Un gigante con pies de barro

por Juan. G. Solís de Ovando
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La reciente rebelión del grupo Wagner, hasta hace poco una fuerza de elite paramilitar rusa de amigos del jerarca Vladimir Putin, hace aparecer a su líder envuelto en al menos dos problemas: Los de la autocracia en donde el control de los medios y la consiguiente falta de transparencia acaba por cegar a los autócratas; y los propios del imperialismo, pues la necesidad de mantener costosas e injustas guerras de rapiña obliga a contratar mercenarios y, en ocasiones, financiar partidas de bandidos de los que con el tiempo son dependientes. Como ocurre con todas las mafias que protegen al poder pueden transformarse en el poder mismo.

De sobra saben de esto los imperialismos de todas clases que desde los de la antigüedad con la moribunda Roma en manos de los godos, hasta los tiempos modernos en que occidente con USA a la cabeza, financió, armó, y organizó bandidos islámicos que con el tiempo se transformaron en sus peores enemigos como al quaeda primero y el estado islámico, más tarde.

Los acontecimientos que se desarrollaron entre los días 23 y el 24 de Junio de este año, cuando el líder del grupo Wagner, Yevgueni Prigozhin, inició una movilización en abierta rebelión contra las fuerzas armadas de la Federación Rusa, denominada por ellos Marcha de la Justicia, y cuyo objetivo final era destituir a los jefes militares de la comandancia general de la guerra, individualizados en el ministro de defensa Sergei Shoigu y el jefe del estado mayor, Valery Gerasimov, a quienes el jefe de los mercenarios culpa de su incapacidad militar y traición a las fuerzas en combate, son una señal clara de la pérdida de liderazgo estratégico y militar de V. Putin.

Aunque según Prigozhin, la causa detonante del conflicto habría sido originado por el bombardeo ordenado por el Kremlin a las instalaciones militares del Grupo Wagner estacionadas en Ucrania, lo cierto es que el conflicto y las disputas entre los mandos militares de las fuerzas armadas de la Federación Rusa y Prigozhin, vienen manifestándose directa públicamente en las últimas semanas.

Sin embargo, las dimensiones y las características de la rebelión armada del grupo Wagner constituye una importante fuente para comprender las contradicciones en que está envuelta la Federación Rusa y las perspectivas políticas y militares de la Operación Militar Especial, realizada por Putin.

Los hechos son crudos: Las tropas del grupo Wagner fueron capaces de movilizarse sin dificultades desde que la mañana del 24 de junio tomando el control de varios edificios administrativos en Rostov del Don y de desplazarse hasta llegar a la ciudad de Voronezh, y avanzar hasta la región de lipetsk, donde los mercenarios se detuvieron, a 340 kilómetros de Moscú (algo más que desde Santiago a La Serena).

Los militares del ejército regular ruso no los detuvieron. Y en el único enfrentamiento los rusos perdieron 6 helicópteros, un avión de combate, además de varios vehículos artillados, camiones y diverso equipo militar. No hay informaciones sobre pérdidas de combatientes mercenarios y rusos, pero el balance es alarmante y muestra las costuras de las fuerzas armadas rusas comprometidas en la Operación Militar Especial.

Los militares del ejército regular ruso no los detuvieron. Y en el único enfrentamiento los rusos perdieron 6 helicópteros, un avión de combate, además de varios vehículos artillados, camiones y diverso equipo militar.

Vladimir Putin, como no podía ser menos en esas circunstancias, reaccionó en una alocución televisada, tildando las acciones de Prigozhin de traición, prometiendo castigar a los responsables del levantamiento, o sea, a su otrora amigo, chef personal y ex rey de los perritos calientes rusos.

Sin embargo, cuando los mercenarios detuvieron su avance y depusieron su acción de insurrección armada, después de la mediación del otro amigo de Putin, Alexander Lukashenkola televisión rusa declaraba que conforme Prigozhin se retiraría a Bielorrusia, “el caso penal que le fue abierto será cerrado.” El portavoz de la presidencia rusa, Dimitri Pescov, agregaba que: “tampoco serán perseguidos los otros “wagneritas” que tomaron parte en el motín debido a sus méritos en el frente”.

Para rematar el representante del Kremlin anunciaba que Prigozhin podrá abandonar Rusia y retirarse a Bielorrusia invocando como garantía “la palabra del presidente Vladimir Putin”.

Entretanto las cosas en Moscú se habían puesto feas: “En relación con la información que llega, en Moscú se están tomando medidas antiterroristas destinadas a fortalecer las medidas de seguridad, señalaba el alcalde de Moscú, Serguéi Sobianin, en su canal de Telegram.El edil advertía que la situación era difícil y pedía a los ciudadanos que redujeran todo lo posible los desplazamientos.

La situación lleva más preguntas que respuestas. ¿De verdad, pensaba Yevgueni Prigozhin, que podía ocupar Moscú y derrocar a los jerarcas rusos? ¿O fue sólo una advertencia? ¿Sorprendió la rebelión de las fuerzas de Wagner a Putin, un reconocido exfuncionario de la inteligencia soviética? ¿Por qué las fuerzas rusas atacaron a los mercenarios casi exclusivamente con medios aéreos y no terrestres? ¿cómo pudieron las fuerzas al mando de Prigozhin, avanzar tanto y tan rápidamente al punto de amenazar la capital, Moscú? ¿Avalaría esto último lo sostenido por Zelenski que afirma que Rusia mantiene su capacidad ofensiva por su dominio aéreo y de allí que sea determinante el apoyo de los países europeos con aviones de combate occidentales, como el F 16? ¿Pensaba Prigozhin que si avanzaba en dirección de Moscú se le unirían otras unidades y estructuras militares rusas? ¿Existe por parte de las fuerzas armadas regulares de Rusia una cierta admiración de la capacidad y valor de los soldados de Wagner de sostener ofensivas militares que las fuerzas regulares no parecen tener?

Estas preguntas no carecen de sentido. No olvidemos que las fuerzas mercenarias de Wagner son los que recientemente se atrevieron finalmente a luchar y ocupar allí donde el enfrentamiento no se decidía en el aire con drones, aviones y helicópteros sino en las barricadas, trincheras y calles de Majmud, hoy prácticamente abandonada por el ejército ruso.

Y esta realidad habla de otras cosas, además de la falta de confianza en las posibilidades de la infantería rusa de enfrentarse con éxito en los territorios ocupados. El descubrimiento de la mayor de las mentiras de Putin: la operación militar especial tenía por objeto primordial desnazificar a Ucrania, algo de lo que no se habla, como tampoco se menciona al pueblo ucranio saludando con vítores a sus liberadores de la dictadura nazi.

Y esta realidad habla de otras cosas, además de la falta de confianza en las posibilidades de la infantería rusa de enfrentarse con éxito en los territorios ocupados. El descubrimiento de la mayor de las mentiras de Putin: la operación militar especial tenía por objeto primordial desnazificar a Ucrania, algo de lo que no se habla, como tampoco se menciona al pueblo ucranio saludando con vítores a sus liberadores de la dictadura nazi.

Hasta ahora, la guerra se ha librado en el aire y entre artilleros. Napoleón, que era de estos últimos decía que “la infantería es la reina de las batallas”, pero todo indica que los rusos saben que luchar en un territorio hostil, contra un pueblo que defiende su soberanía, es el mejor modo de preparar el regreso de los soldados en bolsas de plástico. Por eso la guerra es lo que es: un inmenso y ventajoso poderío aéreo ruso, contra una aviación ucrania de la época soviética tecnológicamente obsoleta, que se intenta contrarrestar con la misilería occidental: Los Javeling, Himars o Stinger.

En esta última deriva hubo ganadores y perdedores como casi siempre. Entre los ganadores está en primer lugar Alexander Lukashenko, que aparece a la vista de todos como atribuido de un poder desmedido al dar un respiro a la seguridad rusa, reteniendo a los Wagner y su líder en su país. También, por supuesto, el grupo Wagner, que puso en jaque al mando militar ruso, y que después de todas las amenazas, por su supuesta traición, se fue de rositas, aplaudido por el pueblo de Rostov. Según comentarios de importantes analistas ex funcionarios de la inteligencia rusa, si Putin no lo elimina rápidamente estaría en problemas graves.

Y el gran perdedor es obviamente Vladimir Putin, porque la rebelión Wagner, no solo mostró las costuras de las fuerzas rusas al perder el control de sus auxiliares mercenarios sino especialmente porque todo indica que fue sorprendido por los acontecimientos y que tuvo que permitir la insolencia y la impudicia de que sus jefes militares fueran denostados públicamente por el jefe de los mercenarios.

Los acontecimientos hablaron con sus actitudes y sobre todo con sus silencios. En primer lugar, el silencio de las calles de Moscú: Nadie salió a apoyar públicamente al presidente ruso como tampoco nadie lo atacó. Y aunque es mucho más difícil atacar al presidente ruso y arriesgarse a largas penas de cárcel todo indica que la gente, más allá del miedo a un derramamiento de sangre en las calles de la capital, el asunto le sigue pasando por encima. Es probable que la popularidad de Putin en Rusia se haya resentido poco. Pero sale tocado del evento y su identidad fuertemente resentida en un factor fundamental: la confianza.

Como todas las guerras, esta también se ganará en la política. O sea, en el espacio en donde las fuerzas en combate pueden enseñar como resultado de sus esfuerzos bélicos, mayores y mejores apoyos y progresos de los actores no comprometidos en la guerra. Y Rusia está aislada salvo el apoyo incondicional del dictador de Bielorrusia Lukashenko, derrotado por su pueblo en las elecciones democráticas y sostenido en el poder por el jerarca ruso, y el de China, cada vez mas renuente en aparecer apoyando directamente el esfuerzo militar de la Federación Rusa, y cada vez más interesada en conseguir una paz duradera en la región.

Y, aunque es cierto que Putin puede todavía aterrorizar Europa y Occidente, no lo hace como un fantasma preñado de las ideas de los oprimidos, sino como un heredero del equilibrio del terror nuclear de la Guerra Fría. Y eso es finalmente Putin. El último capítulo de la nostalgia de los delirios del imperialismo Panruso que después de la Segunda Guerra Mundial podía exhibir su poderío militar junto a la victoria del ejército rojo sobre los ejércitos de Hitler, pero sostenido en una ideología planetaria. Esa que hacía que todos los partidos comunistas del mundo lucieran en las resoluciones de sus congresos idénticos textos que empezaban con una oración sagrada: “Hoy un tercio de la humanidad se organiza conforme a las ideas y prácticas del marxismo leninismo”.

Putin, en cambio, sin un discurso ideológico que articule y movilice las voluntades de otros pueblos y países, hoy, solo puede mostrar el apoyo moral del décimo sexto patriarca de la iglesia ortodoxa de Moscú, Cirilo I, Kirill, que dijo: “cualquier intento de sembrar la discordia en el país es uno de los crímenes más grandes que no puede justificarse” y “Hago un llamamiento a los que han tomado las armas para dirigirlas contra sus hermanos a que reconsideren” ( su decisión) si bien es cierto que, descontando la esencial y conveniente solidaridad del gigante chino, también  los ayatolas de Irán y Maduro de Venezuela se apresuraron en manifestar su apoyo al presidente ruso .

El resto parece esperar tiempos mejores.

El rostro de Vladimir Putin ya no es el del severo mandatario heredero del otrora prestigioso poder soviético, sino la imagen cada vez más patética de la decadencia de un gigante, un gigante con pies de barro.

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