinario, un tiempo especial, donde solo o acompañado nos organizamos y preparamos para tan merecido descanso.

Escribiré de una realidad que incomoda: hoy casi nadie vuelve de un viaje sabiendo más de sí mismo. Viajar, durante décadas, funcionó como una experiencia de crecimiento personal. Una forma de aprendizaje y conocimiento que no estaba influido por libros ni salas de clases. Hoy este concepto opera con frecuencia como caricatura de los nuevos tiempos. Ser una persona “viajada” ya no es sinónimo de curiosidad, aventura ni comprensión del mundo. Sino como una profunda desconexión con las realidades materiales, sociales y políticas de los lugares que se visitan. Los viajes ya no garantizan conocimiento o apertura.

Once años debí tener cuando un vecino muy querido que trabajaba limpiando el interior de los aviones en el aeropuerto de Santiago me regalaba revistas con hermosas fotografías en colores y relatos sobre América Latina, Europa o Asia. Envases vacíos de bebida en lata que por entonces no estaban masificados, que con entusiasmo coleccionaba. Unos trece, cuando llegó a mis manos un libro de la colección Salvat “Ocio y turismo” y un tío, hermano de mi madre, que nos mostraba el registro de sus viajes en diapositivas por Europa del este, en plena guerra fría. 

Nada de eso queda. Diversión y aprendizaje están completamente disociados. Una es entretenida, la otra, aburrida. El ocio como tiempo libre disponible ya no se comprende. A pesar de mis escasas posibilidades de viajar que tuve cuando niño, del mismo modo que la poeta Emily Dickinson (1830-1886), viajé intensamente a través de la imaginación. Fueron esos viajes a través de las revistas que me regaló don Lucho Orrego, mi vecino, y los envases vacíos de bebidas en lata en otros idiomas que coleccioné, y el relato de mi tío con sus diapositivas, me abrieron la mirada hacía mundo y la comprensión de él. Fui más allá de lo que un niño a esa edad puede ir. Hoy lo agradezco.

Las redes sociales no sólo muestran viajes: los deciden. El destino ya no se elige por interés histórico, social o político, sino por su potencial fotográfico, por su rendimiento simbólico, por su capacidad de imitar lo que otros hacen. Y por sobre todo se busca reconocimiento, validación social y estatus. El turismo ya no se planifica: se scrollea. El resultado es conocido: masificación extrema. Ciudades como Barcelona, Venecia o París se saturan no por el valor cultural que representan, sino por su viralidad en redes sociales.

El turista contemporáneo no llega a aprender ni a integrarse. Llega a ocupar e invadir de modo grotesco y vergonzoso los lugares que visita. Con escaso o nulo respeto por las costumbres locales. De modo que depreda, ensucia y estorba. El turista contemporáneo no se esfuerza por comprender, por encontrar. Sino por reproducir una imagen previamente digerida en redes sociales. Viajar ya no es una forma de acceso al mundo, sino un modo de relacionarse con él, desde la superficie y la banalidad. Es lo que llamo “consumir lugares”. En ningún caso experiencia, menos intercambio cultural. Se han convertido igual que las mal llamadas “giras de estudio” de al menos una parte de los estudiantes con poder adquisitivo de nuestro país. Consumir viajes no es lo mismo que conocer y comprender otras culturas; no es lo mismo reconocer en el viaje una experiencia personal profunda que, por ejemplo, la despedida de un grupo de estudiantes que concluye su formación secundaria, en una experiencia de formación personal y colectiva. La despedida y la celebración se trasladan a otro espacio que no sea la discoteca local. Así de simple.

Las razones que me alejaron de mi afición al montañismo tienen un poco de eso.

Cuando la lógica del consumo contamina la paz, y se sobrepone el afán por competir quién llega primero a la cumbre para hacerse la selfie, compartirla en redes sociales y bajar corriendo contra cronómetro mientras vas dejando el sendero lleno de envases vacíos de bebidas isotónicas. Otra vez lo mismo: consumir montaña, tiempo, paisaje, imagen, logros. Hoy pareciera ser más importante hacerse una selfie, que compartir lo vivido en ese viaje. Hoy se trata de consumir y de trasladar la fiesta a otro territorio. La transformación personal, el aprendizaje cultural y la ruptura de la rutina están ausentes en el turismo de masas. Escasas veces permite ampliar la perspectiva del mundo, animar el autoconocimiento y la idea y aceptación de la diferencia del otro, como un otro en un territorio distinto al que estamos acostumbrados a movernos. Profundizar en esta mirada del viaje no volvería menos racista, más abiertos y evitaríamos que el caos mental de las masas permita el ascenso de tiranos que hoy gobiernan el mundo.

Quiero cerrar esta nota con un bello fragmento del poema Ítaca del poeta Constantino Cavafis (1863-1933): Pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias. Ten siempre a Ítaca en tu mente. Llegar allí es tu destino. Mas no apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atracar viejo ya en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino. Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado. Así, sabio como te has vuelto, entenderás ya qué significan las Ítacas

Ítaca no cambió, queridos lectores, siempre fue igual. Tú cambiaste con el viaje.

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1 comment

Constanza Guevara marzo 18, 2026 - 6:10 pm

Muy buena reflexión. Hace tiempo que viajar dejó de ser encuentro para convertirse en consumo. Invita realmente a repensar cómo habitamos el mundo.

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