Seis meses de León XIV: el discreto apaciguador que innova y trasciende a Francisco

por Jaime Esponda

Con la elección del cardenal Prevost, el cónclave optó por un predilecto de Francisco, un “papa pastor”, con “olor a oveja” acumulado por décadas en Perú, que comparte la opción de su predecesor por los migrantes y el cuidado de la naturaleza, y que, además, conoce los laberintos de la Curia. Pero, a la vez, quedó claro que el nuevo pontífice sería diferente a Francisco, a lo menos, en su estilo y personalidad. La espontaneidad comunicacional de Francisco fue disipada desde el comienzo por León XIV, primer papa electo que saluda desde la basílica de San Pedro con un texto previamente escrito, implantando una forma de comunicación pública que, salvo excepciones, excluye la improvisación. 

También revirtió León aquellos gestos externos de Francisco que manifestaban su desapego de inveterados hábitos pontificios, como el uso de la cruz de hierro, la roja museta papal, la estola bordada, el roquete y el cíngulo dorado, así como el empleo del canto en latín.

Esta modalidad menos espontánea y el regreso litúrgico e indumentario a tradiciones de las que se había distanciado el papa argentino provoca molestia a algunos líderes religiosos o laicos de base. “Yo echo en falta su espontaneidad, su sencillez, su hacer que nuestra Iglesia sea menos de pompas y de liturgia y de ornamentos litúrgicos muy llamativos. Echo de menos todo lo que Francisco hizo y su manera espontánea de ser”, dice la conocida religiosa y teóloga feminista Olga Consuelo Vélez. En cambio, esta recomposición simbólica agrada a los pastores más apegados al acervo ritual y también a muchos practicantes de la piedad popular que valoran la tradición.

Pausada discreción

El cambio no ha sido improvisado ni obedece a una mutación íntima del obispo de Chiclayo que metía sus pies en el barro, sino a una decisión meditada, vinculada con el factor decisivo de la elección casi unánime de Prevost, que adelantáramos en estas mismas columnas, antes del cónclave: “la aptitud del nuevo papa para ‘unificar’ a la Iglesia”, en un momento histórico marcado por el temor ancestral a una división.

Con cautela y destreza, León ha optado por acercar a los pastores más apegados a la tradición, especialmente algunos cardenales, introduciendo cambios accesorios, aunque no menos significativos, como aquellos que hemos referido. Sin duda, el paso más arriesgado ha sido la autorización otorgada al propio cardenal Burke, contradictor público de Francisco, para celebrar en San Pedro la preconciliar misa tridentina, en idioma latín y de espalda a los fieles, obligando al cardenal Matteo Zuppi a revestirse para la ocasión con los antiguos ornamentos, en un tipo de ceremonia a cuya extinción ha propendido la práctica universal eclesiástica. Aunque León XIV no ha hecho sino ejercer, como obispo de Roma, la atribución establecida por su predecesor, y si bien la misa tridentina no atenta en absoluto contra “la unidad sustancial del rito romano”, es innegable el sentido de apaciguamiento intra eclesial con que el papa ha tratado un problema que, con seguridad, no considera esencial, pero que “ha hecho parte de un proceso de polarización” que algunos usan “como una excusa para promover otros temas” y que “se ha convertido en una herramienta política”. 

 
 

Cardenal Burke | Padre Josef Grünwidl,

También con pausada discreción, León ha abordado los asuntos de “gobierno interior”, en particular la prosecución de la reorganización de la Curia, conservando los equipos que trabajaron con Francisco. Anunció su decisión de terminar con la “mentalidad compartimentada” de cada Dicasterio, “muy limitante y perjudicial para el gobierno de la Iglesia», y también la de introducir algunas correcciones en la política financiera de su predecesor, sin que se observe alteración en la lucha contra los abusos. Los escasos nombramientos de nuevas autoridades vaticanas, por ejemplo, el del carmelita Filippo Iannone, reemplazante de Prevost en el Dicasterio para los Obispos, manifiestan el espíritu dialogante del pontífice, a la vez que el deseo de rodearse de colaboradores confiables, como el cardenal Blaise Cupich, Arzobispo de Chicago, defensor de los migrantes y valiente portavoz del papa Francisco en la recelosa Conferencia Episcopal de los Estados Unidos, quien es nuevo integrante de la Comisión Pontificia para el Estado de la Ciudad del Vaticano. Y en cuanto se refiere a los pocos nombramientos de obispos, en general, León XIV mantiene la línea equilibrada del papa argentino, aunque ha sido fuente de cavilación la significativa designación, como nuevo arzobispo de Viena, en reemplazo del notable cardenal Schönborn, del padre Josef Grünwidl, quien fuera en el pasado miembro de “Iniciativa Pastoral”, un grupo que favorece la ordenación femenina y el celibato no obligatorio.  

La sinodalidad.

 Con todo, más acá de las formas, los hábitos y la liturgia, los primeros seis meses de pontificado de León XIV manifiestan, en forma nítida e incuestionable, que esencialmente es un fiel continuador del magisterio y de la pastoral impulsada por el papa Francisco. Incluso, en algunos aspectos, aparece un papa decidido a avanzar en la doctrina y la misión de la Iglesia más allá del legado de su antecesor; algo no difícil para un religioso formado en la escuela agustiniana, que confiesa: “hay una gran parte en la que siento que he podido moverme sin muchas dificultades: es la parte pastoral”; y agrega: “yo mismo, misionero durante largos años en Perú, debo mucho a este camino de discernimiento eclesial, que el Papa Francisco ha sabido unir sabiamente al de otras Iglesias particulares, especialmente las del Sur global”. 

Antes que nada, en cuanto se refiere al gobierno de la Iglesia, León ha decidido continuar abriendo la senda de la sinodalidad que, en sus palabras, es «una manera de describir cómo podemos reunirnos y ser una comunidad y buscar la comunión como Iglesia, para que sea una Iglesia no centrada principalmente en la jerarquía institucional, sino más bien en un sentido de ‘nosotros juntos”. Aquellos consagrados y laicos que temían una pausa en la dinámica sinodal de Francisco, la misma que produjo agrias resistencias en autoridades eclesiásticas de tendencia clericalista, se sorprenden al ser invitados por León “a fortalecer la formación de los órganos de participación y, a nivel parroquial, a revisar los pasos dados hasta ahora o, donde falten, comprender las resistencias, para superarlas”, porque “considero urgente establecer una pastoral de apoyo, empática, discreta, sin prejuicios y capaz de acoger a todos”.   

Precisamente, fue aplicando estos criterios que, luego de ponderar las consecuencias que produciría autorizar la misa tridentina, León enfrentó este particular incordio y creó “la oportunidad de sentarse a la mesa con un grupo de personas que apoyan el rito tridentino”, porque, pensó, “quizás el problema pueda resolverse con la sinodalidad». 

Con todo, consciente de que la Iglesia es una institución jerárquica, como lo hizo tan evidente el propio papa Francisco, el nuevo pontífice, atendiendo a “obispos o sacerdotes (que)pueden tener la sensación de que la sinodalidad me quitará autoridad”, advierte que “tal vez su idea de lo que es su autoridad está un poco desenfocada, equivocada”, puesto que impulsar la sinodalidad no es “intentar transformar la Iglesia en una especie de Gobierno democrático”. 

La opción por los pobres y los migrantes.

Si se considera que la opción preferencial de la Iglesia por los pobres no es un mandamiento accesorio, una especie de anexión social de la Fe, sino el centro del mensaje Evangélico – “me ha ungido para llevar la Buena Noticia a los pobres” (Lc.4:18), “bienaventurados los pobres” (Lc. 6.-)- lo que ha hecho León XIV al dedicar su primera Exhortación Apostólica a dicha opción es corroborar su centralidad doctrinaria y pastoral. En Dilexi Te, que comenzó a preparar Francisco y ha sido poco exhibida por los medios, la opción por los pobres es más nítida que en ningún otro documento pontificio anterior e ilumina la hoja de ruta magisterial y misionera del pontificado de León. En su radicalidad evangélica se respira la experiencia misionera de Prevost en Perú y, con más nitidez que en Francisco, se hace presente el magisterio de la Iglesia latinoamericana e ideas fuerza de la Teología de la Liberación, simbolizadas por “el martirio de san Óscar Romero”. Para el papa, la opción preferencial por los pobres es “una opción firme y radical”, porque ellos “son los preferidos del Evangelio, los herederos del Reino” (cf. Lc. 6,20), y no solo tiene por objeto la caridad individual sino “el compromiso en favor de los pobres, con el fin de remover las causas sociales y estructurales de la pobreza”, que “sigue siendo insuficiente”, debido a la dominancia de “ideales sociales y sistemas políticos y económicos injustos, que favorecen a los más fuertes”. Empleando palabras de la Conferencia de Puebla, denuncia “como pecado social” las “estructuras de injusticia” que permiten “crecer algunas élites de ricos, que viven en una burbuja muy confortable y lujosa, casi en otro mundo respecto a la gente común”. 

Si alguien creyó que la opción preferencial por los pobres manifestada en el siglo pasado, con todas sus consecuencias para la fe cristológica y la misión, había decaído hasta quedar relegada a polvorientas bibliotecas, León XIV se ha encargado de sacarlo de su error. Dilexi Te insiste en que “es preciso seguir denunciando la ‘dictadura de una economía que mata’ y reconocer que mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz”. Es más, el papa acusa que “este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común”. Y rechaza aquellas “teorías que intentan justificar el estado actual de las cosas, o explicar que la racionalidad económica nos exige que esperemos a que las fuerzas invisibles del mercado resuelvan todo”. Por todo ello, reiterando el deber de solidaridad que ordena “enfrentar los destructores efectos del imperio del dinero”, dice, “debemos comprometernos cada vez más para resolver las causas estructurales de la pobreza”, como son “la desigualdad, la falta de trabajo, la tierra y la vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales”, pues “no se puede rezar ni ofrecer sacrificios mientras se oprime a los más débiles y a los más pobres”. 

En fin, a aquellos grupos de católicos según los cuales “en vez de perder el tiempo con los pobres, es mejor ocuparse de los ricos, de los poderosos y de los profesionales, para que, por medio de ellos, se puedan alcanzar soluciones más eficaces”, León les enrostra “la mundanidad que se esconde detrás de estas opiniones, (que) nos llevan a observar la realidad con criterios superficiales y desprovistos de cualquier luz sobrenatural, prefiriendo círculos sociales que nos tranquilizan o buscando privilegios que nos acomodan”.

En una época que las migraciones agitan el centro de las tensiones políticas como banderas de los movimientos de extrema derecha -en Europa, los Estados Unidos y nuestro propio país- también León XIV se presenta como seguidor inalterable de Francisco en su identificación con los migrantes. Con angustia, agrega a “la globalización de la indiferencia”, denunciada por su predecesor, “la globalización de la impotencia”, y con profética inspiración advierte, a su propio país natal, que “quien dice ‘estoy en contra del aborto, pero estoy de acuerdo con el trato inhumano a los inmigrantes en Estados Unidos’, no sé si es pro-vida». Reitera la centralidad evangélica de la acogida al migrante –“estaba de paso, y me alojaron” (Mt 25,35)”- pues “en cada migrante rechazado, es Cristo mismo quien llama a las puertas de la comunidad”.

Para el progreso de esta pastoral de solidaridad con la periferia del mundo, León XIV respalda sin ambigüedad el rol de “los movimientos populares (…) de trabajadores, de mujeres y de jóvenes” y proclama que, “así como la Iglesia apoyó en el pasado la formación de sindicatos, hoy debemos apoyar los movimientos populares”, pues está convencido de que “sus numerosas y creativas iniciativas pueden transformarse en nuevas políticas públicas y derechos sociales”.

Asimismo, con la decisión de “seguir adelante en términos de una verdadera visión profética para la Iglesia de hoy y de mañana”, el nuevo papa ha reasumido el compromiso de Francisco con el cuidado de la naturaleza, relacionándolo creativamente con la opción por los pobres. Refiriéndose a la crisis climática, manifiesta: “¿Quiénes sufren más? Siempre los más pobres, tanto quienes ven lo poco que tienen arrasado por el agua; como los campesinos, agricultores y pueblos indígenas que pierden sus tierras, identidades y producción local debido a la desertificación del territorio”.

Para que no quepa duda de su compromiso social, desmintiendo a quienes, sin ninguna evidencia, le imputan no reprobar el actual modelo de capitalismo con la misma fuerza que exhibía Francisco, el papa agustino ha sido enfático al condenar la “economía sin alma, de un cuestionable modelo de desarrollo y de un sistema de distribución de recursos injusto e insostenible”, así como “los sistemas financieros usureros (que) pueden doblegar a poblaciones enteras”. Incluso, ejemplificando con un commoditie no ajeno a nuestro país, sostiene que “el litio, el «oro blanco» que alimenta la competencia entre grandes potencias y corporaciones (…) representa «una grave amenaza para la soberanía y la estabilidad de los estados pobres», con empresarios y políticos «alardeando de promover golpes de Estado y otras formas de desestabilización política» solo para apoderarse de él”.     

Desde el presente, mirando el futuro. 

Pero hay más. El magisterio social de León XIV promete aún su mayor innovación histórica. Anunciada desde el momento en que eligió su nombre, pensando en León XIII, testigo de “la primera gran revolución industrial” que motivó su encíclica sobre el mundo del trabajo, el nuevo pontífice se propone “responder a otra revolución industrial y a los desarrollos de la inteligencia artificial, que comportan nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y el trabajo”. Todo indica que involucrar decisivamente a la Iglesia en la reflexión sobre la inteligencia artificial será un sello papal motivado por inquietudes que ya ha explicitado, como son “el uso correcto de esta tecnología para generar una sociedad global más auténticamente justa y humana”, así comoel peligro de “que se utilice indebidamente para obtener ganancias egoístas a expensas de otros o, peor aún, para fomentar conflictos y agresiones”, lo cual conduce a que León postule “marcos regulatorios necesarios para defender dichos valores”.

Aunque Prevost asegura que “estoy aprendiendo mucho” sobre el rol diplomático de la Santa Sede, también admite que “todavía me queda una enorme curva de aprendizaje por delante”, reconociendo sin vanidad el angustioso trance de “haber sido lanzado al nivel de líder mundial, en un momento en el que la voz de la Iglesia tiene un papel importante que desempeñar”,. Ello explica que, en relación con el Medio Oriente, si bien ha reiterado la tradicional posición del Vaticano en favor de los dos estados, desechó realizar gestos espectaculares que algunos le exigían, como un viaje a Gaza en medio del genocidio, a la vez que reconocía al cardenal Parolin haber “expresado muy bien la opinión de la Santa Sede”, tras calificar de “carnicería” la actuación de Israel, lo que provocó una protesta del gobierno de este país. Tampoco el papa ha pronunciado el vocablo “genocidio”, sobre cuya perpetración en Gaza Francisco encargó un estudio que aún no depara resultados; pero, de otra parte, en inequívoca alusión a la situación gazatí, calificó “la inanición deliberada un crimen de guerra, como también el impedir intencionalmente el acceso a los alimentos a comunidades o pueblos enteros”, y agregó que “somos testigos del uso continuo de esa estrategia cruel”. Respecto de Ucrania, ha abogado por el alto al fuego y el diálogo, si bien ha descartado la mediación de la Santa Sede que, sin embargo, ha sido ofrecida como “lugar neutral” de negociaciones entre las partes.

En todo caso, asomándose a la nueva situación mundial con Donald Trump como actor relevante, León ha dado un nuevo paso, al subrayar “sin ambages la importancia del multilateralismo frente a nocivas tentaciones que tienden a erigirse como autocráticas en un mundo multipolar y cada vez más interconectado”. Erigiéndose en portavoz de “los países más pobres”, ha llamado a “repensar con audacia las modalidades de la cooperación internacional”, para “que se oiga sin filtros su voz, que se conozcan realmente sus carencias y se les ofrezca una oportunidad, de modo que se cuente con ellos a la hora de solucionar sus verdaderos problemas, sin imponerles soluciones fabricadas en lejanos despachos, en reuniones dominadas por ideologías que ignoran frecuentemente culturas ancestrales, tradiciones religiosas o costumbres muy arraigadas en la sabiduría de los mayores”. Así, aunque Prevost no se ve en un rol “de ser el solucionador de los problemas del mundo”, sí ha comenzado su pontificado muy consciente de que “la Iglesia tiene una voz, un mensaje que necesita seguir siendo predicado, ser hablado y hablado en voz alta”

Reivindicaciones sin expectativas.

Por último, el pontífice debe abordar aquellas materias doctrinarias o de derecho canónico de orden interno que más álgidas discusiones ocasionaron durante el papado anterior, especialmente con laicos y laicas, como son el celibato sacerdotal, la ordenación de mujeres, las uniones homosexuales, la inclusión de las personas LGBTQ+ y la comunión a los divorciados. Aunque no son propiamente cuestiones de fe, León sabe que provocan división e irritan excesivamente a los clérigos más tradicionalistas. Puesto que está “tratando de no seguir promoviendo la polarización en la Iglesia” -dice- “me parece muy improbable, ciertamente en un futuro cercano, que la doctrina de la Iglesia cambie en términos de lo que enseña sobre la sexualidad y el matrimonio”; y respecto a la ordenación femenina, estima que “seguirá siendo un problema”, de modo que, “por el momento, no tengo la intención de cambiar la enseñanza de la Iglesia sobre el tema». Se continuará bendiciendo a personas del mismo sexo que se aman, según lo permite Fiducia Supplicans, seguirá la práctica de designar mujeres en algunos roles de liderazgo”  y continuará el estudio sobre un eventual diaconado femenino. Pero, en este “futuro cercano”, la expectativa es frustrante para los grupos que sostienen las causas radicales. León lo sabe y deberá afrontar la manifestación de tal decepción.  

Tras seis meses de ambientación en la sede petrina, el nuevo pontificado se avizora, a mediano plazo, como discreto pero firme seguidor de la “Iglesia en salida” de Francisco, inclaudicable en su opción preferencial por los pobres y colaborador con los movimientos populares, promotor de la paz y del multilateralismo, y disponible para esquivar cualquier marejada interna mediante una sinodalidad despojada “del clericalismo y la vanagloria”, de modo que “nadie debe imponer las propias ideas y todos deben escucharse recíprocamente” . Lograrlo es el gran desafío de León XIV. 

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